La hormiga y el escarabajo – Esopo


Llegado el verano, una hormiga que rondaba por el campo recogía los granos de trigo y cebada, guardándolos para alimentarse durante el invierno.Nuestra amiga la Hormiga
La vio un escarabajo y se asombró de verla tan ocupada en una época en que todos los animales, descuidando sus trabajos, se abandonan a la buena vida. Nada respondió la hormiga por el momento; pero más tarde, cuando llegó el invierno y la lluvia deshacía las boñigas, el escarabajo hambriento fue a pedirle a la hormiga una limosna de comida. Entonces sí respondió la hormiga:
— Mira escarabajo, si hubieras trabajado en la época en que yo lo hacía y tú te burlabas de mí, ahora no te faltaría el alimento.

Moraleja

Cuando te queden excedentes de lo que recibes con tu trabajo, guarda una porción para cuando vengan los tiempos de escasez.

¡Qué trabajo me ha costado!


Lado, ledo, lido, lodo, ludo,Resultado de imagen de qué trabajo me ha costado

Decirlo al revés lo dudo.

Ludo, lodo, lido, ledo, lado,

¡Qué trabajo me ha costado!

La partida de ajedrez


Hubo una vez un joven que visitó un viejo monasterio zen lleno de ilusión. Quería ver al abad para preguntarle si conocía algún método fácil para despertar su espíritu, ya que siempre que intentaba meditar, se distraía por las cosas que lo rodeaban.

El abad lo miró un momento y luego le hizo un par de preguntas:

—No hay nada en especial, mi familia me heredó una gran fortuna y por eso no tengo que trabajar. Mi pasión es el ajedrez, ¡podría pasarme horas jugando!

En ese momento, el abad habló a uno de sus asistentes para que le llevara un tablero de ajedrez. Luego le ordenó sentarse frente al joven, pues sería su oponente en la partida. A continuación desenvainó una afilada espada.

—Cuando entraste aquí, tomaste un voto de obediencia conmigo —le dijo a su discípulo—, ahora te necesito. Vas a jugar al ajedrez con este muchacho y si pierdes, te voy a cortar la cabeza. Si ganas se la cortaré a él. Bien merecido se lo tendría, si el ajedrez es lo único que le ha importado en la vida.

El juego comenzó.

El joven estaba nervioso, las manos le temblaban ligeramente y el sudor corría por su rostro; saber que de esa partida dependía su vida lo angustiaba. El tablero de ajedrez se había vuelto su mundo, jamás había estado tan concentrado. Observó las piezas de su adversario e hizo una jugada contundente, estaba a punto de obtener la victoria. Alzó los ojos y lo miró. Su semblante era sereno y estaba lleno de sinceridad, de perseverancia y sacrificio por los años pasados en el monasterio.

Pensó entonces en su propia vida, llena de lujos y comodidades, pero desprovista de propósito. Y luego sintió compasión por el hombre frente a él.

A propósito, cometió un error en el ajedrez. Luego otro y después otro más. Hasta que llegó el momento en el que no podía hacer nada para defenderse de los movimientos de su oponente. Iba a perder…

El abad alzó la espada y lanzó el tablero al suelo, ante la mirada atónita de los adversarios.

—Nadie gana ni pierde —dijo—, ninguna cabeza va a rodar hoy —se volvió hacia el joven y siguió hablando—, solo hay dos cosas necesarias para despertar el espíritu de una persona: concentración absoluta y compasión. Hoy aprendiste ambas. A pesar de que te concentraste con toda tu alma en el juego, fuiste capaz de sentir compasión por tu oponente hasta el punto de querer sacrificar tu vida por la de él. Quédate en el monasterio y, si estás dispuesto a aprender, un día llegarás a la iluminación.

El joven tomó el consejo del abad y se convirtió en su discípulo. Aprendió a ser sabio, pero sobre todo, a ser bondadoso y compasivo. Finalmente tenía un propósito en la vida.

Moraleja:

Nuestras vidas tienen sentido cuando hacemos algo bueno por los demás.

De: https://xn--cuentoscortosparanios-ubc.org/

La niña de nieve


Sentada en el rincón de la chimenea, la anciana suspiraba quedamente mientras revolvía la sopa: nunca se había sentido tan triste.

