Las dos hermanas


Hace mucho tiempo, el apuesto guerrero Wakontas, hijo de un poderoso espíritu de la Wampanoagregión de los Grandes Lagos, deseaba casarse con alguna muchacha de la zona y decidió viajar por los poblados, armado con su carcaj y sus flechas.

Un día llegó a un poblado cercano al lago Michigan, en el territorio de los Algonquinos, donde vivían dos hermanas, Omemee y Misticoode, tan bellas e inteligentes que se enamoró perdidamente de ambas.

Wakontas no podía saber por su aspecto que eran completamente diferentes. Mientras la primera era amable, dulce y bondadosa, la otra era orgullosa y egoísta.

-¿Qué puedo hacer para escoger a una de las dos? -se preguntaba una y otra vez.

Finalmente resolvió ponerlas a prueba antes de tomar una decisión, y anunció que saldría de caza con los demás hombres de la tribu. Una vez en el bosque, lejos de las miradas de todos, se transformó en un pobre anciano, regresó al poblado y se mantuvo a la espera de que las dos jóvenes se quedaran solas.

Anciano indio nativo | Tiempo de NadaCuando vio que la madre y las dos hermanas pequeñas enfilaban el camino del río, entró en su wigwam. Las dos jóvenes estaban charlando animadamente y se sorprendieron ante la aparición del viejo indio andrajoso.

-No temáis -dijo-. Os suplico que me ayudéis. Soy viejo y estoy cansado y hambriento.

-¡Fuera! ¡Largo de aquí! -dijo Misticoosis  enfurecida, y se dispuso a echarlo a empujones.

-¡Déjalo! -Le sujetó el brazo Omemee-. ¿No te das cuenta de que está enfermo?

Entonces, la bondadosa muchacha, tomó al viejo de la mano y lo condujo a su lado del wigwam, lo hizo sentar encima de una piel de búfalo y preparó el fuego. Puso a cocer un trozo de carne, y cuando estuvo lista, vertió el caldo en un cazo y la carne en un plato y se lo ofreció para que calmara su hambre y su sed.

-No sé cómo agradecerte lo que has hecho -dijo el hombre cuando terminó, dispuesto a marcharse.

-Me ha alegrado ayudarte -repuso Omemee, y al ver sus gastados mocasines, añadió-: ¡Espera!

Buscó en la bolsa en la que guardaba sus labores y sacó unos mocasines primorosamente bordados que entregó al anciano.

-¡Mira que eres necia! – le increpó su hermana que no había dejado de refunfuñar al ver con cuánta amabilidad trataba Omemee al forastero -. Opino que los viejos que ya no sirven para nada deberían ser abandonados en las montañas.

Poco después, Misticoosis se dispuso a arreglarse para estar lo más hermosa posible ante la inminente llegada de los cazadores, pues quería agradar al apuesto guerrero que las había cortejado y que parecía dispuesto a casarse con una de las dos.

Por su parte, Omemee, preocupada por su padre y sus hermanos, que llegarían cansados de la cacería y estarían hambrientos, y por su madre y sus hermanas, que habían ido al río a lavar, se dispuso a preparar la cena.

Tampoco ella dejaba de pensar en el guapo muchacho que le había hecho la corte, pero aparte de peinarse y asearse para recibirlos a todos, no dejó de lado sus obligaciones para con su familia.  No se atrevió a pedir ayuda a su hermana, todavía resentida con ella por haber ayudado al anciano mendigo, y demasiado ocupada en acicalarse.

Apenas había terminado de cocinar, oyó las conversaciones alegres de sus hermanos y su padre que se acercaban, así como los gritos alborozados de sus hermanas pequeñas que corrían a su encuentro.

Omemee y Misticoosis salieron del wigwam a recibirlos, la primera con la cara arrebolada por haber permanecido cerca del fuego y la segunda, bellísima y emperifollada con sus mejores galas. Ante su sorpresa, el apuesto indio que les había robado el corazón a las dos por igual, caminaba junto a su familia.

