¡Qué trabajo me ha costado!


Lado, ledo, lido, lodo, ludo,Resultado de imagen de qué trabajo me ha costado

Decirlo al revés lo dudo.

Ludo, lodo, lido, ledo, lado,

¡Qué trabajo me ha costado!

La partida de ajedrez


Hubo una vez un joven que visitó un viejo monasterio zen lleno de ilusión. Quería ver al abad para preguntarle si conocía algún método fácil para despertar su espíritu, ya que siempre que intentaba meditar, se distraía por las cosas que lo rodeaban.

El abad lo miró un momento y luego le hizo un par de preguntas:

—No hay nada en especial, mi familia me heredó una gran fortuna y por eso no tengo que trabajar. Mi pasión es el ajedrez, ¡podría pasarme horas jugando!

En ese momento, el abad habló a uno de sus asistentes para que le llevara un tablero de ajedrez. Luego le ordenó sentarse frente al joven, pues sería su oponente en la partida. A continuación desenvainó una afilada espada.

—Cuando entraste aquí, tomaste un voto de obediencia conmigo —le dijo a su discípulo—, ahora te necesito. Vas a jugar al ajedrez con este muchacho y si pierdes, te voy a cortar la cabeza. Si ganas se la cortaré a él. Bien merecido se lo tendría, si el ajedrez es lo único que le ha importado en la vida.

El juego comenzó.

El joven estaba nervioso, las manos le temblaban ligeramente y el sudor corría por su rostro; saber que de esa partida dependía su vida lo angustiaba. El tablero de ajedrez se había vuelto su mundo, jamás había estado tan concentrado. Observó las piezas de su adversario e hizo una jugada contundente, estaba a punto de obtener la victoria. Alzó los ojos y lo miró. Su semblante era sereno y estaba lleno de sinceridad, de perseverancia y sacrificio por los años pasados en el monasterio.

Pensó entonces en su propia vida, llena de lujos y comodidades, pero desprovista de propósito. Y luego sintió compasión por el hombre frente a él.

A propósito, cometió un error en el ajedrez. Luego otro y después otro más. Hasta que llegó el momento en el que no podía hacer nada para defenderse de los movimientos de su oponente. Iba a perder…

El abad alzó la espada y lanzó el tablero al suelo, ante la mirada atónita de los adversarios.

—Nadie gana ni pierde —dijo—, ninguna cabeza va a rodar hoy —se volvió hacia el joven y siguió hablando—, solo hay dos cosas necesarias para despertar el espíritu de una persona: concentración absoluta y compasión. Hoy aprendiste ambas. A pesar de que te concentraste con toda tu alma en el juego, fuiste capaz de sentir compasión por tu oponente hasta el punto de querer sacrificar tu vida por la de él. Quédate en el monasterio y, si estás dispuesto a aprender, un día llegarás a la iluminación.

El joven tomó el consejo del abad y se convirtió en su discípulo. Aprendió a ser sabio, pero sobre todo, a ser bondadoso y compasivo. Finalmente tenía un propósito en la vida.

Moraleja:

Nuestras vidas tienen sentido cuando hacemos algo bueno por los demás.

De: https://xn--cuentoscortosparanios-ubc.org/

La leyenda de los ocho soles


 

Hace mucho tiempo, la tierra estaba iluminada por ocho soles. La radiante luz deslumbraba a los hombres y el inmenso calor secaba la tierra.

Un día los hombres decidieron que ocho soles eran demasiados para iluminar la tierra y que con uno sólo bastaría.

– ¡Vamos a cazar siete, les vamos a dar miedo y se apagarán! – pactaron los hombres

Fueron a buscar a un buen arquero, el que mejor puntería tenía. Al disparar sus flechas los soles se asustarían y se apagarían. Al disparar la primera flecha, un sol se apagó. Disparó una segunda y otro desapareció. Y así fue hasta llegar a la séptima flecha, que hizo que se apagara el séptimo sol pero también el octavo y último.

Entonces la oscuridad reinó en la tierra, la tierra era sombría y fría y los hombres desgraciados. Necesitaban la luz del sol para vivir.

– Tenemos que hacer volver al último sol – se lamentaban las mujeres

– Tiene miedo de nosotros – respondían los hombres

– En ese caso- contestaron las mujeres- Pediremos a los animales que nos ayuden a hacer volver al sol.

Hicieron venir a una vaca, que mugió y mugió pero el sol no vino. Llamaron entonces a un tigre, que estuvo rugiendo mucho rato. Los hombres y las mujeres temblaban de miedo y seguramente el sol también tuvo miedo porque no apareció.

Hicieron venir a un búho, que ululó toda la noche, pero el sol tampoco  apareció. Sí que lo hizo en cambio una luna blanca que iluminó la tierra.

Entonces los hombres y las mujeres llamaron al gallo. Se puso a cantar tan fuerte que su cresta se enrojeció. Pero siguió cantando y cantando con toda su garganta.

Entonces, tímidamente, una luz amarilla y cálida apareció sobre la tierra. Era un sol que despuntaba sobre la línea del horizonte. Poco a poco, mientras el gallo seguía cantando, el sol se iba alzando en el cielo e iluminaba las caras de todos aquellos que lo esperaban.

Y desde ese momento cada mañana el gallo llama al sol para que ilumine la tierra.

Leyenda laosiana

De: https://www.casaasia.es/

 

¿Por qué leemos?