Muchos, muchos años habían pasado y habían dejado el peso de los inviernos sobre sus hombros y habían encanecido sus cabellos sin traerle siquiera un hijito. Tanto a ella como a su viejo y querido esposo les apenaba su falta, porque fuera había muchos niños jugando en la nieve.

Les resultaba duro aceptar que ninguno fuera en verdad el suyo. Pero, ¡ay!, ahora ya no les quedaban esperanzas de obtener tal bendición.

No verían nunca un gorrito de piel colgado de la repisa de la chimenea, ni dos zapatillas secándose junto al fuego.

El anciano trajo un haz de leña y se sentó. Luego, mientras oía a los niños reírse y batir palmas, miró por la ventana. Allí estaban, bailando alegremente alrededor del muñeco de nieve que acababan de hacer.

Se sonrió al ver el evidente parecido que el muñeco tenía con el alcalde del pueblo, tan gordo y pomposo era.

-Mira, Marusha -le dijo a su mujer-. Ven a ver el muñeco que han hecho.

Juntos ante la ventana, se rieron al ver cuánto se divertían los niños. De repente, el anciano se volvió hacia Marusha con una brillante idea.

-Salgamos a ver si nosotros también podemos hacer un muñequito de nieve.

Pero la anciana se rió de él.

-¿Qué dirían los vecinos?

Se burlarían de nosotros, seríamos el hazmerreír del pueblo. Ya somos demasiado viejos para jugar como niños.

-Sólo uno pequeño, Marusha, solamente un muñeco pequeñín. Yo me ocuparé de que nadie nos vea.

-De acuerdo, de acuerdo –dijo ella riéndose-, haremos lo que quieras, Youshko, como siempre.

Dicho esto, apartó la olla del fuego, se puso un gorro y salieron. Al pasar junto a los niños, se detuvieron y se quedaron jugando un momento con ellos, porque ahora ellos también se sentían casi como niños.

Luego avanzaron con dificultad por la nieve hasta llegar a un bosquecillo; y, detrás de él, allí donde la nieve era blanca y hermosa y nadie podía verlos, se sentaron a hacer el muñeco.Resultado de imagen de Cuento la niña de nieve

Youshko se empeñó en que debía ser muy pequeño y su mujer estuvo de acuerdo en que debía tener casi el tamaño de un recién nacido.

Arrodillados en la nieve, modelaron el cuerpecito en un abrir y cerrar de ojos. Ahora únicamente les faltaba la cabeza para finalizar.

Dos gordas bolas de nieve formaron las mejillas y el rostro, y una muy grande la cabeza. Luego colocaron un puñado para la nariz e hicieron dos agujeros, uno a cada lado, a modo de ojos.

No bien estuvo terminado, retrocedieron para mirarlo, riéndose y aplaudiendo como dos niños.
De pronto, se detuvieron. ¿Qué había ocurrido? ¡Algo muy extraño, por cierto!. Allí donde estaban los agujeros, vieron dos melancólicos ojos azules que lesmiraban.

Luego, el rostro del pequeño muñeco dejó de ser blanco. Las mejillas se volvieron redondas, tersas y brillantes, y dos labios rosados comenzaron a sonreírles.

Un soplo de viento barrió la nieve de la cabeza, transformándola en unos bucles muy rubios que escapaban de un blanco gorro de piel y caían sobre sus hombros.

Al mismo tiempo, un poco de nieve, resbalando por el cuerpecito, cayó y tomó la forma de una bonita prenda blanca.

Luego, de repente y antes de que pudieran reaccionar, el muñeco se había convertido en la más bella niñita que jamás hubieran visto.

Se miraron el uno al otro de soslayo e, incrédulos, se rascaron la cabeza.

Pero aquello era tan real como la vida misma. Allí ante ellos estaba de pie la niña, toda de rosa y blanco. Estaba viva de verdad, pues corrió hacia ellos. Y cuando se agacharon para alzarla, puso un brazo alrededor del cuello de la anciana y con el otro cogió el del anciano y les dio a cada uno un beso y un abrazo.

Rieron y lloraron de felicidad y, luego, recordando súbitamente cuán reales pueden parecer algunos sueños, se pellizcaron el uno al otro.