Las dos hermanas abrieron los ojos de par en par al observar que el joven calzaba el par de mocasines primorosamente bordados por Omemee. Antes de que pudieran abrir la boca, levantó la mano y dijo:

– Hace unas horas, me presenté en vuestro wigwam como un viejo harapiento. Pedía ayuda y Misticoosis solo tuvo palabras hirientes para mí y para los viejos en general. Por el contrario, la bondadosa Omemee sintió piedad, me hizo sentar en unas pieles de búfalo para que descansaran mis piernas, preparó un buen fuego para que me calentara y me dio comida y bebida. Mientras Misticoosis no paraba de refunfuñar, su excelente hermana me entregó estos hermosos mocasines.

Todo en mundo guardaba un silencio expectante, por lo que el guerreo prosiguió:

– He tomado una decisión. Al principio, al contemplar a las dos hermanas y ser consciente de su belleza e inteligencia, dudaba sobre cuál de ellas elegir como esposa y compañera. Las puse a prueba y ahora sé que solamente una es completamente hermosa.

Misticoosis se adelantó, segura de que su belleza era capaz de seducir al joven, pero él la detuvo con un gesto.

-Te convertirás en un álamo para que nadie tenga que soportar tu lengua viperina. Tus hojas dentadas no encontrarán descanso ni siquiera cuando cese de soplar la más leve brisa.

Mientras hablaban Misticoosis, llena de sorpresa y vergüenza, notó que no se podía mover: estaba enraizada en la tierra, y poco a poco fue convirtiéndose en un álamo.

– Soy  Wakontas -dijo entonces el cazador, dirigiéndose  a Omemee y abriendo los brazos-, y tú eres la elegida por mi corazón.

Ella dio un salto y se fundieron en un abrazo.

-Ahora partiremos hacia mi país.

En aquel momento, los dos jóvenes se transformaron en palomas, emprendieron el vuelo y se alejaron en el aire hacia el desconocido hogar de Wakontas, en el país del sol perpetuo.

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Cuento tradicional del Lago Míchigan 

Hans Christian Andersen


Hans Christian Anderser fue un escritor danés nacido en Odense en 1805 y fallecido en Copenhague en 1875. Escribió libros de poemas, novelas y piezas para el teatro pero es famoso por sus cuentos de hadas publicados entre 1835 y 1872. Andersen es el primer gran clásico de la literatura infantil.

Su familia era tan pobre que en ocasiones tuvo que dormir bajo un puente y mendigar. Fue hijo de un zapatero de veintidós años, instruido pero enfermizo, y de una lavandera. Andersen dedicó a su madre el cuento La vendedora de fósforos”, por su extrema pobreza, así como “No sirve para nada”, que puedes oir en este audiolibro:

Desde muy pequeño, Hans Christian mostró una gran imaginación que fue alentada por sus padres. En 1816 murió su padre y Andersen dejó de asistir a la escuela; se dedicó a leer todas las obras que podía conseguir, entre ellas las de Ludwig Holberg y William Shakespeare.

En 1819, a los catorce años, Hans Christian Andersen viajó a Copenhague en busca de fortuna  aunque su escasa formación intelectual obstaculizó seriamente su propósito de ser cantante de ópera, actor o por lo menos bailarín, y tampoco tuvo más suerte con sus primeras tentativas poéticas.

Pero fue afortunado y con la ayuda de algunas personas adineradas que le consiguieron becas,  logró cursar estudios regulares, obteniendo en 1828 el título de bachiller. Un año antes se había dado a conocer con su poema “El niño moribundo”, que reflejaba el tono romántico de los grandes poetas de la época, en especial los alemanes.

En 1829, publicó “Un paseo desde el canal de Holmen a la punta de Este de la isla de Amager”. Y su primera obra de teatro, “El amor en la torre de San Nicolás”.

En 1831 publicó el poemario “Fantasías y esbozos”.

