¿Por qué los índios llevan plumas?


Para los índios americanos las plumas simbolizan la confianza, el honor, la fuerza, la sabiduría, el poder, la libertad y mucho más. Recibir una pluma equivalía a ser elegido de entre el resto de miembros de la tribu.

Las más importantes, eran las plumas de águila americana o águila dorada ya que para ellos suponía el regalo más preciado caído del cielo. Los indios, creían que las plumas de águila eran un elemento sagrado ya que pensaban que estas aves eran enviadas de los dioses al volar tan cerca del cielo.Pinturas indias

Una vez recibida la pluma, debían cuidar de ella y se consideraba irrespetuoso para los dioses si se colocaban en un lugar no visible, por esa razón, comenzaron a usarse  para el pelo. Pero no sólo se las ponían en el pelo, ya que también las usaban como decoración en las casas creando los conocidos “Atrapa Sueños”.

No se les permitía llevar estas plumas en el pelo si no demostraban una hazaña ante el tribunal de la tribu. Entre estas hazañas, se encontraba por ejemplo, luchar contra un oso o traer comida después de una cacería. Una vez demostrada la valentía ante el tribunal, se les autorizaba a llevarlas. Normalmente, el que llevaba el mayor número de plumas, era el jefe. En la mayoría de tribus, los indios no usaban las plumas durante las batallas, sólo hacían uso de ellas durante las ceremonias.

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La niña de nieve


Sentada en el rincón de la chimenea, la anciana suspiraba quedamente mientras revolvía la sopa: nunca se había sentido tan triste.

Muchos, muchos años habían pasado y habían dejado el peso de los inviernos sobre sus hombros y habían encanecido sus cabellos sin traerle siquiera un hijito. Tanto a ella como a su viejo y querido esposo les apenaba su falta, porque fuera había muchos niños jugando en la nieve.

Les resultaba duro aceptar que ninguno fuera en verdad el suyo. Pero, ¡ay!, ahora ya no les quedaban esperanzas de obtener tal bendición.

No verían nunca un gorrito de piel colgado de la repisa de la chimenea, ni dos zapatillas secándose junto al fuego.

El anciano trajo un haz de leña y se sentó. Luego, mientras oía a los niños reírse y batir palmas, miró por la ventana. Allí estaban, bailando alegremente alrededor del muñeco de nieve que acababan de hacer.

Se sonrió al ver el evidente parecido que el muñeco tenía con el alcalde del pueblo, tan gordo y pomposo era.

-Mira, Marusha -le dijo a su mujer-. Ven a ver el muñeco que han hecho.

Juntos ante la ventana, se rieron al ver cuánto se divertían los niños. De repente, el anciano se volvió hacia Marusha con una brillante idea.

-Salgamos a ver si nosotros también podemos hacer un muñequito de nieve.

Pero la anciana se rió de él.

-¿Qué dirían los vecinos?

Se burlarían de nosotros, seríamos el hazmerreír del pueblo. Ya somos demasiado viejos para jugar como niños.

-Sólo uno pequeño, Marusha, solamente un muñeco pequeñín. Yo me ocuparé de que nadie nos vea.

-De acuerdo, de acuerdo –dijo ella riéndose-, haremos lo que quieras, Youshko, como siempre.

Dicho esto, apartó la olla del fuego, se puso un gorro y salieron. Al pasar junto a los niños, se detuvieron y se quedaron jugando un momento con ellos, porque ahora ellos también se sentían casi como niños.

Luego avanzaron con dificultad por la nieve hasta llegar a un bosquecillo; y, detrás de él, allí donde la nieve era blanca y hermosa y nadie podía verlos, se sentaron a hacer el muñeco.Resultado de imagen de Cuento la niña de nieve

Youshko se empeñó en que debía ser muy pequeño y su mujer estuvo de acuerdo en que debía tener casi el tamaño de un recién nacido.

Arrodillados en la nieve, modelaron el cuerpecito en un abrir y cerrar de ojos. Ahora únicamente les faltaba la cabeza para finalizar.

Dos gordas bolas de nieve formaron las mejillas y el rostro, y una muy grande la cabeza. Luego colocaron un puñado para la nariz e hicieron dos agujeros, uno a cada lado, a modo de ojos.

No bien estuvo terminado, retrocedieron para mirarlo, riéndose y aplaudiendo como dos niños.
De pronto, se detuvieron. ¿Qué había ocurrido? ¡Algo muy extraño, por cierto!. Allí donde estaban los agujeros, vieron dos melancólicos ojos azules que lesmiraban.

Luego, el rostro del pequeño muñeco dejó de ser blanco. Las mejillas se volvieron redondas, tersas y brillantes, y dos labios rosados comenzaron a sonreírles.