Aun así no se creyeron seguros, pues los pellizcos podían ser parte del sueño. Y, ante el temor de despertarse y que se rompiera el encanto, arroparon rápidamente a la pequeña y emprendieron el regreso a casa.

Por el camino encontraron a los niños, que todavía jugaban con su muñeco; las bolas de nieve que les lanzaron por detrás eran muy reales, pero, aun así, también podían haber sido parte del sueño.

Aunque cuando estuvieron dentro de la casa y vieron la chimenea, la olla de sopa junto al fuego, el haz de leña a un costado y todo tal cual lo habían dejado, se miraron con lágrimas en los ojos y ya no volvieron a temer que todo aquello fuera un sueño.

De pronto, allí estaban el gorrito blanco de piel colgando de la repisa de la chimenea y los zapatitos secándose al calor del fuego, mientras la anciana cogía a la niña en su regazo y le cantaba suavemente una nana.

El anciano puso la mano sobre el hombro de su esposa y ella alzó la vista.Resultado de imagen de Cuento la niña de nieve

-¡Marusha!

-¡Youshko!

-¡Al fin tenemos una niñita! La sacamos de la nieve, así que la llamaremos Snegorotchka.

La anciana asintió con la cabeza y luego se besaron. Cuando terminaron de cenar se fueron a la cama seguros de que, por la mañana temprano, encontrarían a la niña todavía con ellos. Y no se equivocaron.

Allí estaba, de pie entre los dos, parloteando y riéndose. Pero había crecido y su cabello era ahora dos veces más largo que la noche anterior.

Cuando ella los llamó «papá» y «mamá», sintieron un placer tan grande como si fueran jóvenes y estuvieran bailando ágilmente; pero, en lugar de bailar, se abrazaron y lloraron de alegría.

Aquel día lo celebraron con un gran banquete. Marusha estuvo ocupada toda la mañana cocinando todo tipo de delicias, mientras su marido daba vueltas por el pueblo para reunir a los violinistas.

Todos los niños y las niñas del lugar fueron invitados; comieron, cantaron, bailaron y se divirtieron hasta el amanecer. Mientras volvían a casa, las niñas hablaban de lo bien que lo habían pasado, pero los niños estaban muy silenciosos; pensaban en la bella Snegorotchka, con sus ojos azules y sus dorados cabellos.

Después de aquel día la pequeña de Marusha y Youshko jugó con los otros niños y les enseñaba cómo hacer castillos y palacios de nieve con salones de mármol, tronos y hermosas fuentes. Parecía que con la nieve y sus finos dedos podía hacer todo lo que quisiera, como si se construyese ella misma.

Todos estaban encantados, y, sobre todo, cuando les enseñaba cómo bailaban los copos de nieve, primero con enérgicos remolinos y luego suave y delicadamente, ninguno podía pensaren ninguna otra cosa que en la Niña de Nieve.

Era la pequeña reina mágica de los niños, la alegría de los mayores y la luz de las vidas de Marusha y Youshko.

Pero ya se iban terminando los meses de invierno. Con pasos suaves y firmes se retiraban de las cumbres de las montañas y se perdían detrás del horizonte. La tierra comenzaba a cubrirse de verde, los árboles vestían su desnudez y los pájaros del año anterior cantaban las canciones de este año.

Las flores tempranas derramaban su aroma en la brisa y una ráfaga de aire cálido acariciaba las mejillas y alentaba una grata promesa en el aire. Los bosques, los prados y las fuentes estaban inquietos y conmovidos y un nuevo espíritu todo lo envolvía:

“Era como si la Primavera, amarrada durante el largo invierno, quisiese pegar el estirón definitivo para poder expandirse libre.”

Una tarde, Marusha, sentada en el rincón de la chimenea, mientras revolvía la sopa, cantaba una canción, pues nunca se había sentido tan llena de felicidad.

El anciano Youshko acababa de traer un haz de leña que dejó en el suelo. Todo parecía igual que aquella tarde de invierno cuando vieron a los niños bailando alrededor del muñeco de nieve; pero lo que hacía que ahora todo fuera diferente era Snegorotchka, la luz de sus ojos, que, sentada junto a la ventana, contemplaba la verde hierba y el follaje de los árboles.

