El sastrecillo listo – Hermanos Grimm


Érase una vez una princesa muy orgullosa; a cada pretendiente que se le presentaba le planteaba un acertijo, y si no lo acertaba, lo despedía con mofas y burlas. Mandó pregonar que se casaría con quien descifrase el enigma, fuese quien fuese. Un día llegaron tres sastres, que iban juntos; los dos mayores pensaron que, después de haber acertado tantas puntadas, mucho sería que fallaran en aquella ocasión. El tercero, en cambio, era un cabeza de chorlito, que no servía para nada, ni siquiera para su oficio; confiaba, en la suerte; pues, ¿en qué cosa podía confiar? Los otros dos le habían dicho:
– Mejor será que te quedes en casa. No llegarás muy lejos con tu poco talento.sASTRECILLO-ACUARELA-FINAL
Pero el sastrecillo no atendía a razones, y, diciendo que se le había metido en la cabeza intentar la aventura y que de un modo u otro se las arreglaría, marchó con ellos, como si tuviera el mundo en la mano. Se presentaron los tres a la princesa y le rogaron que les plantease su acertijo; ellos eran los hombres indicados, de agudo ingenio, que sabían cómo se enhebra una aguja. Entonces la princesa les dijo:
– Tengo en la cabeza un cabello de dos colores: ¿qué colores son éstos?
– Si no es más que eso – respondió el primero -: es negro y blanco, como el de ese paño que llaman sal y pimienta.
– No acertaste – respondió la princesa. – Que lo diga el segundo.
– Si no es negro y blanco -dijo el otro, – será castaño y rojo, como el traje de fiesta de mi padre.
– Tampoco es eso – exclamó la princesa. – Que conteste el tercero; éste sí que me parece que lo sabrá.
Adelantándose audazmente el sastrecillo, dijo:
– La princesa tiene en la cabeza un cabello plateado y dorado, y estos son los dos colores.
Al oír la joven sus palabras, palideció y casi se cayó del susto, pues el sastrecillo había adivinado el acertijo, y ella estaba casi segura de que ningún ser humano sería capaz de hacerlo.

Cuando se hubo recobrado, dijo:

– No me has ganado con esto, pues aún tienes que hacer otra cosa. Abajo, en el establo, tengo un oso; pasarás la noche con él, y si mañana, cuando me levante, vives todavía, me casaré contigo.

De este modo pensaba librarse del sastrecillo, pues hasta entonces nadie de cuantos habían caído en sus garras había salido de ellas con vida.

Pero el sastrecillo no se inmutó, y, simulando gran alegría, dijo:

– Cosa empezada, medio acabada.

Al anochecer, el hombre fue conducido a la cuadra del oso, el cual trató enseguida de saltar encima de él para darle la bienvenida a zarpazos.

– ¡Poco a poco! – dijo el sastrecillo. – ¡Ya te enseñaré yo a recibir a la gente!

Y con mucha tranquilidad, como si nada ocurriese, sacó del bolsillo unas cuantas nueces y, cascándolas con los dientes, empezó a comérselas. Al verlo el oso, le entraron ganas de comer nueces, y el sastre, volviendo a meter mano en el bolsillo, le ofreció un puñado; sólo que no eran nueces, sino guijas. El oso se las introdujo en la boca; pero por mucho que mascó, no pudo romperlas.