Un soplo de viento barrió la nieve de la cabeza, transformándola en unos bucles muy rubios que escapaban de un blanco gorro de piel y caían sobre sus hombros.

Al mismo tiempo, un poco de nieve, resbalando por el cuerpecito, cayó y tomó la forma de una bonita prenda blanca.

Luego, de repente y antes de que pudieran reaccionar, el muñeco se había convertido en la más bella niñita que jamás hubieran visto.

Se miraron el uno al otro de soslayo e, incrédulos, se rascaron la cabeza.

Pero aquello era tan real como la vida misma. Allí ante ellos estaba de pie la niña, toda de rosa y blanco. Estaba viva de verdad, pues corrió hacia ellos. Y cuando se agacharon para alzarla, puso un brazo alrededor del cuello de la anciana y con el otro cogió el del anciano y les dio a cada uno un beso y un abrazo.

Rieron y lloraron de felicidad y, luego, recordando súbitamente cuán reales pueden parecer algunos sueños, se pellizcaron el uno al otro.

Aun así no se creyeron seguros, pues los pellizcos podían ser parte del sueño. Y, ante el temor de despertarse y que se rompiera el encanto, arroparon rápidamente a la pequeña y emprendieron el regreso a casa.

Por el camino encontraron a los niños, que todavía jugaban con su muñeco; las bolas de nieve que les lanzaron por detrás eran muy reales, pero, aun así, también podían haber sido parte del sueño.

Aunque cuando estuvieron dentro de la casa y vieron la chimenea, la olla de sopa junto al fuego, el haz de leña a un costado y todo tal cual lo habían dejado, se miraron con lágrimas en los ojos y ya no volvieron a temer que todo aquello fuera un sueño.

De pronto, allí estaban el gorrito blanco de piel colgando de la repisa de la chimenea y los zapatitos secándose al calor del fuego, mientras la anciana cogía a la niña en su regazo y le cantaba suavemente una nana.

El anciano puso la mano sobre el hombro de su esposa y ella alzó la vista.Resultado de imagen de Cuento la niña de nieve

-¡Marusha!

-¡Youshko!

-¡Al fin tenemos una niñita! La sacamos de la nieve, así que la llamaremos Snegorotchka.

La anciana asintió con la cabeza y luego se besaron. Cuando terminaron de cenar se fueron a la cama seguros de que, por la mañana temprano, encontrarían a la niña todavía con ellos. Y no se equivocaron.

Allí estaba, de pie entre los dos, parloteando y riéndose. Pero había crecido y su cabello era ahora dos veces más largo que la noche anterior.

Cuando ella los llamó «papá» y «mamá», sintieron un placer tan grande como si fueran jóvenes y estuvieran bailando ágilmente; pero, en lugar de bailar, se abrazaron y lloraron de alegría.

Aquel día lo celebraron con un gran banquete. Marusha estuvo ocupada toda la mañana cocinando todo tipo de delicias, mientras su marido daba vueltas por el pueblo para reunir a los violinistas.

Todos los niños y las niñas del lugar fueron invitados; comieron, cantaron, bailaron y se divirtieron hasta el amanecer. Mientras volvían a casa, las niñas hablaban de lo bien que lo habían pasado, pero los niños estaban muy silenciosos; pensaban en la bella Snegorotchka, con sus ojos azules y sus dorados cabellos.

Después de aquel día la pequeña de Marusha y Youshko jugó con los otros niños y les enseñaba cómo hacer castillos y palacios de nieve con salones de mármol, tronos y hermosas fuentes. Parecía que con la nieve y sus finos dedos podía hacer todo lo que quisiera, como si se construyese ella misma.

Todos estaban encantados, y, sobre todo, cuando les enseñaba cómo bailaban los copos de nieve, primero con enérgicos remolinos y luego suave y delicadamente, ninguno podía pensaren ninguna otra cosa que en la Niña de Nieve.

Era la pequeña reina mágica de los niños, la alegría de los mayores y la luz de las vidas de Marusha y Youshko.

Pero ya se iban terminando los meses de invierno. Con pasos suaves y firmes se retiraban de las cumbres de las montañas y se perdían detrás del horizonte. La tierra comenzaba a cubrirse de verde, los árboles vestían su desnudez y los pájaros del año anterior cantaban las canciones de este año.

Las flores tempranas derramaban su aroma en la brisa y una ráfaga de aire cálido acariciaba las mejillas y alentaba una grata promesa en el aire. Los bosques, los prados y las fuentes estaban inquietos y conmovidos y un nuevo espíritu todo lo envolvía:

“Era como si la Primavera, amarrada durante el largo invierno, quisiese pegar el estirón definitivo para poder expandirse libre.”

Una tarde, Marusha, sentada en el rincón de la chimenea, mientras revolvía la sopa, cantaba una canción, pues nunca se había sentido tan llena de felicidad.