En 1833, viajó por Europa, gracias a una beca real.

En 1835, publicó su primera novela “El Improvisador” y en literatura infantil, el primer fascículo de los “Cuentos contados a los niños”, que incluye  La sirenita”, “La pequeña vendedora de fósforos”, Las zapatillas rojas” , El patito feo”,  El traje nuevo del emperador”, La princesa y el guisante”, “La Reina de las Nieves”, y un largo etc. algunos de los cuales podréis ir leyendo en este blog. Las obras infantiles, aunque no fueron su predilección le dieron su máximo prestigio, y se publicaron hasta 1872.

Monumento a H. C. Andersen en Málaga (España)

Un momento importantísimo en la vida de Hans fue conocer al gran Charles Dickens, el famoso autor británico de Oliver TwistCuento de Navidad o Historia de Dos Ciudades. Dickens era un escritor muy respetado en ese momento, y Andersen estaba fascinado con él. Afortunadamente, Dickens llegó a sentir la misma admiración por él, aunque terminarían alejándose con el tiempo por problemas familiares.

En 1866 fue nombrado Consejero de Estado por el rey de Dinamarca y en 1867 fue declarado Ciudadano ilustre de su ciudad natal.

 

Parte de: https://www.biografiasyvidas.com

La partida de ajedrez


Hubo una vez un joven que visitó un viejo monasterio zen lleno de ilusión. Quería ver al abad para preguntarle si conocía algún método fácil para despertar su espíritu, ya que siempre que intentaba meditar, se distraía por las cosas que lo rodeaban.

El abad lo miró un momento y luego le hizo un par de preguntas:

—No hay nada en especial, mi familia me heredó una gran fortuna y por eso no tengo que trabajar. Mi pasión es el ajedrez, ¡podría pasarme horas jugando!

En ese momento, el abad habló a uno de sus asistentes para que le llevara un tablero de ajedrez. Luego le ordenó sentarse frente al joven, pues sería su oponente en la partida. A continuación desenvainó una afilada espada.

—Cuando entraste aquí, tomaste un voto de obediencia conmigo —le dijo a su discípulo—, ahora te necesito. Vas a jugar al ajedrez con este muchacho y si pierdes, te voy a cortar la cabeza. Si ganas se la cortaré a él. Bien merecido se lo tendría, si el ajedrez es lo único que le ha importado en la vida.

El juego comenzó.

El joven estaba nervioso, las manos le temblaban ligeramente y el sudor corría por su rostro; saber que de esa partida dependía su vida lo angustiaba. El tablero de ajedrez se había vuelto su mundo, jamás había estado tan concentrado. Observó las piezas de su adversario e hizo una jugada contundente, estaba a punto de obtener la victoria. Alzó los ojos y lo miró. Su semblante era sereno y estaba lleno de sinceridad, de perseverancia y sacrificio por los años pasados en el monasterio.

Pensó entonces en su propia vida, llena de lujos y comodidades, pero desprovista de propósito. Y luego sintió compasión por el hombre frente a él.

A propósito, cometió un error en el ajedrez. Luego otro y después otro más. Hasta que llegó el momento en el que no podía hacer nada para defenderse de los movimientos de su oponente. Iba a perder…

El abad alzó la espada y lanzó el tablero al suelo, ante la mirada atónita de los adversarios.

—Nadie gana ni pierde —dijo—, ninguna cabeza va a rodar hoy —se volvió hacia el joven y siguió hablando—, solo hay dos cosas necesarias para despertar el espíritu de una persona: concentración absoluta y compasión. Hoy aprendiste ambas. A pesar de que te concentraste con toda tu alma en el juego, fuiste capaz de sentir compasión por tu oponente hasta el punto de querer sacrificar tu vida por la de él. Quédate en el monasterio y, si estás dispuesto a aprender, un día llegarás a la iluminación.

El joven tomó el consejo del abad y se convirtió en su discípulo. Aprendió a ser sabio, pero sobre todo, a ser bondadoso y compasivo. Finalmente tenía un propósito en la vida.