– “¡Caramba! – pensaba -, ¡qué inútil soy, que ni siquiera puedo romper las nueces!” y, dirigiéndose al sastrecillo, le dijo:
– Rómpeme las nueces.
– ¡Ya ves si eres infeliz!, ¡con una boca tan enorme y ni siquiera eres capaz de partir una nuez!
Cogió las piedras y, escamoteándoles con agilidad, se metió una nuez en la boca y ¡crac!, de un mordisco la tuvo en dos mitades.
– Volveré a probarlo – dijo el oso. – Viéndote hacerlo me parece que también yo he de poder.
220px-Heinrich_Vogeler_-_Illustration_Vom_klugen_SchneiderleinPero el sastrecillo volvió a darle piedras, y el oso muerde que muerde con todas sus fuerzas. Pero no creas que se salió con la suya. Dejaron aquello, y el sastrecillo sacó un violín de debajo de su chaqueta y se puso a tocar una melodía. Al oír el oso la música, le entraron unas ganas irresistibles de bailar, y al cabo de un rato la cosa le resultaba tan divertida, que preguntó:
– Oye, ¿es difícil tocar el violín?
– ¡Bah! Un niño puede hacerlo. Mira, pongo aquí los dedos de la mano izquierda, y con la derecha paso el arco por las cuerdas, y, fíjate qué alegre: ¡Tralalá! ¡Liraliralerá!
– Pues no me gustaría poco saber tocar así el violín para poder bailar cuando tuviese ganas. ¿Qué dices a eso? ¿Quieres enseñarme?
– De mil amores – dijo el sastrecillo -; suponiendo que tengas aptitud. Pero trae esas zarpas. Son demasiado largas; tendré que recortarte las uñas.
Trajeron un torno de carpintero, y el oso puso en él las zarpas; el sastrecillo las atornilló sólidamente y luego dijo:
– Espera ahora a que vuelva con las tijeras – y, dejando al oso que gruñese cuanto le viniera en gana, se tumbó en un rincón sobre un haz de paja y se quedó dormido.533f7e4bc9232d63c94c7f6299fa9ffc
Cuando, al anochecer, la princesa oyó los fuertes bramidos del oso, no se le ocurrió pensar otra cosa sino que había hecho picadillo del sastre, y que gritaba de alegría. A la mañana siguiente se levantó tranquila y contenta; pero al ir a echar una mirada al establo, se encontró con que el hombre estaba tan fresco y sano como el pez en el agua. Ya no pudo seguir negándose, porque había hecho su promesa públicamente, y el Rey mandó preparar una carroza en la que el sastrecillo fue conducido a la iglesia para la celebración de la boda. Mientras tanto, los otros dos sastres, hombres de corazón ruin, envidiosos al ver la suerte de su compañero, bajaron al establo y pusieron en libertad al oso, el cual, enfurecido, se lanzó en persecución del coche. Oyéndolo la princesa gruñir y bramar, tuvo miedo y exclamó:
– ¡Ay, el oso nos persigue y quiere cogerte!
Pero el sastrecillo, con gran agilidad, sacó las piernas por la ventanilla, y gritó:
– ¿Ves este torno? ¡Si no te marchas, te amarraré a él!
El oso, al ver aquello, dio media vuelta y echó a correr. El sastrecillo entró tranquilamente en la iglesia, fue unido en matrimonio a la princesa, y, en adelante, vivió en su compañía alegre como una alondra. Y quien no lo crea pagará un ducado.

¿Por qué es famoso el osito Paddinton?


peluche PaddintonEl Oso Paddington fue creado en 1958 por el escritor inglés Michael Bond y dibujado por Peggy Fortnum. Michael Bond, un cámara de la BBC, se inspiró en un oso de peluche que vio en el estante de una tienda londinense cerca a la estación de Paddington, en la víspera de Navidad de 1956. Decidió comprar el oso para su esposa y regalárselo con un par de relatos que lo llevaban como protagonista. Es un personaje de ficción y un clásico de la literatura inglesa, que apareció por primera vez en el libro titulado A Bear called Paddington (Un oso llamado Paddington). En principio no fue concebido como personaje infantil pero tanto niños como mayores se encariñaron con él.

Así lo describe Michael Bond:

La gran ventaja de tener como personaje central a un osito, es que puede combinar la inocencia de un niño con la sofisticación de un adulto. Paddington no es el tipo de osito que se iría a la luna, sus patas están bien firmes sobre la tierra. Se involucra en situaciones cotidianas. Tiene un profundo sentido de lo que está bien y lo que no lo está y no se lleva bien con la burocracia ni sigue las reglas tontas con que los humanos nos rodeamos. Como oso, puede vivir sin estas reglas. Paddington es un oso humanizado, pero no podría ser “humano”. Simplemente, no funcionaría.

Fue presentado como un oso cortés inmigrante procedente del “más oscuro y recónditodibujo paddinton original Perú” que llegó hasta Londres comiendo pan con mermelada. Fue encontrado por la familia Brown en la estación londinense de Paddington, de ahí recibe su nombre, ya que el oso dice que nadie puede entender su nombre peruano.

Sus libros se han traducido a 30 idiomas y se han vendido más de 30 millones de copias alrededor del mundo

En la actualidad, el Oso Paddington sigue siendo el personaje peruano más famoso en todo el mundo. Tanta es su influencia en Reino Unido, que se pueden apreciar varios monumentos en su honor en varias partes del país. En 1986 Paddington incluso acompaña a Margaret Thatcher en una conferencia del partido conservador.