Youshko, que la estaba mirando, se dio cuenta de que su rostro estaba pálido y sus ojos tenían un tono menos azul de lo habitual.

-¿No te sientes bien, pequeña? -le preguntó.
-No, padre -respondió con tristeza-. ¡Ay, añoro tanto la blanca nieve!

La hierba verde no es ni la mitad de bonita. Me gustaría que la nieve llegase otra vez.

-Pues ¡claro que sí! La nieve llegará nuevamente -contestó el anciano-. ¿Acaso no te gustan las hojas de los árboles y las flores?

-No son tan bonitas como la pura nieve blanca -y la niña tembló.

Al día siguiente ella tenía un aspecto tan triste y estaba tan pálida que sus padres se asustaron y se dirigieron una mirada de inquietud.

-¿Qué le pasa a la niña? -dijo Marusha.

Youshko movió la cabeza mirando alternativamente a Snegorotchka y al fuego.

-Hija mía -dijo al fin-, ¿Por qué no sales a jugar con los demás niños? Están todos divirtiéndose en el bosque; pero he notado que ahora nunca juegas con ellos. ¿Por qué, querida mía?

-Padre, no lo sé, pero mi corazón parece que se convierte en agua cuando el suave y tibio viento me trae el perfume de las flores.

-Nosotros iremos contigo, hija mía -dijo el anciano-, pondré mi brazo sobre ti y te protegeré del viento. Ven, te mostraremos todas las bellas flores del campo, te diremos sus nombres y tú acabarás amándolas..

Marusha retiró la olla del fuego y los tres juntos salieron de casa. Youshko rodeó a la niña con su brazo para protegerla del viento, pero no habían ido muy lejos cuando el cálido perfume de las flores llegó hasta ellos flotando en la brisa, y la Niña de Nieve tembló como una hoja. Los ancianos la besaron y consolaron y se dirigieron al campo, al lugar donde crecían las flores más bonitas.

De repente, mientras atravesaban un bosquecillo de grandes árboles, un brillante rayo de sol se cruzó como un dardo y Snegorotchka se puso la mano sobre los ojos y lanzó un grito de dolor.

Se detuvieron y la miraron. Por un momento, mientras se desmayaba en brazos del anciano, sus ojos se encontraron con los suyos. Y por su rostro se deslizaban lágrimas que, al caer, brillaban a la luz del sol.

Y comenzó a volverse más y más pequeña, hasta que al fin todo lo que quedó de Snegorotchka -Niña de Nieve, Nievecita– era una gota de rocío brillando sobre la hierba, una lágrima que había caído en la corola de una flor. Youshko la recogió con delicadez y, sin decir palabra, se la ofreció a Marusha.

En ese preciso momento los dos ancianos, Marusha y Youshko, comprendieron que su pequeña y querida niña estaba hecha simplemente de nieve y se había derretido al calor del sol.

Cuento popular Ucrania

¿Por qué hablan los loros?


Los loros, como otras aves, tienen siringe, una membrana situada entre la tráquea y los bronquios  que les permite, con ayuda de dos cámaras, realizar dos sonidos simultáneamente. Además, tienen una lengua larga, que es la que les permite emitir voces. A través de pequeños movimientos, pueden dar forma al aire y diferenciar sonidos, de una forma muy similar a la del hombre.

Estas aves son seres sociales que se imitan unas a otras de forma que, si en un ambiente salvaje, los loros aprenden a comunicarse con sus pares imitando los sonidos que escuchan, cuando están en cautiverio, reproducen los sonidos emitidos por sus dueños. Por eso hablan, en el sentido humano de la palabra aunque también imitan a perros, gatos y a cualquier otro animal doméstico, e incluso recrearán los sonidos del timbre de la calle o del teléfono.

Se cree que, en un entorno doméstico, estas aves pueden usar la habilidad de repetir sonidos humanos como una acción de estímulo-respuesta, es decir, estos animales perciben un refuerzo positivo que obtienen mediente comida o atención.

Los loros son animales muy inteligentes y basta con que dediques tiempo a observarlos para darte cuenta de ello. De todos modos, entiendan o no lo que dicen, en un par de años pueden aprender entre 200 y 250 palabras que son capaces de utilizar en los momentos apropiados.

