El burro y el pozo (para la perseverancia)


Un día el viejo burro de un campesino cayó en un pozo. El animal, asustado, rebuzno fuertemente durante horas mientras el campesino trataba de averiguar qué podía hacer.

Finalmente, el campesino pensó que el animal era ya demasiado mayor para darle un servicio útil y, además, el pozo estaba seco y necesitaba ser tapado de todas formas, por lo que realmente no valía la pena sacar al burro.

Entonces reunió a unos vecinos para que le ayudaran. Todos cogieron las palas y empezaron a echar tierra para cubrir el pozo con el burro dentro.

El burro, en el fondo del hoyo empezó a darse cuenta de lo que estaba pasando, sintió un intenso miedo al percibir la cercanía de la muerte y rebuznó aún más desconsolado. Poco después, para sorpresa de todos, se tranquilizó, asumió su fin y se tumbó dejando que la tierra le cubriera lentamente.

Tras unos minutos de tranquilidad, el burro abrió ampliamente los ojos y sonrió. Se incorporó pausadamente y se sacudió la tierra que le cubría el lomo y la cabeza. A medida que iba cayendo la tierra pudo ir dando pasos hacia arriba que lo acercaban a la deseada libertad.

Pronto, todos vieron sorprendidos como el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó por encima del borde y salió trotando con más vitalidad que cuando era joven

Moraleja:

Con constancia puedes superar los obstáculos que se presenten. ¡Como el burro, nunca te rindas!

El zurrón que cantaba


Cuando era pequeña mi abuela me contaba este cuento ¡ No me cansaba de oírlo! y continuamente le pedía que me lo volviera a contar.

Había una vez una niña llamada María a la que su padre regaló por su cumpleaños un anillito de oro. La pequeña estaba encantada con él y lo miraba una y otra vez mientras que su madre le recordaba que debía tener mucho cuidado si no quería perderlo.

Un día como otro cualquiera la madre mandó a la pequeña a la fuente a buscar agua y ésta se quiso lavar las manos antes así que quitó el anillo y lo apoyó con cuidado encima de una piedra. Cuando acabó llenó su cántaro y se fue a casa. Hasta que de repente a medio camino…

– ¡Ay! ¡el anillo! ¡Me lo he dejado en la fuente!

Pero como ya estaba cerca de casa, decidió llevar primero el agua a casa e ir corriendo después a la fuente. Pero cuando llegó allí todo lo que había era un mendigo con las ropas rotas y sucias con un gran zurrón en el suelo.

– Oiga señor, ¿no habrá visto usted un anillo que estaba por aquí?…
– Sí, niña, está dentro de este zurrón. Entra y cógelo

Pero cuando María entró, el hombre la empujó y lo cerró rápidamente llevándose el zurrón con él y María dentro.

– Más te vale que sepas cantar niña, porque yo no voy a trabajar para mantenerte…

La pequeña oía desde el interior del zurrón la temible voz del mendigo, asustada y pensando en qué sería de ella.

Al día siguiente el hombre llegó a un pueblo y empezó a gritar que tenía un zurrón mágico que hablaba. Cuando las primeras personas se acercaron para verlo le dijo a la niña:

– Canta zurroncito, canta que si no te hinco la lanza.

Y la niña empezó a cantar:

– Por el anillito de oro que en la fuente me dejé, en un zurrón me han metido y en un zurrón moriré.

La gente del pueblo aplaudía encantada ante tal espectáculo e incluso le lanzaban monedas al hombre. Nadie imaginaba que dentro del zurrón lo que había era en realidad una niña.

Mientras tanto, la madre de María empezó a impacientarse al ver que su hija tardaba demasiado en volver de la fuente. Fue a buscarla pero allí sólo encontró su cántaro. Todos en el pueblo empezaron entonces a buscarla pero no había ni rastro de ella.

Al cabo de un tiempo, un vecino del pueblo fue al pueblo de al lado en el que había feria y coincidió que en la plaza estaba el hombre del zurrón, quien de nuevo repetía su espectáculo:

Zurrón

– Canta zurroncito, canta que si no te hinco la lanza.

Y la niña cantaba:
– Por el anillito de oro que en la fuente me dejé, en un zurrón me han metido y en un zurrón moriré.

Pero el vecino encontró algo raro en la voz de la niña, así que se acercó al mendigo.