Moraleja:

Nuestras vidas tienen sentido cuando hacemos algo bueno por los demás.

De: https://xn--cuentoscortosparanios-ubc.org/

La niña de nieve


Sentada en el rincón de la chimenea, la anciana suspiraba quedamente mientras revolvía la sopa: nunca se había sentido tan triste.

Muchos, muchos años habían pasado y habían dejado el peso de los inviernos sobre sus hombros y habían encanecido sus cabellos sin traerle siquiera un hijito. Tanto a ella como a su viejo y querido esposo les apenaba su falta, porque fuera había muchos niños jugando en la nieve.

Les resultaba duro aceptar que ninguno fuera en verdad el suyo. Pero, ¡ay!, ahora ya no les quedaban esperanzas de obtener tal bendición.

No verían nunca un gorrito de piel colgado de la repisa de la chimenea, ni dos zapatillas secándose junto al fuego.

El anciano trajo un haz de leña y se sentó. Luego, mientras oía a los niños reírse y batir palmas, miró por la ventana. Allí estaban, bailando alegremente alrededor del muñeco de nieve que acababan de hacer.

Se sonrió al ver el evidente parecido que el muñeco tenía con el alcalde del pueblo, tan gordo y pomposo era.

-Mira, Marusha -le dijo a su mujer-. Ven a ver el muñeco que han hecho.

Juntos ante la ventana, se rieron al ver cuánto se divertían los niños. De repente, el anciano se volvió hacia Marusha con una brillante idea.

-Salgamos a ver si nosotros también podemos hacer un muñequito de nieve.

Pero la anciana se rió de él.

-¿Qué dirían los vecinos?

Se burlarían de nosotros, seríamos el hazmerreír del pueblo. Ya somos demasiado viejos para jugar como niños.

-Sólo uno pequeño, Marusha, solamente un muñeco pequeñín. Yo me ocuparé de que nadie nos vea.

-De acuerdo, de acuerdo –dijo ella riéndose-, haremos lo que quieras, Youshko, como siempre.

Dicho esto, apartó la olla del fuego, se puso un gorro y salieron. Al pasar junto a los niños, se detuvieron y se quedaron jugando un momento con ellos, porque ahora ellos también se sentían casi como niños.

Luego avanzaron con dificultad por la nieve hasta llegar a un bosquecillo; y, detrás de él, allí donde la nieve era blanca y hermosa y nadie podía verlos, se sentaron a hacer el muñeco.Resultado de imagen de Cuento la niña de nieve

Youshko se empeñó en que debía ser muy pequeño y su mujer estuvo de acuerdo en que debía tener casi el tamaño de un recién nacido.

Arrodillados en la nieve, modelaron el cuerpecito en un abrir y cerrar de ojos. Ahora únicamente les faltaba la cabeza para finalizar.

Dos gordas bolas de nieve formaron las mejillas y el rostro, y una muy grande la cabeza. Luego colocaron un puñado para la nariz e hicieron dos agujeros, uno a cada lado, a modo de ojos.

No bien estuvo terminado, retrocedieron para mirarlo, riéndose y aplaudiendo como dos niños.
De pronto, se detuvieron. ¿Qué había ocurrido? ¡Algo muy extraño, por cierto!. Allí donde estaban los agujeros, vieron dos melancólicos ojos azules que lesmiraban.

Luego, el rostro del pequeño muñeco dejó de ser blanco. Las mejillas se volvieron redondas, tersas y brillantes, y dos labios rosados comenzaron a sonreírles.

Un soplo de viento barrió la nieve de la cabeza, transformándola en unos bucles muy rubios que escapaban de un blanco gorro de piel y caían sobre sus hombros.

Al mismo tiempo, un poco de nieve, resbalando por el cuerpecito, cayó y tomó la forma de una bonita prenda blanca.

Luego, de repente y antes de que pudieran reaccionar, el muñeco se había convertido en la más bella niñita que jamás hubieran visto.