En el 2006, la imagen de Paddington aparece en una serie de sellos especiales del Royal Mail.

paddingtonPodemos encontrar a nuestro protagonista en la Estación Paddington que le dio su nombre, junto a la escalera mecánica de ascenso a la plaza de comidas. También existe en Londres una tienda que contiene todos los productos relacionados con él, se llama “Paddington and Friends”.

Además si pinchas sobre la imagen, el enlace te llevará  su página web:

web paddinton

Sobre el Oso Paddington puedes encontrar, libros de sus aventuras, muñecos de peluche, y una película que próximamente podremos ver en cines y de la que te cuelgo el trailer:

 

Parte de: Wikipedia, http://www.diariodelviajero.com/,

Maloso, el oso bueno


Había un oso polar que vivía en Caracas porque se vino en avión escondido en una maleta. Él entonces era algo chico y no le gustaba ni el frío, ni comer focas; sino el monte verde y comer “mojo”. El mojo es un alimento líquido de Venezuela que está hecho con huevo, tomate y cebolla.

El oso estaba ahora feliz porque el sol le calentaba su cuerpo y porque se había encontrado una lata de cerveza que tenía una imagen parecida a su padre.

─ ¡Mi padre es muy importante aquí! ¡Casi todas las personas lo adoran! ¡He visto a muchos hombres con esas latas en sus manos!

Entonces pasaron años y años, y el oso creció, y ya no podía viajar en Metro porque los adultos tenían que pagar el pasaje.

La gente pensaba que él era un señor disfrazado haciendo propaganda a la cerveza y lo saludaban:

– ¡Panas sí hay! ¡Consigue unas birras!

El oso se acordó que desde que llegó al aeropuerto fue muy bien recibido. ¡Claro! Si lo confundían con el señor chiquito que ese día fue a una feria en el aeropuerto disfrazado de oso polar. Y después al terminar la fiesta se montó en una camioneta con otros tres osos más que eran unos chicos disfrazados. Él, siendo muy inteligente, había aprendido a hablar español escuchando a las personas.

─ ¡Epa!, ¿por qué no te quitas la careta? ─preguntó alguno─. Hace mucho calor.

─ No, yo estoy bien así ─respondió el oso con su ronca voz.

Ese día se quedó en la casa del señor pequeñito que siempre se encontraba muy borracho y pensaba que Maloso era uno de sus amigos del grupo. Al otro día el señor recibió una llamada de un familiar enfermo y le dijo al oso:

– “Tengo que viajar urgentemente a visitar a una tía en Europa. Cuídame la casa por unos días.”

El oso se quedó cómodo ahí, porque el señor más nunca regresó. El oso salía a pasear con sus compañeros que iban a buscarlo de vez en cuando para alguna fiesta.

Pero un día un niño se dio cuenta que ése era un oso verdadero.

─ Oye, ese señor nunca se quita el disfraz ─exclamó el niño─, y siempre está limpio y perfumado.

– Y habla muy ronco ─dijo otra niña─. ¿No será un loco?

– Vamos a espiarlo cuando llegue a su casa.

-Vale ─dijo la niña.

Y se escondieron en un cuarto y vieron cuando el oso se bañaba con el disfraz puesto.

– Oye, éste como que es un oso de verdad.

– Sí, vamos a avisar a la policía ─dijo el otro niño─, posiblemente se comió al señor que vivía aquí.

– Y nos engaña a todos.  ¡Oso malo!.

Luego vino la policía y encerró al oso en un zoológico porque no había donde meterlo preso.

Pero afortunadamente en el zoo había una osa frontina, de los Andes, con una mancha blanca en la cara, muy linda, de la cual el oso se enamoró y aprendió a hablar su idioma. Desde aquel día el oso más nunca dijo una palabra de español y vive feliz con su compañera y nadie sabe que el oso nos entiende.

Por: Arianna (8 años)

Blancanieve y Rosaroja – Hermanos Grimm (2ª parte)


Algún tiempo después, envió la madre a sus hijas a recoger madera seca al bosque, vieron un árbol muy grande en el suelo, y una cosa que corría por entre la yerba alrededor del tronco, sin que se pudiera distinguir bien lo que era. Al acercarse distinguieron un pequeño enano, con la cara vieja y arrugada y una barba blancaimages de una vara de largo. Se le había enganchado la barba en una hendidura del árbol, y el enano saltaba como un perrillo atado con una cuerda que no puede romper; fijó sus ardientes ojos en las dos niñas y les dijo:

-¿Qué hacéis ahí mirando? ¿Por qué no venís a socorrerme?