– ¡Qué espectáculo más maravilloso!
– Gracias, gracias.
– Debería usted venir a mi pueblo. Vería como le llenaban los bolsillos de monedas.
– En ese caso no se preocupe, que mañana mismo iré por allí.

En cuanto el vecino volvió a su pueblo fue rápidamente a contarle a los padres de María lo que le había dicho aquel hombre.

Al día siguiente el hombre del zurrón llegó a la plaza del pueblo. Allí estaban los padres de la niña que esperaban nerviosos el momento en que el zurrón cantara para saber si era o no su hija.

El hombre cogió su lanza y dijo:

– Canta zurroncito, canta que si no te hinco la lanza.
Y la niña cantaba:
– Por el anillito de oro que en la fuente me dejé, en un zurrón me han metido y en un zurrón moriré.

Los padres supieron que estaban en lo cierto en cuanto oyeron la voz de la niña: ¡era su hija la que cantaba!. Esperaron a que acabara el espectáculo para hablar con el hombre e invitarlo a cenar a su casa.

– Suba a la cocina con mi marido y deme si quiere el zurrón que se lo guardo aquí – dijo la madre.
– ¡Ah! si, si, tenga, es usted muy amable.

Cuando la madre abrió el zurrón salió de dentro su hija muy asustada y contenta de volver a verla. Sus padres le dieron un abrazo y le mandaron ir a buscar al perro y al gato para meterlos en su lugar y que el hombre no se diese cuenta de que ella no estaba.

– ¡Verás que sorpresa se dará cuando lo abra! – dijo la madre

Cuando al día siguiente el hombre llegó a otro pueblo dijo:

– Canta zurroncito, canta que si no te hinco la lanza.

Pero el zurrón no cantaba. Así que el hombre le dio con la lanza y volvió a decir lo mismo. Esta vez del zurrón salieron maullidos y ladridos. La gente empezó a abuchear al hombre, quien volvió a clavar la lanza en el zurrón. Dentro, el perro y el gato estaban cada vez más enfadados y no dejaban de pelearse.

El hombre furioso, abrió el zurrón pero entonces… salieron el perro y el gato, el perro le mordió la nariz y el gato le llenó la cara de arañazos. Y por si esto fuera poco, la gente del pueblo estaba tan enfadada porque había tratado de engañarlos que fueron a por palos para darle su merecido.

Dicen que el pobre hombre del zurrón quedó tan maltrecho que todavía no se ha recuperado. Y desde entonces todos los niños saben tal y como les dicen los mayores, que si se portan mal el hombre del zurrón vendrá a buscarlos.

El niño que nunca quería dormir (para la obediencia)


Pablo era un niño que siempre quería hacer cosas divertidas. Durante todo el día hacía de todo, pero cuando llegaba la noche nunca quería dormir. Sus papás le regañaban y hacían todo lo posible para que Pablo se durmiera a una hora normal, como todos los niños.

– Pablo, ya te hemos contado dos cuentos y te hemos hecho cosquillitas. Ahora hay que dormir para recuperar energía – le decían.

Pero Pablo no quería dormir y, sin que sus padres se dieran cuenta, se escapaba de la cama y se ponía a jugar con sus juguetes o a leer libros.

Cuando sus papás se daban cuenta, volvían a regañarle:

– Pablo, ¡a dormir!, ¡Si no descansas no tendrás fuerzas mañana!

Pero Pablo hacía lo que le daba la gana.

La verdad es que Pablo siempre tenía un montón de energía para hacer todo. Jugaba un montón, aprendía muchas cosas en el cole, hacía sus tareas, iba a clases de natación y de inglés y, por la noche, aun seguía teniendo energía.

Día tras día era igual y llegó un momento en el que ni siquiera cerraba los ojos por la noche. ¡Ni siquiera un ratito!

Pero, tras un tiempo, empezaron a pasar cosas raras. Un día, en una de sus clases de natación, organizaron una carrera y Pablo, que era siempre de los mejores, se quedó el último.

– ¡Qué raro! ¡Yo siempre soy muy rápido y hoy nadé muy lento! – pensó.

Otro día, en un examen del colegio, Pablo sacó una mala nota.

– ¡Qué raro! ¡Yo siempre saco buenas notas! ¿Qué habrá pasado? – se preguntaba.