Se miraron el uno al otro de soslayo e, incrédulos, se rascaron la cabeza.

Pero aquello era tan real como la vida misma. Allí ante ellos estaba de pie la niña, toda de rosa y blanco. Estaba viva de verdad, pues corrió hacia ellos. Y cuando se agacharon para alzarla, puso un brazo alrededor del cuello de la anciana y con el otro cogió el del anciano y les dio a cada uno un beso y un abrazo.

Rieron y lloraron de felicidad y, luego, recordando súbitamente cuán reales pueden parecer algunos sueños, se pellizcaron el uno al otro.

Aun así no se creyeron seguros, pues los pellizcos podían ser parte del sueño. Y, ante el temor de despertarse y que se rompiera el encanto, arroparon rápidamente a la pequeña y emprendieron el regreso a casa.

Por el camino encontraron a los niños, que todavía jugaban con su muñeco; las bolas de nieve que les lanzaron por detrás eran muy reales, pero, aun así, también podían haber sido parte del sueño.

Aunque cuando estuvieron dentro de la casa y vieron la chimenea, la olla de sopa junto al fuego, el haz de leña a un costado y todo tal cual lo habían dejado, se miraron con lágrimas en los ojos y ya no volvieron a temer que todo aquello fuera un sueño.

De pronto, allí estaban el gorrito blanco de piel colgando de la repisa de la chimenea y los zapatitos secándose al calor del fuego, mientras la anciana cogía a la niña en su regazo y le cantaba suavemente una nana.

El anciano puso la mano sobre el hombro de su esposa y ella alzó la vista.Resultado de imagen de Cuento la niña de nieve

-¡Marusha!

-¡Youshko!

-¡Al fin tenemos una niñita! La sacamos de la nieve, así que la llamaremos Snegorotchka.

La anciana asintió con la cabeza y luego se besaron. Cuando terminaron de cenar se fueron a la cama seguros de que, por la mañana temprano, encontrarían a la niña todavía con ellos. Y no se equivocaron.

Allí estaba, de pie entre los dos, parloteando y riéndose. Pero había crecido y su cabello era ahora dos veces más largo que la noche anterior.

Cuando ella los llamó «papá» y «mamá», sintieron un placer tan grande como si fueran jóvenes y estuvieran bailando ágilmente; pero, en lugar de bailar, se abrazaron y lloraron de alegría.

Aquel día lo celebraron con un gran banquete. Marusha estuvo ocupada toda la mañana cocinando todo tipo de delicias, mientras su marido daba vueltas por el pueblo para reunir a los violinistas.

Todos los niños y las niñas del lugar fueron invitados; comieron, cantaron, bailaron y se divirtieron hasta el amanecer. Mientras volvían a casa, las niñas hablaban de lo bien que lo habían pasado, pero los niños estaban muy silenciosos; pensaban en la bella Snegorotchka, con sus ojos azules y sus dorados cabellos.

Después de aquel día la pequeña de Marusha y Youshko jugó con los otros niños y les enseñaba cómo hacer castillos y palacios de nieve con salones de mármol, tronos y hermosas fuentes. Parecía que con la nieve y sus finos dedos podía hacer todo lo que quisiera, como si se construyese ella misma.

Todos estaban encantados, y, sobre todo, cuando les enseñaba cómo bailaban los copos de nieve, primero con enérgicos remolinos y luego suave y delicadamente, ninguno podía pensaren ninguna otra cosa que en la Niña de Nieve.

Era la pequeña reina mágica de los niños, la alegría de los mayores y la luz de las vidas de Marusha y Youshko.

Pero ya se iban terminando los meses de invierno. Con pasos suaves y firmes se retiraban de las cumbres de las montañas y se perdían detrás del horizonte. La tierra comenzaba a cubrirse de verde, los árboles vestían su desnudez y los pájaros del año anterior cantaban las canciones de este año.

