El dicho


Me han dicho que has dicho un dicho,
un dicho que he dicho yo;
ese dicho que te han dicho
que yo he dicho
no lo he dicho.
Y si yo lo hubiera dicho,
estaría muy bien dicho
por haberlo dicho yo.

Bañar un elefante


Bañar un elefante
en una palangana
es algo que hay que hacer
cada mañana.
En el último sueño,
antes de despertar,
al noble paquidermo
–paciente– hay que bañar.
Una pata primero,
siguen las otras tres,
a orejas y trompita
les tocará después.

Como la cola es corta
queda para el final.
¡Qué limpio y tan lustroso
que luce este animal!
Después de tal trabajo…
de tal complicación…
¡casi a todo problema
se encuentra solución!
Bañar un elefante
en una palangana
es algo que hay que hacer
cada mañana.

Autora: Elsa Bornemann

El burro y el pozo (para la perseverancia)


Un día el viejo burro de un campesino cayó en un pozo. El animal, asustado, rebuzno fuertemente durante horas mientras el campesino trataba de averiguar qué podía hacer.

Finalmente, el campesino pensó que el animal era ya demasiado mayor para darle un servicio útil y, además, el pozo estaba seco y necesitaba ser tapado de todas formas, por lo que realmente no valía la pena sacar al burro.

Entonces reunió a unos vecinos para que le ayudaran. Todos cogieron las palas y empezaron a echar tierra para cubrir el pozo con el burro dentro.

El burro, en el fondo del hoyo empezó a darse cuenta de lo que estaba pasando, sintió un intenso miedo al percibir la cercanía de la muerte y rebuznó aún más desconsolado. Poco después, para sorpresa de todos, se tranquilizó, asumió su fin y se tumbó dejando que la tierra le cubriera lentamente.

Tras unos minutos de tranquilidad, el burro abrió ampliamente los ojos y sonrió. Se incorporó pausadamente y se sacudió la tierra que le cubría el lomo y la cabeza. A medida que iba cayendo la tierra pudo ir dando pasos hacia arriba que lo acercaban a la deseada libertad.

Pronto, todos vieron sorprendidos como el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó por encima del borde y salió trotando con más vitalidad que cuando era joven

Moraleja:

Con constancia puedes superar los obstáculos que se presenten. ¡Como el burro, nunca te rindas!

El zurrón que cantaba


Cuando era pequeña mi abuela me contaba este cuento ¡ No me cansaba de oírlo! y continuamente le pedía que me lo volviera a contar.

Había una vez una niña llamada María a la que su padre regaló por su cumpleaños un anillito de oro. La pequeña estaba encantada con él y lo miraba una y otra vez mientras que su madre le recordaba que debía tener mucho cuidado si no quería perderlo.

Un día como otro cualquiera la madre mandó a la pequeña a la fuente a buscar agua y ésta se quiso lavar las manos antes así que quitó el anillo y lo apoyó con cuidado encima de una piedra. Cuando acabó llenó su cántaro y se fue a casa. Hasta que de repente a medio camino…

– ¡Ay! ¡el anillo! ¡Me lo he dejado en la fuente!

Pero como ya estaba cerca de casa, decidió llevar primero el agua a casa e ir corriendo después a la fuente. Pero cuando llegó allí todo lo que había era un mendigo con las ropas rotas y sucias con un gran zurrón en el suelo.

– Oiga señor, ¿no habrá visto usted un anillo que estaba por aquí?…
– Sí, niña, está dentro de este zurrón. Entra y cógelo

Pero cuando María entró, el hombre la empujó y lo cerró rápidamente llevándose el zurrón con él y María dentro.

– Más te vale que sepas cantar niña, porque yo no voy a trabajar para mantenerte…

La pequeña oía desde el interior del zurrón la temible voz del mendigo, asustada y pensando en qué sería de ella.

Al día siguiente el hombre llegó a un pueblo y empezó a gritar que tenía un zurrón mágico que hablaba. Cuando las primeras personas se acercaron para verlo le dijo a la niña:

– Canta zurroncito, canta que si no te hinco la lanza.

Y la niña empezó a cantar:

– Por el anillito de oro que en la fuente me dejé, en un zurrón me han metido y en un zurrón moriré.

La gente del pueblo aplaudía encantada ante tal espectáculo e incluso le lanzaban monedas al hombre. Nadie imaginaba que dentro del zurrón lo que había era en realidad una niña.