-¿Cómo te has dejado coger así en la red, pobre hombrecillo? – le preguntó Rosaroja.

-Tonta curiosa -replicó el enano-, quería partir este árbol para tener pedazos pequeños de madera y astillas para mi cocina, pues nuestros platos son chiquititos y los tarugos grandes los quemarían; nosotros no nos llenamos de comida como los vuestros que sois groseros y tragones. Ya había introducido la cuña en la madera, pero era demasiado resbaladiza; ha saltado en el momento en que menos lo esperaba, y el tronco se ha cerrado tan pronto, que no he tenido tiempo para retirar mi hermosa barba blanca que se ha quedado enredada. ¿Os  reís, simples? ¡Qué feas sois!

Por más que hicieron las niñas no pudieron sacar la barba que estaba cogida como con un clavo.

-Voy a buscar gente -dijo Rosaroja.

-¿Llamar gente? -exclamó el enano con su ronca voz- ¿no sois ya demasiadas vosotras dos, imbéciles borricas?

-Ten un poco de paciencia -dijo Blancanieve- y todo se arreglará.

Y sacando las tijeras de su bolsillo le cortó la punta de la barba. En cuanto el enano se vio libre, fue a coger un saco lleno de oro que estaba oculto en las raíces del árbol, diciendo:

-¡Qué animales son esas criaturas! Cortar la punta de una barba tan hermosa! El diablo las lleve.

Después se echó el saco a la espalda y se marchó sin mirarlas siquiera. byr

Algunos meses después fueron las hermanas a pescar al río; al acercarse a la orilla vieron correr una especie de saltamontes grande, que saltaba junto al agua como si quisiera arrojarse a ella. Echaron a correr y conocieron al enano.

-¿Qué tienes? -dijo Rosaroja- ¿es que quieres tirarte al río?

-¡Qué bestia eres! -exclamó el enano- ¿no ves que es ese maldito pez que quiere arrastrarme al agua?

Un pescador había echado el anzuelo, mas por desgracia el aire enredó el hilo en la barba del enano, y cuando algunos instantes después mordió el cebo un pez muy grande, las fuerzas de la débil criatura no bastaron para sacarle del agua y el pez que tenía la ventaja atraía al enano hacia sí, quien tuvo que agarrarse a los juncos y a las yerbas de la ribera, a pesar de lo cual le arrastraba el pez y se veía en peligro de caer al agua. Las niñas llegaron a tiempo para detenerle y procuraron desenredar su barba, pero todo en vano, pues se hallaba enganchada en el hilo. Fue preciso recurrir otra vez a las tijeras y cortaron un poco de la punta. El enano exclamó entonces encolerizado:

-Necias, ¿tenéis la costumbre de desfigurar así a las gentes? ¿No ha sido bastante con haberme cortado la barba una vez, sino que habéis vuelto a cortármela hoy? ¿Cómo me voy a presentar a mis hermanos? ¡Ojalá tengáis que correr sin zapatos y se os desuellen los pies!

Y cogiendo un saco de perlas que estaba oculto entre las cañas, se lo llevó sin decir una palabra y desapareció en seguida detrás de una piedra.

byr3 Poco tiempo después envió la madre a sus hijas a la aldea para comprar hilo, agujas y cintas. Tenían que pasar por un erial lleno de rosas, donde distinguieron un pájaro muy grande que daba vueltas en el aire, y que después de haber volado largo tiempo por encima de sus cabezas, comenzó a bajar poco a poco, concluyendo por dejarse caer de pronto al suelo. Al mismo tiempo se oyeron gritos penetrantes y lastimosos. Corrieron y vieron con asombro a un águila que tenía entre sus garras a su antiguo conocido el enano y que procuraba llevárselo. Las niñas, guiadas por su bondadoso corazón, sostuvieron al enano con todas sus fuerzas, y se las hubieron también con el águila que acabó por soltar su presa; pero en cuanto el enano se repuso de su estupor, les gritó con voz gruñona:

-¿No podíais haberme cogido con un poco más de suavidad, pues habéis tirado de tal manera de mi pobre vestido que me se ha hecho pedazos? ¡Qué torpes sois!