Las flores tempranas derramaban su aroma en la brisa y una ráfaga de aire cálido acariciaba las mejillas y alentaba una grata promesa en el aire. Los bosques, los prados y las fuentes estaban inquietos y conmovidos y un nuevo espíritu todo lo envolvía:

“Era como si la Primavera, amarrada durante el largo invierno, quisiese pegar el estirón definitivo para poder expandirse libre.”

Una tarde, Marusha, sentada en el rincón de la chimenea, mientras revolvía la sopa, cantaba una canción, pues nunca se había sentido tan llena de felicidad.

El anciano Youshko acababa de traer un haz de leña que dejó en el suelo. Todo parecía igual que aquella tarde de invierno cuando vieron a los niños bailando alrededor del muñeco de nieve; pero lo que hacía que ahora todo fuera diferente era Snegorotchka, la luz de sus ojos, que, sentada junto a la ventana, contemplaba la verde hierba y el follaje de los árboles.

Youshko, que la estaba mirando, se dio cuenta de que su rostro estaba pálido y sus ojos tenían un tono menos azul de lo habitual.

-¿No te sientes bien, pequeña? -le preguntó.
-No, padre -respondió con tristeza-. ¡Ay, añoro tanto la blanca nieve!

La hierba verde no es ni la mitad de bonita. Me gustaría que la nieve llegase otra vez.

-Pues ¡claro que sí! La nieve llegará nuevamente -contestó el anciano-. ¿Acaso no te gustan las hojas de los árboles y las flores?

-No son tan bonitas como la pura nieve blanca -y la niña tembló.

Al día siguiente ella tenía un aspecto tan triste y estaba tan pálida que sus padres se asustaron y se dirigieron una mirada de inquietud.

-¿Qué le pasa a la niña? -dijo Marusha.

Youshko movió la cabeza mirando alternativamente a Snegorotchka y al fuego.

-Hija mía -dijo al fin-, ¿Por qué no sales a jugar con los demás niños? Están todos divirtiéndose en el bosque; pero he notado que ahora nunca juegas con ellos. ¿Por qué, querida mía?

-Padre, no lo sé, pero mi corazón parece que se convierte en agua cuando el suave y tibio viento me trae el perfume de las flores.

-Nosotros iremos contigo, hija mía -dijo el anciano-, pondré mi brazo sobre ti y te protegeré del viento. Ven, te mostraremos todas las bellas flores del campo, te diremos sus nombres y tú acabarás amándolas..

Marusha retiró la olla del fuego y los tres juntos salieron de casa. Youshko rodeó a la niña con su brazo para protegerla del viento, pero no habían ido muy lejos cuando el cálido perfume de las flores llegó hasta ellos flotando en la brisa, y la Niña de Nieve tembló como una hoja. Los ancianos la besaron y consolaron y se dirigieron al campo, al lugar donde crecían las flores más bonitas.

De repente, mientras atravesaban un bosquecillo de grandes árboles, un brillante rayo de sol se cruzó como un dardo y Snegorotchka se puso la mano sobre los ojos y lanzó un grito de dolor.

Se detuvieron y la miraron. Por un momento, mientras se desmayaba en brazos del anciano, sus ojos se encontraron con los suyos. Y por su rostro se deslizaban lágrimas que, al caer, brillaban a la luz del sol.

Y comenzó a volverse más y más pequeña, hasta que al fin todo lo que quedó de Snegorotchka -Niña de Nieve, Nievecita– era una gota de rocío brillando sobre la hierba, una lágrima que había caído en la corola de una flor. Youshko la recogió con delicadez y, sin decir palabra, se la ofreció a Marusha.

En ese preciso momento los dos ancianos, Marusha y Youshko, comprendieron que su pequeña y querida niña estaba hecha simplemente de nieve y se había derretido al calor del sol.