Y así, fueron ocurriendo un montón de cosas parecidas, hasta que un día, pasó algo bastante grave. Pablo estaba jugando un partido de fútbol y, de repente, cayó al suelo. No podía levantarse y mucho menos correr detrás de la pelota.

Estuvo varios días súper cansado sin poder moverse de la cama y llegó a caer enfermo. Tuvo que ir al médico, cosa que odiaba, y estando allí, el doctor le explicó que si no dormía ni descansaba bien, nunca tendría la energía suficiente:

– Pablo, dormir es tan importante como comer. Si no lo haces, no tendrás fuerza para hacer todas las cosas que tanto te gustan.

Pablo estuvo tanto tiempo enfermo que echaba de menos hacer cosas divertidas y, cuando se recuperó por fin, entendió que día a día, es necesario divertirse, pero igual de necesario es descansar.

Desde entonces, Pablo fue obediente, empezó a hacer todas las cosas divertidas que le gustaban por el día, pero, por la noche…¡a dormir!,

De: Irene Hernández (http://www.cuentoscortos.com/)

El perro de Parra


Parra tenía un perro.

Guerra tenía una parra.

El perro de Parra subió a la parra de Guerra.

Guerra dio con la porra al perro de Parra.

¡Oiga usted señor Guerra!:

  • ¿Por qué ha pegado con la porra al perro de Parra?

Y Guerra le contestó:

  • Si el perro de Parra no hubiera subido a la parra de Guerra, Guerra no habría pegado con la porra al perro de Parra.

El perro que no ladra


Este perro de tamaño pequeño-mediano tiene una cola muy curvada y la frente arrugada. El pelaje es brillante, corto y suave y puede ser rojo y blanco, negro y blanco, negro, canela y blanco, tricolor o con muchos colores mezclados. 

Es en África donde hay que buscar los orígenes del perro basenji cuyo nombre deriva del de la población de los “bashingi” en la región del río Congo. En realidad, es al este, en el corazón de la región boscosa del Ituri, donde se encuentran los primeros vestigios de esta raza. Hace unos cuantos milenios, este perro era el compañero de caza que preferían los pigmeos. Según afirma la leyenda, hasta era capaz de luchar contra los leones, aunque la realidad es mucho más modesta. Lo que en realidad cazaba el basenji eran aves y antílopes. Los africanos creían que el perro alejaba a los malos espíritus, y por eso le confiaron la guarda de sus chozas.

Fue descubierto por los egipcios que después de adoptarlo como perros de compañía, llegaron hasta a adorarlo y a convertir al basenji en un perro sagrado llegando a llamarlo «perro de Keops«. Como tal aparecía en los sepulcros pues se creía que acompañaba a los muertos en el más allá. Por otro lado, en un gran número de tumbas de 3.600 a J.C. aproximadamente se han encontrado representaciones de una raza canina absolutamente idéntica a la del basenji actual.

El basenji no consiguió implantarse en Gran Bretaña hasta 1937 y en Estados Unidos hasta 1941.

Esta raza, despierta, independiente, autosuficiente y prácticamente inodora es muy similar a un gato y hasta se ha visto a estos perros escalar árboles y vallas como los felinos.

Hay un punto en el que se debe insistir, el basenji es un perro de raza. Dicha precisión no tiene nada de superflua, pues en África se encuentran muchos perros que se le parecen pero que en realidad son cruzados y mestizos. El basenji de verdad se reconoce bastante fácilmente porque tiene una particularidad que a priori es inimitable: no ladra sino que emite sonidos que son una mezcla de risa y “jodler” tirolés. Esta particularidad no la tienen los productos del cruce entre un basenji y cualquier otra raza. Los cruzados y los mestizos ladran, ¡y eso no engaña!.

Pescando la luna en el pozo


Una noche, Haojia fue a buscar un poco de agua al pozo. Para su sorpresa, cuando miró dentro, encontró la luna hundida en él brillando:

  • ¡Oh, Dios mío!, ¡Qué lástima! ¡La hermosa luna se ha caído en el pozo!.

Así que corrió a casa en busca de un anzuelo, lo ató con una cuerda a su cubo y luego lo tiró al pozo para pescar a la luna.