Después cogió un saco de piedras preciosas y se deslizó a su agujero en medio de las rosas. Las niñas estaban acostumbradas a su ingratitud y así continuaron su camino sin hacer caso, yendo a la aldea a sus compras.

Cuando a su regreso volvieron a pasar por aquel sitio, sorprendieron al enano que estaba vaciando su saco de piedras preciosas, no creyendo que transitase nadie por allí a aquellas horas, pues era ya muy tarde. El sol al ponerse iluminaba la pedrería y lanzaba rayos tan brillantes, que las niñas se quedaron inmóviles para contemplarlas.

-¿Por qué os quedáis ahí embobadas? -les dijo, y su rostro ordinariamente gris estaba enteramente rojo de cólera.

Iba a continuar insultando cuando salió del fondo del bosque un oso completamente negro, dando terribles gruñidos. El enano quería huir lleno de espanto, pero no tuvo tiempo para llegar a su escondrijo, pues el oso le cerró el paso. Entonces le dijo suplicándole con un acento desesperado: byr4

-Perdonadme, querido señor oso, y os daré todos mis tesoros, todas esas joyas que veis delante de vos, concededme la vida. ¿Qué ganareis con en matar a un miserable enano como yo? Apenas me sentiríais entre los dientes. ¿No es mucho mejor que cojáis a esas dos malditas muchachas, que son dos buenos bocados, gordas como codornices? Cómetelas, en nombre de Dios.

Pero el oso, sin escucharlo, dio a aquella malvada criatura un golpe con su pata y cayó al suelo muerta.

Las niñas se habían salvado, pero el oso les gritó:

-¿Blancanieve? ¿Rosaroja? No tengáis miedo, esperadme.

Reconocieron su voz y se detuvieron, y cuando estuvo cerca de ellas, cayó de repente su piel de oso y vieron a un joven vestido con un traje dorado.

– Soy un príncipe -les dijo- ese infame enano me había convertido en oso, después de haberme robado todos mis tesoros. Me había condenado a recorrer los bosques bajo esta forma y no podía verme libre más que con su muerte. Ahora ya ha recibido el premio de su maldad.

Blancanieve se casó con el príncipe y Rosaroja con un hermano suyo y repartieron entre todos los grandes tesoros que el enano había amontonado en su agujero. Su madre vivió todavía muchos años tranquila y feliz cerca de sus hijas. Tomó los dos rosales y los colocó en su ventana, donde daban todas las primaveras hermosísimas rosas blancas y encarnadas.

 (Anterior) 

Blancanieve y Rosaroja – Hermanos Grimm (1ª parte)


blancanieve y rojarosa Una pobre mujer vivía en una cabaña en medio del campo; en un huerto situado delante de la puerta, había dos rosales, uno de los cuales daba rosas blancas y el otro rosas encarnadas. La viuda tenía dos hijas que se parecían a los dos rosales, la una se llamaba Blancanieve y la otra Rosaroja. Eran las dos niñas lo más bueno, obediente y trabajador que se había visto nunca en el mundo, pero Blancanieve tenía un carácter más tranquilo y bondadoso; a Rosaroja le gustaba mucho más correr por los prados y los campos en busca de flores y de mariposas. Blancanieve se quedaba en su casa con su madre, la ayudaba en los trabajos domésticos y le leía algún libro cuando habían acabado su tarea. Las dos hermanas se amaban tanto, que iban de la mano siempre que salían, y cuando decía Blancanieve:

-No nos separaremos nunca.

Contestaba Rosaroja:

-En toda nuestra vida.

Y la madre añadía:

-Todo debería ser común entre las dos.

Iban con frecuencia al bosque para coger frutas silvestres, y los animales las respetaban y se acercaban a ellas sin temor. La liebre comía en su mano, el cabrito pacía a su lado, el ciervo jugueteaba delante de ellas, y los pájaros, colocados en las ramas, entonaban sus mas bonitos gorjeos.

Nunca las sucedía nada malo; si las sorprendía la noche en el bosque, se acostaban en el musgo una al lado de la otra y dormían hasta el día siguiente sin que su madre estuviera inquieta.

Una vez que pasaron la noche en el bosque, cuando las despertó la aurora, vieron a su lado un niño muy hermoso, vestido con una túnica de resplandeciente blancura, el cual les dirigió una mirada amiga, desapareciendo en seguida en el bosque sin decir una sola palabra. Vieron entonces que se habían acostado cerca de un precipicio, y que hubieran caído en él con sólo dar dos pasos más en la oscuridad. Su madre les dijo que aquel niño era el Ángel de la Guarda de las niñas buenas.