El anciano Youshko acababa de traer un haz de leña que dejó en el suelo. Todo parecía igual que aquella tarde de invierno cuando vieron a los niños bailando alrededor del muñeco de nieve; pero lo que hacía que ahora todo fuera diferente era Snegorotchka, la luz de sus ojos, que, sentada junto a la ventana, contemplaba la verde hierba y el follaje de los árboles.

Youshko, que la estaba mirando, se dio cuenta de que su rostro estaba pálido y sus ojos tenían un tono menos azul de lo habitual.

-¿No te sientes bien, pequeña? -le preguntó.
-No, padre -respondió con tristeza-. ¡Ay, añoro tanto la blanca nieve!

La hierba verde no es ni la mitad de bonita. Me gustaría que la nieve llegase otra vez.

-Pues ¡claro que sí! La nieve llegará nuevamente -contestó el anciano-. ¿Acaso no te gustan las hojas de los árboles y las flores?

-No son tan bonitas como la pura nieve blanca -y la niña tembló.

Al día siguiente ella tenía un aspecto tan triste y estaba tan pálida que sus padres se asustaron y se dirigieron una mirada de inquietud.

-¿Qué le pasa a la niña? -dijo Marusha.

Youshko movió la cabeza mirando alternativamente a Snegorotchka y al fuego.

-Hija mía -dijo al fin-, ¿Por qué no sales a jugar con los demás niños? Están todos divirtiéndose en el bosque; pero he notado que ahora nunca juegas con ellos. ¿Por qué, querida mía?

-Padre, no lo sé, pero mi corazón parece que se convierte en agua cuando el suave y tibio viento me trae el perfume de las flores.

-Nosotros iremos contigo, hija mía -dijo el anciano-, pondré mi brazo sobre ti y te protegeré del viento. Ven, te mostraremos todas las bellas flores del campo, te diremos sus nombres y tú acabarás amándolas..

Marusha retiró la olla del fuego y los tres juntos salieron de casa. Youshko rodeó a la niña con su brazo para protegerla del viento, pero no habían ido muy lejos cuando el cálido perfume de las flores llegó hasta ellos flotando en la brisa, y la Niña de Nieve tembló como una hoja. Los ancianos la besaron y consolaron y se dirigieron al campo, al lugar donde crecían las flores más bonitas.

De repente, mientras atravesaban un bosquecillo de grandes árboles, un brillante rayo de sol se cruzó como un dardo y Snegorotchka se puso la mano sobre los ojos y lanzó un grito de dolor.

Se detuvieron y la miraron. Por un momento, mientras se desmayaba en brazos del anciano, sus ojos se encontraron con los suyos. Y por su rostro se deslizaban lágrimas que, al caer, brillaban a la luz del sol.

Y comenzó a volverse más y más pequeña, hasta que al fin todo lo que quedó de Snegorotchka -Niña de Nieve, Nievecita– era una gota de rocío brillando sobre la hierba, una lágrima que había caído en la corola de una flor. Youshko la recogió con delicadez y, sin decir palabra, se la ofreció a Marusha.

En ese preciso momento los dos ancianos, Marusha y Youshko, comprendieron que su pequeña y querida niña estaba hecha simplemente de nieve y se había derretido al calor del sol.

Cuento popular Ucrania

Babushka


Babushka tenía la casa más limpia, pulcra y mejor conservada de todo el pueblo. Su jardín era hermosísimo; la cocina, algo nunca visto. Desde que salía el sol hasta que se ocultaba en el poniente, Babushka no hacía más que limpiar, sacar brillo y ordenar.

Tal es la razón de que no viera una luminosa estrella que fulgió en la noche. Ni vio las temblorosas luces que avanzaban hacia el pueblo. Ni percibió el sonido de las zampoñas, tambores y campanas, que cada vez era más fuerte. Tampoco oyó las voces y murmullos de sus vecinos. Pero cuando llamaron a su puerta, eso no pudo dejar de oírlo. ‘
– «¿Quién es?», preguntó, entreabriendo el portal. Vio la cara de un pastor, con la nariz roja de frío y copos de nieve en la boina.
– «Por favor, ¿podemos calentarnos un poco en tu fuego,», pidió el pastor.

Babushka pensó en el brillo de sus suelos y en la tranquilidad rota, pero los dejó entrar. A los pastores se les saltaban los ojos al contemplar aquel pan casero y aquellos dulces, mermeladas y conservas de Babushka. Y ella, que tenía un corazón de oro, los agasajó con todos aquellos bienes.