Cuento popular Ucrania

La primera vuelta al mundo


Tal día como hoy, un 10 de agosto pero en el año 1519, el portugués Fernando de Magallanes, partía del Puerto de Sevilla, en concreto del Muelle de las Mulas, descendió por el Guadalquivir hasta llegar a su desembocadura, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) con la intención de abrir una nueva ruta hacia Oriente y llegar a las islas de las Especias, buscando un paso entre el océano Altlántico y el Pacífico.

La expedición estaba formada por 5 naves y 250 hombres: la Trinidad, nave capitana al mando de Magallanes, la Concepción, capitaneada por Gaspar de Quezada y con Juan Sebastián Elcano como contramaestre, la San Antonio, mandada por Juan de Cartagena, la Santiago, con Juan Serrano a la cabeza, y laVictoria, dirigida por Luis de Mendoza. Tras pasar por las Canarias se dirigió hacia Sudamérica, viajando hacia el sur y buscando el paso hacia el otro lado del continente.

El 31 de marzo de 1520, los marineros llegaron a la bahía de San Julián, en la Patagonia argentina donde Magallanes ordenó el desembarco para invernar durante cinco meses, allí se encontraron con un invierno durísimo que ocasionó muchos problemas entre los hombres, hasta tal punto hubo un motín en el que Juan de Cartagena y Luís de Mendoza, entre otros, se revelaron y se perdieron dos de las naves que formaban la expedición. Allí conocieron a …

Sólo volvió una de las cinco naves ¿cuál fue?.

A partir de ahora creo que debeis leer el comic que ha publicado el Ministerio español de Defensa para conmemorar los 500 años de la primera vuelta al mundo comenzada por Magallanes y finalizada por Juan Sebastián Elcano. Pinchad sobre la imagen para descargarlo:

La primera vuelta al mundo

 

Los cuatro amigos


Esta historia de la India se explica a los niños de la región de Panchatantra y muestra como estos animales, que en principio deberían ser enemigos, se ayudaban entre ellos para luchar contra su peor enemigo -los cazadores-.

Érase una vez cuatro amigos muy distintos, un ratón, un cuervo, un ciervo, y una tortuga,  que vivían en el medio del bosque. Aunque eran muy diferentes, eran muy amigos y todos se ayudaban entre ellos cuando lo necesitaban. Un buen día, el ratón, el cuervo y el ciervo estaban hablando tranquilamente debajo de un árbol cuando de repente escucharon un grito. ¡Era su amigo, la tortuga! ¡Y estaba atrapada en la red de un cazador!.

–  “¡Uh oh!” “¡Uh oh!” -exclamó el ciervo con temor, “¿qué hacemos ahora?” , preguntó con preocupación.

–  “No te desesperes”, dijo el ratón, “tengo un plan”.

Y explicó a todos sus amigos su plan para salvar del cazador a su amigo tortuga. A todos los amigos les pareció genial y rápidamente se pusieron en marcha.
Primero, el ciervo corrió hacia el cazador, que miraba la tortuga atrapada en la red. Muy rápido, sin que se diera cuenta, el ciervo se estiró en medio del bosque, como si estuviera muerto. Entonces, el cuervo, bajó a toda velocidad e hizo ver que picoteaba el ciervo. El cazador se acercó a ver que pasaba, pero el cuervo movía mucho las alas y no le dejaba ver nada.

El cazador se puso nervioso, y después de un momento consiguió ver lo que había.
– “¡Que suerte! ¡Aquí hay un ciervo, todo listo para mí!”, exclamó.

Entonces se dirigió al ciervo para recogerlo, llevarlo a su casa y comerlo para cenar. Pero el cuervo no se lo puso fácil y no paraba de batir las alas para hacer más difícil el trabajo del cazador.

En ese momento, muy sigilosamente, el ratón se acercó a la tortuga, que seguía atrapada en la red y empezó a masticar las cuerdas para salvar a su amigo. Así la tortuga consiguió escapar con su amigo el ratón mientras el cazador estaba distraído mirando el ciervo.
Cuando el cuervo se dio cuenta de que la tortuga ya era libre se fue volando y el ciervo se levantó y corrió. El cazador se quedó atónito y decidió volver a ver a la tortuga, pero la tortuga se había escapado!