Mientras tanto, la madre de María empezó a impacientarse al ver que su hija tardaba demasiado en volver de la fuente. Fue a buscarla pero allí sólo encontró su cántaro. Todos en el pueblo empezaron entonces a buscarla pero no había ni rastro de ella.

Al cabo de un tiempo, un vecino del pueblo fue al pueblo de al lado en el que había feria y coincidió que en la plaza estaba el hombre del zurrón, quien de nuevo repetía su espectáculo:

Zurrón

– Canta zurroncito, canta que si no te hinco la lanza.

Y la niña cantaba:
– Por el anillito de oro que en la fuente me dejé, en un zurrón me han metido y en un zurrón moriré.

Pero el vecino encontró algo raro en la voz de la niña, así que se acercó al mendigo.

– ¡Qué espectáculo más maravilloso!
– Gracias, gracias.
– Debería usted venir a mi pueblo. Vería como le llenaban los bolsillos de monedas.
– En ese caso no se preocupe, que mañana mismo iré por allí.

En cuanto el vecino volvió a su pueblo fue rápidamente a contarle a los padres de María lo que le había dicho aquel hombre.

Al día siguiente el hombre del zurrón llegó a la plaza del pueblo. Allí estaban los padres de la niña que esperaban nerviosos el momento en que el zurrón cantara para saber si era o no su hija.

El hombre cogió su lanza y dijo:

– Canta zurroncito, canta que si no te hinco la lanza.
Y la niña cantaba:
– Por el anillito de oro que en la fuente me dejé, en un zurrón me han metido y en un zurrón moriré.

Los padres supieron que estaban en lo cierto en cuanto oyeron la voz de la niña: ¡era su hija la que cantaba!. Esperaron a que acabara el espectáculo para hablar con el hombre e invitarlo a cenar a su casa.

– Suba a la cocina con mi marido y deme si quiere el zurrón que se lo guardo aquí – dijo la madre.
– ¡Ah! si, si, tenga, es usted muy amable.

Cuando la madre abrió el zurrón salió de dentro su hija muy asustada y contenta de volver a verla. Sus padres le dieron un abrazo y le mandaron ir a buscar al perro y al gato para meterlos en su lugar y que el hombre no se diese cuenta de que ella no estaba.

– ¡Verás que sorpresa se dará cuando lo abra! – dijo la madre

Cuando al día siguiente el hombre llegó a otro pueblo dijo:

– Canta zurroncito, canta que si no te hinco la lanza.

Pero el zurrón no cantaba. Así que el hombre le dio con la lanza y volvió a decir lo mismo. Esta vez del zurrón salieron maullidos y ladridos. La gente empezó a abuchear al hombre, quien volvió a clavar la lanza en el zurrón. Dentro, el perro y el gato estaban cada vez más enfadados y no dejaban de pelearse.

El hombre furioso, abrió el zurrón pero entonces… salieron el perro y el gato, el perro le mordió la nariz y el gato le llenó la cara de arañazos. Y por si esto fuera poco, la gente del pueblo estaba tan enfadada porque había tratado de engañarlos que fueron a por palos para darle su merecido.

Dicen que el pobre hombre del zurrón quedó tan maltrecho que todavía no se ha recuperado. Y desde entonces todos los niños saben tal y como les dicen los mayores, que si se portan mal el hombre del zurrón vendrá a buscarlos.

El niño que nunca quería dormir (para la obediencia)


Pablo era un niño que siempre quería hacer cosas divertidas. Durante todo el día hacía de todo, pero cuando llegaba la noche nunca quería dormir. Sus papás le regañaban y hacían todo lo posible para que Pablo se durmiera a una hora normal, como todos los niños.

– Pablo, ya te hemos contado dos cuentos y te hemos hecho cosquillitas. Ahora hay que dormir para recuperar energía – le decían.

Pero Pablo no quería dormir y, sin que sus padres se dieran cuenta, se escapaba de la cama y se ponía a jugar con sus juguetes o a leer libros.

Cuando sus papás se daban cuenta, volvían a regañarle:

– Pablo, ¡a dormir!, ¡Si no descansas no tendrás fuerzas mañana!

Pero Pablo hacía lo que le daba la gana.

La verdad es que Pablo siempre tenía un montón de energía para hacer todo. Jugaba un montón, aprendía muchas cosas en el cole, hacía sus tareas, iba a clases de natación y de inglés y, por la noche, aun seguía teniendo energía.