– «¿Dónde vais?», preguntó mientras servía a unos y otros.
– «Seguimos una estrella. Nos lleva hacia un rey que acaba de nacer, el rey más grande de cuantos han nacido, el rey de cielo y tierra», respondió un pastor.
– «¿Por qué no vienes con nosotros?», dijo otro. “También tú le puedes llevar un regalo.»
– «No estoy segura de que me reciba bien», dijo Babushka… «Y… en cuanto al regalo… », hizo una pausa. Sus ojos se pusieron tristes: «Tengo un cajón lleno de juguetes», dijo con pena. “Mi niño, mi pequeño rey, se me murió cuando aún era muy pequeño.»

– «Entonces, ¿te vienes con nosotros?», insistieron los pastores.
– «Mañana, mañana», respondió Babushka con cierta desazón, «mañana». Los pastores salieron, y Babushka se puso a ordenar y limpiar. A la noche siguiente llegaron más pastores. «¿Estás preparada, Babushka?»
– «Mañana… voy mañana», respondió Babushka. «Os alcanzo mañana. Tengo que limpiar, buscar un regalo, prepararme… »
Sacaba brillo, quitaba el polvo, sacudía cojines y alfombras. Y así pasó otra noche.

Finalmente, se decidió: revolvió entre los juguetes de su niño. Pero, !Señor, cuánto polvo! Ciertamente no eran los que se merecía un niño rey de cielo y tierra; pero empezó a limpiarlos. Trabajó mucho. Uno a uno los juguetes fueron cobrando color y brillo. Al cabo de otro día, partió. Iba deprisa. Preguntaba a la gente si había visto a los pastores. «Sí, sí, los hemos visto; iban hacia allá», le respondían.

Pasaron los días. Babushka no se paraba nunca, ni de día ni de noche. Por fin, llegó a Belén. Preguntó por el Rey Niño. Sólo el dueño de una posada supo darle razón. «Si quieres ver dónde estaba el niño, busca un establo en lo alto de la colina. Aquí no teníamos sitio para él. Mi posada estaba llena», le dijo.
Babushka corrió por el sendero arriba. Cuando llegó a la cima, vio que en el establo no había nadie.
¿Creéis que se desanimó? ¡Ni pensarlo! Se dice que Babushka sigue buscando al Niño Jesús, porque el tiempo no significa nada para quien busca la verdad. Año tras año va de casa en casa preguntando: «¿Está aquí? ¿Está aquí el Niño Jesús?».
Y, particularmente en Navidad, cuando ve a un niño durmiendo y oye hablar de sus buenas acciones, toma un regalo de su cesto y se lo deja. !Nunca se sabe!…

Sabe muy bien que todo niño, aunque no sea el Niño Jesús, es siempre una esperanza para la humanidad. ¡Y un gran regalo de Dios!

(Leyenda rusa)

De: https://www.ciudadredonda.org/

El árbol de sal


Cuenta la leyenda que cuando Cotaá, el Dios del pueblo Mocoví (de Argentina), creó el mundo, quiso regalarle a los hombres una planta que sirviera de alimento.

Iobec Mapic

Miró y observó bien la tierra, después de mucho pensar, creó el Iobec Mapic, (árbol de sal), una especie de helecho gigante que parece una palmera. Lo esparció por las tierras donde vivían los mocovíes, y así se aseguró que no les faltara alimento. Neepec, el diablo, como siempre, estaba espiando a ver qué hacía Cotaá, cuando vio el hermoso regalo que les había hecho a los hombres, sintió mucha envidia, entonces se propuso destruir la planta, para que no tuvieran con qué alimentarse. Pensó y pensó hasta que se le ocurrió una maldad, se elevó por los aires y fue volando movieshasta unas inmensas salinas. Llenó un cántaro enorme con agua salada para arrojarlo sobre las matas, y así quemarlas con el salitre. Cotaá conocía muy bien las maldades de Neepec, descubrió el plan y lo esperó escondido entre las plantas. Cuando lo vio volcar el agua sobre la selva, acarició la tierra, hundió en ella sus dedos suavemente y entonces las raíces absorbieron el agua. La sal se mezcló con la savia y las hojas tomaron su sabor, las plantas no se murieron. Los mocovíes estaban preocupados, pensaron que habían perdido su alimento, pero Cotaá les mostró que la planta no había perdido su utilidad, como la savia ahora era salada, podían condimentar las carnes de los animales salvajes que cazaran y otros alimentos.

Y dicen que Neepec se fue por ahí a pensar otra maldad para vengarse.

Leyenda argentina

La gallina pinta


Tengo una gallina pinta, pinpiripinta,gallina pinta gorda, pinpirigorda, pinpiripintosa y sorda
que tiene tres pollitos pintos, pinpiripintos,
gordos, pinpirigordos, pinpiripintosos y sordos.
Si la gallina no hubiera sido pinta, pinpiripinta,
gorda, pinpirigorda, pinpiripintosa y sorda
Los pollitos no hubieran sido pintos, pinpiripintos,
gordos, pinpirigordos, pinpiripintosos y sordos.