– “Si yo no hubiera sido tan codicioso”, pensó.

Entonces los cuatro amigos se reunieron de nuevo bajo el árbol, y no pudieron parar de reír recordando cómo engañaron al cazador entre todos, gracias al poder y la bondad de la amistad.

De: https://www.casaasia.es/

Un videojuego para valientes (para la moderación)


Adrián era el rey de los videojuegos, el más rápido con un tablet en la mano. Pasaba horas ante la pantalla, y esperaba las vacaciones para poder probar su nuevo juego. Según decían, su último nivel era el mejor que se había hecho nunca y, tras pasar días jugando, consiguió alcanzarlo. Al momento, luces y sonidos de fiesta lo rodearon, una niebla blanca lo cubrió todo y, en mitad del espectáculo… ¡el tablet tomó vida y se lo tragó!

Cuando se recuperó, Adrián estaba dentro del videojuego, y usaba su tablet para moverse a sí mismo. Emocionado, esperaba enfrentarse a los peores rivales. Sin embargo, su primer rival era un muro de cristal que no hacía nada. Adrián tocó su tablet para destrozar el muro pero, nada más tocarlo, una fuerza invisible lo levantó por los aires y comenzó a aplastarlo una y otra vez contra el cristal. Adrián movía sus ágiles dedos sobre la superficie del tablet para liberarse, pero cuanto más lo intentaba, más golpes recibía. Él nunca se rendía, hasta que tras horas de golpes no pudo más y arrojó el tablet al suelo. Este se partió en mil pedazos, y al instante lo mismo ocurrió con el cristal. Sin el cristal, Adrián pudo descubrir una máquina para tratarlo como si fuera uno de sus propios dedos, programada simplemente para repetir sus movimientos.

– ¡Vaya!- se dijo – nunca había pensado lo mucho que hago sufrir a mis dedos mientras juego…

Dolorido y cansado, decidió seguir adelante. Al poco, quedó atrapado en una extraña pompa de jabón. La pompa voló hasta un lugar con mil luces brillantes, y allí se volvió loca, moviéndose sin control. Adrián disfrutó rebotando y dando vueltas en su interior, pero después empezó a cansarse. Al final, tantas luces y movimientos se le hicieron imposibles de aguantar. Cuando ya no pudo más, Adrián cerró los ojos y se puso a llorar. Entonces cesaron las luces, la pompa se inundó, y el agua lo arrastró fuera. Mientras se alejaba, Adrián pudo descubrir que aquella pompa era simplemente uno de sus propios ojos.

– ¡Vaya! – se dijo – nunca había pensado lo mucho que hago sufrir a mis ojos mientras juego…

Todavía secándose las lágrimas, Adrián llegó a un parque precioso, con columpios, toboganes y todo tipo de diversiones, en el que otros niños jugaban y lo invitaban a entrar.

-¿Dónde está la trampa? – preguntó.

– En que no puedes jugar solo – le respondieron – si te quedas solo, desapareces.

Adrián se unió al resto de niños. Jugaron tantísimo tiempo que se olvidó de todos sus dolores, y se hizo muy amigo de todos. Sin duda fue la mejor parte del videojuego.

– ¡Vaya! – se dijo en voz alta- nunca pensé que jugar en un parque pudiera ser tan divertido.

Nada más decir esas palabras, todo desapareció, y se oyó una gran voz.

– ¡Has ganado! ¡Has completado el último nivel! ¡Fuera de aquí!

Adrián salió disparado del tablet, yendo a caer de nuevo en el sillón de su casa. Había sido toda una aventura y tenía ganas de repetir. Pero entonces se acordó de sus sufridos dedos, de sus doloridos ojos, y de lo bien que se lo había pasado en el parque jugando con los otros niños… y prefirió llamar a sus amigos para salir un rato a jugar.

De: Pedro Pablo Sacristán