Blancanieve y Rosaroja tenían tan limpia la cabaña de su madre, que se podía cualquiera mirar en ella. Rosaroja cuidaba en verano de la limpieza, y todas las mañanas, al despertar, encontraba su madre un ramo, en el que había una flor de cada uno de los dos rosales. Blancanieve encendía la lumbre en invierno y colgaba la marmita en los llares, y la marmita, que era de cobre amarillo, brillaba como unas perlas de limpia que estaba. Cuando nevaba por la noche, decía la madre: bianchina-e-rosetta-1-you-poor-bear-come-to-the-fire

– Blancanieve, ve a echar el cerrojo.

Y luego se sentaban en un rincón a la lumbre; la madre se ponía los anteojos y leía en un libro grande; y las dos niñas la escuchaban hilando; cerca de ellas estaba acostado un pequeño cordero y detrás dormía una tórtola en su caña con la cabeza debajo del ala.

Una noche, cuando estaban hablando con la mayor tranquilidad, llamaron a la puerta.

– Rosaroja -dijo la madre- ve a abrir corriendo, pues sin duda será algún viajero extraviado que buscará asilo por esta noche.

Rosaroja fue a descorrer el cerrojo y esperaba ver entrar algún pobre, cuando asomó un oso su gran cabeza negra por la puerta entreabierta. Rosaroja echó a correr dando gritos, el cordero comenzó a balar, la paloma revoloteaba por todo el cuarto y Blancanieve corrió a esconderse detrás de la cama de su madre. Pero el oso les dijo:

– No temáis, no os haré daño; sólo os pido permiso para calentarme un poco, pues estoy medio helado.

– Acércate al fuego, pobre oso -contestó la madre- pero ten cuidado de no quemarte la piel.

Después llamó a sus hijas de esta manera:

-Blancanieve, Rosaroja, venid; el oso no os hará daño, tiene buenas intenciones.

Entonces vinieron las dos hermanas, y se acercaron también poco a poco el cordero y la tórtola y olvidaron su temor.

– Hijas -les dijo el oso- ¿queréis sacudir la nieve que ha caído encima de mis espaldas?

37c02c93ef90fc1efa93fa09912a03e8 Las niñas cogieron entonces la escoba y le barrieron toda la piel; después se extendió delante de la lumbre manifestando con sus gruñidos que estaba contento y satisfecho. No tardaron en tranquilizarse por completo; y aún en jugar con este inesperado huésped. Le tiraban del pelo, se subían encima de su espalda, le echaban a rodar por el cuarto, y cuando gruñía, comenzaban a reír. El oso las dejaba hacer cuanto querían, pero cuando veía que sus juegos iban demasiado lejos, les decía:

-Dejadme vivir, no vayáis a matarme.

Cuando fueron a acostarse, le dijo la madre:

– Quédate ahí; pasa la noche delante de la lumbre, pues por lo menos estarás al abrigo del frío y del mal tiempo.

Las niñas le abrieron las puertas al amanecer, y él se fue al bosque trotando sobre la nieve. Desde aquel día, volvía todas las noches a la misma hora, se extendía delante de la lumbre y las niñas jugaban con él todo lo que querían, habiendo llegado a acostumbrarse de tal modo a su presencia, que nunca echaban el cerrojo a la puerta hasta que él venía.

En la primavera, en cuanto comenzó a nacer el verde, dijo el oso a Blancanieve:

– Me marcho, y no volveré en todo el verano.

– ¿Dónde vas, querido oso? -le preguntó Blancanieve.

– Voy al bosque, tengo que cuidar de mis tesoros, porque no me los roben los malvados enanos. En invierno, cuando la tierra está helada, se ven obligados a permanecer en sus agujeros sin poder abrirse paso; pero ahora que el sol ha calentado ya la tierra, van a salir a merodear; lo que cogen y ocultan en sus agujeros no vuelve a ver la luz con facilidad.

Blancanieve sintió mucho la partida del oso, cuando le abrió la puerta se desolló un poco al pasar con el pestillo, y creyó haber visto brillar oro bajo su piel, más no estaba segura de ello. El oso partió con la mayor celeridad, y desapareció bien pronto entre los árboles.

(continúa)