Día tras día era igual y llegó un momento en el que ni siquiera cerraba los ojos por la noche. ¡Ni siquiera un ratito!

Pero, tras un tiempo, empezaron a pasar cosas raras. Un día, en una de sus clases de natación, organizaron una carrera y Pablo, que era siempre de los mejores, se quedó el último.

– ¡Qué raro! ¡Yo siempre soy muy rápido y hoy nadé muy lento! – pensó.

Otro día, en un examen del colegio, Pablo sacó una mala nota.

– ¡Qué raro! ¡Yo siempre saco buenas notas! ¿Qué habrá pasado? – se preguntaba.

Y así, fueron ocurriendo un montón de cosas parecidas, hasta que un día, pasó algo bastante grave. Pablo estaba jugando un partido de fútbol y, de repente, cayó al suelo. No podía levantarse y mucho menos correr detrás de la pelota.

Estuvo varios días súper cansado sin poder moverse de la cama y llegó a caer enfermo. Tuvo que ir al médico, cosa que odiaba, y estando allí, el doctor le explicó que si no dormía ni descansaba bien, nunca tendría la energía suficiente:

– Pablo, dormir es tan importante como comer. Si no lo haces, no tendrás fuerza para hacer todas las cosas que tanto te gustan.

Pablo estuvo tanto tiempo enfermo que echaba de menos hacer cosas divertidas y, cuando se recuperó por fin, entendió que día a día, es necesario divertirse, pero igual de necesario es descansar.

Desde entonces, Pablo fue obediente, empezó a hacer todas las cosas divertidas que le gustaban por el día, pero, por la noche…¡a dormir!,

De: Irene Hernández (http://www.cuentoscortos.com/)

El perro de Parra


Parra tenía un perro.

Guerra tenía una parra.

El perro de Parra subió a la parra de Guerra.

Guerra dio con la porra al perro de Parra.

¡Oiga usted señor Guerra!:

  • ¿Por qué ha pegado con la porra al perro de Parra?

Y Guerra le contestó:

  • Si el perro de Parra no hubiera subido a la parra de Guerra, Guerra no habría pegado con la porra al perro de Parra.

El perro que no ladra


Este perro de tamaño pequeño-mediano tiene una cola muy curvada y la frente arrugada. El pelaje es brillante, corto y suave y puede ser rojo y blanco, negro y blanco, negro, canela y blanco, tricolor o con muchos colores mezclados. 

Es en África donde hay que buscar los orígenes del perro basenji cuyo nombre deriva del de la población de los “bashingi” en la región del río Congo. En realidad, es al este, en el corazón de la región boscosa del Ituri, donde se encuentran los primeros vestigios de esta raza. Hace unos cuantos milenios, este perro era el compañero de caza que preferían los pigmeos. Según afirma la leyenda, hasta era capaz de luchar contra los leones, aunque la realidad es mucho más modesta. Lo que en realidad cazaba el basenji eran aves y antílopes. Los africanos creían que el perro alejaba a los malos espíritus, y por eso le confiaron la guarda de sus chozas.

Fue descubierto por los egipcios que después de adoptarlo como perros de compañía, llegaron hasta a adorarlo y a convertir al basenji en un perro sagrado llegando a llamarlo «perro de Keops«. Como tal aparecía en los sepulcros pues se creía que acompañaba a los muertos en el más allá. Por otro lado, en un gran número de tumbas de 3.600 a J.C. aproximadamente se han encontrado representaciones de una raza canina absolutamente idéntica a la del basenji actual.

El basenji no consiguió implantarse en Gran Bretaña hasta 1937 y en Estados Unidos hasta 1941.

Esta raza, despierta, independiente, autosuficiente y prácticamente inodora es muy similar a un gato y hasta se ha visto a estos perros escalar árboles y vallas como los felinos.

Hay un punto en el que se debe insistir, el basenji es un perro de raza. Dicha precisión no tiene nada de superflua, pues en África se encuentran muchos perros que se le parecen pero que en realidad son cruzados y mestizos. El basenji de verdad se reconoce bastante fácilmente porque tiene una particularidad que a priori es inimitable: no ladra sino que emite sonidos que son una mezcla de risa y “jodler” tirolés. Esta particularidad no la tienen los productos del cruce entre un basenji y cualquier otra raza. Los cruzados y los mestizos ladran, ¡y eso no engaña!.