Si preguntamos a cualquier persona ¿por qué lees? Nos pueden dar infinidad de respuestas:

Porque …:

  1. Me gusta
  2. Me divierte imaginar las cosas contadas.
  3. Para aprender cosas nuevas.
  4. Para evadirme
  5. Por vivir otras historias
  6. Porque es mucho más divertido que ver la televisión.
  7. Para vivir las aventuras que yo no voy a vivir.
  8. Por el mero placer de leer.
  9. Para encontrarme a mí mismo.
  10. Para encontrarme con los demás.
  11. Por el placer de una historia bien contada.
  12. Para aprender de otros.
  13. Para entretenerme.
  14. Para soñar.
  15. Para divertirme.
  16. Para relajarme.
  17. Para vivir otras vidas.
  18. Porque cuando un libro te agarra lo demás no es importante.
  19. Me ayuda a dormir.
  20. Porque me resulta divertido y porque si no estaría todo el día viendo la tele o en el ordenador y me gusta pasar el tiempo haciendo cosas divertidas.

Hay muchísimas más y todas tienen razón, ahora verás porqué.

  • Los libros educan, dan tema de conversación, proporcionan compañía, te hacen más listo, te relajan, incluso te ayudan a ser mejor persona.
  • Leer nos permite acceder a “mundos que sólo pueden ser vistos a través de los ojos de un extranjero, de un explorador o de un historiador”, podemos leer la historia de diferentes personas y esto nos ayuda a comprender los sentimientos y pensamientos ajenos, sin que sea tan importante que esas personas sean reales o imaginarias.
  • La lectura mantiene el cerebro en forma; de hecho, toda la actividad mental que estimule tu cerebro, como el ajedrez o los crucigramas, ayuda a que nuestra mente aguante con salud durante décadas, incluso podría ayudar a prevenir el Alzheimer.
  • Comenzar a leer de niños (y hacerlo mucho) ayuda a desarrollar la comprensión lectora, a ampliar el vocabulario y está relacionado con un mayor conocimiento. Si sigues leyendo durante la adolescencia, la literatura te ayudará a forjar tu identidad, ya que altera nuestras conexiones mentales y crea nuevas ideas y formas de pensar.
  • Uno de los efectos positivos que tiene coger un libro y no soltarlo durante un buen rato es que es un buen ejercicio de relajación. De hecho, leer relaja más que escuchar música, dar un paseo, tomarse una taza de té o los videojuegos. Por eso es normal que la lectura nos ayude a dormir. Siempre que no usemos un dispositivo retroiluminado, como una tablet.
  • Los niños de entre 3 y 5 años a quienes se lee cuentos también muestran mayor actividad cerebral no sólo en las áreas que dan significado al lenguaje sino también en las que son importantes para la visualización, probablemente porque se imaginan la historia. Es recomendable leer cuentos a los niños con regularidad  y además conversar con ellos sobre las historias.

Y después de todo esto, ¿cuál es el motivo por el que tú lees?

Nochebuena – Amado Nervo


Pastores y pastoras,
abierto está el edén.
¿No oís voces sonoras?
Jesús nació en Belén.

La luz del cielo baja,
el Cristo nació ya,
y en un nido de paja
cual pajarillo está.

El niño está friolento.
¡Oh noble buey,
arropa con tu aliento
al Niño Rey!

Los cantos y los vuelos
invaden la extensión,
y están de fiesta cielos
y tierra… y corazón.

Resuenan voces puras
que cantan en tropel:
Hosanna en las alturas
al Justo de Israel!

¡Pastores, en bandada
venid, venid,
a ver la anunciada
Flor de David!…

El árbol de sal


Cuenta la leyenda que cuando Cotaá, el Dios del pueblo Mocoví (de Argentina), creó el mundo, quiso regalarle a los hombres una planta que sirviera de alimento.

Iobec Mapic

Miró y observó bien la tierra, después de mucho pensar, creó el Iobec Mapic, (árbol de sal), una especie de helecho gigante que parece una palmera. Lo esparció por las tierras donde vivían los mocovíes, y así se aseguró que no les faltara alimento. Neepec, el diablo, como siempre, estaba espiando a ver qué hacía Cotaá, cuando vio el hermoso regalo que les había hecho a los hombres, sintió mucha envidia, entonces se propuso destruir la planta, para que no tuvieran con qué alimentarse. Pensó y pensó hasta que se le ocurrió una maldad, se elevó por los aires y fue volando movieshasta unas inmensas salinas. Llenó un cántaro enorme con agua salada para arrojarlo sobre las matas, y así quemarlas con el salitre. Cotaá conocía muy bien las maldades de Neepec, descubrió el plan y lo esperó escondido entre las plantas. Cuando lo vio volcar el agua sobre la selva, acarició la tierra, hundió en ella sus dedos suavemente y entonces las raíces absorbieron el agua. La sal se mezcló con la savia y las hojas tomaron su sabor, las plantas no se murieron. Los mocovíes estaban preocupados, pensaron que habían perdido su alimento, pero Cotaá les mostró que la planta no había perdido su utilidad, como la savia ahora era salada, podían condimentar las carnes de los animales salvajes que cazaran y otros alimentos.

Y dicen que Neepec se fue por ahí a pensar otra maldad para vengarse.

Leyenda argentina

La gallina pinta


Tengo una gallina pinta, pinpiripinta,gallina pinta gorda, pinpirigorda, pinpiripintosa y sorda
que tiene tres pollitos pintos, pinpiripintos,
gordos, pinpirigordos, pinpiripintosos y sordos.
Si la gallina no hubiera sido pinta, pinpiripinta,
gorda, pinpirigorda, pinpiripintosa y sorda
Los pollitos no hubieran sido pintos, pinpiripintos,
gordos, pinpirigordos, pinpiripintosos y sordos.