Parte de: https://misanimales.com/

La mariposa azul


Cuenta una leyenda que hace muchos años, un hombre enviudó y quedó a cargo de sus dos hijas. Las dos niñas eran muy curiosas, inteligentes y siempre tenían ansias de aprender. Constantemente invadían a preguntas a su padre, para satisfacer su hambre de querer saber. A veces, su padre podía responderles sabiamente, sin embargo, las preguntas de sus hijas le impedían darles una respuesta correcta o que convenciera a las pequeñas.

Viendo la inquietud de las dos niñas, decidió enviarlas de vacaciones a convivir y aprender con un sabio, que vivía en lo alto de una colina. El sabio era capaz de responder a todas las preguntas que las pequeñas le planteaban sin ni siquiera dudar. Sin embargo, las dos hermanas decidieron hacerle una picara trampa al sabio, para medir su sabiduría.

Una noche, ambas comenzaron a idear un plan: proponerle al sabio una pregunta que éste no fuera capaz de responder.

– ¿Cómo podremos engañar al sabio? ¿Qué pregunta podríamos hacerle que no sea capaz de responder? – preguntó la hermana pequeña a la más mayor.

-Espera aquí, enseguida te lo mostraré -indicó la mayor.

La hermana mayor salió al monte y regresó al cabo de una hora. Tenía su delantal cerrado a modo de saco, escondiendo algo.

-¿Qué tienes ahí? -preguntó la hermana pequeña.

La hermana mayor metió su mano en el delantal y le mostró a la niña una hermosa mariposa azul.

-¡Qué belleza! ¿Qué vas a hacer con ella?

-Esta será nuestra arma para hacer la pregunta trampa al maestro. Iremos en su busca y esconderé esta mariposa en mi mano. Entonces le preguntaré si la mariposa que está en mi mano está viva o muerta. Si él responde que está viva, apretaré mi mano y la mataré. Si responde que está muerta, la dejaré libre. Por lo tanto, conteste lo que conteste, su respuesta será siempre errónea.

Aceptando la propuesta de la hermana mayor, ambas niñas fueron a buscar al sabio.

-Sabio -dijo la mayor -. ¿Podría indicarnos si la mariposa que llevo en mi mano está viva o está muerta?

A lo que el sabio, con una sonrisa pícara, le contestó: “Depende de ti, ella está en tus manos”.

Leyenda japonesa

La primera vuelta al mundo


Tal día como hoy, un 10 de agosto pero en el año 1519, el portugués Fernando de Magallanes, partía del Puerto de Sevilla, en concreto del Muelle de las Mulas, descendió por el Guadalquivir hasta llegar a su desembocadura, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) con la intención de abrir una nueva ruta hacia Oriente y llegar a las islas de las Especias, buscando un paso entre el océano Altlántico y el Pacífico.

La expedición estaba formada por 5 naves y 250 hombres: la Trinidad, nave capitana al mando de Magallanes, la Concepción, capitaneada por Gaspar de Quezada y con Juan Sebastián Elcano como contramaestre, la San Antonio, mandada por Juan de Cartagena, la Santiago, con Juan Serrano a la cabeza, y laVictoria, dirigida por Luis de Mendoza. Tras pasar por las Canarias se dirigió hacia Sudamérica, viajando hacia el sur y buscando el paso hacia el otro lado del continente.

El 31 de marzo de 1520, los marineros llegaron a la bahía de San Julián, en la Patagonia argentina donde Magallanes ordenó el desembarco para invernar durante cinco meses, allí se encontraron con un invierno durísimo que ocasionó muchos problemas entre los hombres, hasta tal punto hubo un motín en el que Juan de Cartagena y Luís de Mendoza, entre otros, se revelaron y se perdieron dos de las naves que formaban la expedición. Allí conocieron a …

Sólo volvió una de las cinco naves ¿cuál fue?.

A partir de ahora creo que debeis leer el comic que ha publicado el Ministerio español de Defensa para conmemorar los 500 años de la primera vuelta al mundo comenzada por Magallanes y finalizada por Juan Sebastián Elcano. Pinchad sobre la imagen para descargarlo:

La primera vuelta al mundo