Después de un largo rato de esperar a pescarla, Haojia se alegró de descubrir que algo había sido atrapado por el anzuelo. ¡Debió pensar que era la luna!. Tiró con fuerza de la cuerda y debido al fuerte tirón, la cuerda se rompió en pedazos y Haojia cayó de espaldas. Entonces vio la luna de nuevo en lo alto del cielo y suspiró con emoción:

  • ¡Ajá, finalmente volvió a su lugar! ¡Qué buen trabajo!

 Se sintió muy feliz y contó a todos los que se encontraba con gran orgullo lo que había hecho ¡había salvado a la luna de morir ahogada!.

Cuento chino

Claro de luna – Beethoven


Beethoven escribió esta sonata al final de su vida después de haber triunfado. Junto a la sonata nº 8: “Patética”, la nº 29: Hammerklavier y la nº 23: Appassionata, constituye una las cuatro sonatas más importantes de su obra así como una de las más conocidas de la música clásica de todos los tiempos.

Cuenta una leyenda que una noche, Beethoven y un amigo estaban caminando por las calles de Bon, y al pasar por uno de los barrios más pobres, se sorprendieron de oír música, bien interpretada, proveniente de una de las casas. Beethoven, con su usual intrepidez, cruzó la calle, abrió la puerta de un empujón, y entró a la casa sin llamar. La habitación era precaria, y estaba iluminada por una vela.

Un hombre joven se encontraba trabajando sobre un banco de zapatero en un rincón. Una mujer joven prácticamente una niña, estaba sentada a un viejo piano cuadrado. Ambos se sobresaltaron por la intromisión, pero su sorpresa no fue menor que la del músico y su amigo al enterarse de que la joven era ciega. Beethoven, un tanto confundido, se apresuró a disculparse y explicó que había quedado tan impresionado con la calidad de ejecución de la joven, que se había apresurado a averiguar quien tocaba el piano en ese momento. Después preguntó amablemente a la muchacha dónde había aprendido a tocar, a lo cual ella respondió que una vez habían vivido al lado de una mujer que estudiaba música, y pasaba gran parte de su tiempo practicando las obras del gran maestro Beethoven. Ella había aprendido a tocar muchas de sus piezas sólo oyendo practicar a su vecina.

El hermano de la joven los interrumpió en ese momento para saber quienes eran los intrusos, y que seguramente habían notado la pobre interpretación de su hermana:

– ¡Escucha!, dijo Beethoven, mientras caminaba hacia el piano, luego se sentó y tocó los acordes iniciales de su Sonata Claro de Luna. Lágrimas cayeron de los ojos de la muchacha al momento en que reconoció la música, y luego con una voz temblorosa le preguntó si era posible que fuera el gran maestro en persona.

– “Si, y tocaré para ti”, respondió Beethoven. Tras unos momentos, mientras tocaba una de sus composiciones más antiguas, la vela parpadeó, y se apagó. La interrupción pareció romper aquel momento y Beethoven se levantó, fue hacia la ventana y la abrió, inundando la habitación con la luz de la luna. Después de meditar unos momentos, se volvió y dijo:

– “Improvisaré una sonata a la luz de la luna”.

Luego siguió la maravillosa composición que conocemos tan bien. Sin embargo, por el método de escritura de Beethoven y su costumbre de retocar y repasar una y otra vez sus manuscritos, posiblemente la improvisación de aquella noche fuera mucho más aburrida que el trabajo final.

El primer movimiento de la sonata “Claro de Luna” es lento, majestuoso y sombrío, como un hermoso jardín en la oscuridad de la noche, luego aparece silenciosamente escabulléndose bajo la sombra del acompañamiento, una triste e infinitamente amorosa melodía, que impregna todo el movimiento, hasta que se revela su mística belleza y la luna naciente va bañando el oscuro jardín. Tras una pausa sin respiros, comienza el segundo movimiento, y el jardín se llena de repente de espíritus danzantes, etéreos y delicados. Un corte repentino, otro silencio de suspense, y comienza el tercer movimiento: como una ráfaga de viento que azota los árboles y envía a los espíritus a refugiarse a toda prisa, las notas caen arremolinándose como el viento. Las nubes corren deprisa por el cielo, pero incluso ahora y entonces por entre los claros, se ve la luna cabalgando majestuosamente, inundando el jardín con dulces y serenas melodías de luz.