La adivinanza de la semana (72)


La esposa rana


Mukashi era un joven granjero que trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer.

Cuando empezó a estar en edad casadera no pudo evitar el preguntarse si, con su tipo trabajo, podría llegar a encontrar una mujer que se adaptara a él. Al poco tiempo, un vecino le presento una preciosa joven alegre y muy trabajadora. Pronto se casarón y durante 13 años vivieron una vida de  trabajo y felicidad.
Un día su
esposa le pidió permiso para regresar sola a su casa durante unos días para poder asistir al funeral de su padre, él no tenía ninguna razón para negarse pero le empezó a preocupar la idea de que ella quisiera ir sola:

– ¿Por qué no quiere que conozca a su familia? ¿Se avergüenza de ellos o … de mí?

Estas preguntas invadieron el pensamiento del granjero hasta la partida de su esposa, al día siguiente. Cayó en la cuenta de que ella nunca había contado nada de su familia y que no sabía nada de su pasado. Por todo esto, el granjero, decidió seguirla para poder hallar una respuesta a sus dudas y temores.
Comenzó a viajar en una extraña dirección, no había ninguna casa o aldea por aquel sitio al que se pudiese llegar en unos días.

Al llegar a un campo de arroz se detuvo y mientras su marido le observaba escondido, dio un salto y desapareció en el aire. Lo único que se pudo ver fue algo pequeño y verde cayendo al agua en donde estaba su esposa, muy asustado salió corriendo a buscar pero solo encontró unas cuantas ranas croando.
Tras un rato oyendo el croar de las ranas y cansado de esperar, lanzo una piedra al campo de arroz. Inmediatamente el croar de las ranas paro y, por alguna extraña razón, una sensación de pavor recorrió el cuerpo del granjero que empezó a correr hacía su casa.
Al anochecer, su esposa llegó a casa y él le preguntó que si había pasado algo, que porque volvió tan pronto. Ella contesto que durante el funeral, una piedra cayó del cielo golpeando e hiriendo al sacerdote por lo que se tuvo que cancelar. Más nervioso incluso que antes el marido le confeso todo a su esposa, que le siguió y que lanzo la piedra.
Ella, incrédula y muy entristecida, le pregunto si eso era verdad y al responder su marido afirmativamente, abrió la ventana y de un saltó salió por ella cayendo al suelo transformada en rana. Cuando el granjero quiso salir afuera, ella había desaparecido y nunca jamás volvió a verla.

 Leyenda japonesa

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La mujer rana – Gloria Fuertes


La mujer rana

y el hombre rana

se casaron

y en vez de tener perdices

tuvieron tres renacuajos.

Refrán para hoy (38)


 

La canción del armadillo


Había una vez un armadillo que amaba la música más que a nada en el mundo. Cada vez que llovía, el armadillo iba al estanque a oír cantar a las ranas. Sus ojitos se humedecían y se acercaba, arrastrando su caparazón, hasta el charco, donde ellas daban su concierto.

 – ¡Oh!,  ¡Oh, cómo me gustaría poder cantar!, pensó el armadillo.

 Aunque él no las entendía, las ranas cantaban mientras jugaban:

 – ¡No seas ridículo!, ¡Los armadillos no pueden cantar!.

 Y el pobre, humilde y resignándose se marchaba.

 Un día una familia de grillos se mudó a una nueva casa cerca del armadillo, y se sorprendió al escuchar los chirridos y cantar tan alegremente como las ranas. Nuestro amigo se deslizaba junto a su casa y escuchaba y escuchaba todo el día y toda la noche sus sonidos musicales.

 – ¡Oh!,  ¡Oh, cómo me gustaría poder cantar!, pensó el armadillo.

 – ¡No seas ridículo!, ¡Los armadillos no pueden cantar!, cantaban los grillos en sus tonos dulces.

 Sin embargo, el armadillo no entendía su idioma, y ​​por eso sólo suspiró con nostalgia y escuchó sus hermosas voces riéndose de él.

 Hasta que un día llegó un hombre camino que lleva una jaula con canarios. Ellos cantaban y revoloteaban entonando canciones que eran más bellas aún que las de los grillos y las ranas.

 El armadillo estaba en trance. Siguió al hombre de la jaula por el camino tan rápido como sus pequeñas patitas le permitían, escuchando el canto de los canarios.

 – ¡Oh!,  ¡Oh, cómo me gustaría poder cantar!, pensó el armadillo.

 En el interior de la jaula, los canarios gorjeaban y se rieron.

 – ¡No seas ridículo!, ¡Los armadillos no pueden cantar!, cantaban los canarios.

 El pobre armadillo cansado, no podían mantenerse el ritmo del hombre de la jaula, y finalmente cayó agotado a la puerta de la casa del gran hechicero que vivía en la zona.  Al darse cuenta de dónde estaba, el armadillo decidió a pedir un deseo al mago.

 Tímidamente, el armadillo se acercó y le dijo:

 – Señor hechicero , lo que más deseo es aprender a cantar como las ranas, los grillos y canarios.

 El mago sonrió al oír las palabras de nuestro amigo, pero al darse cuenta de que el animalito iba en serio, se inclinó hasta él, lo miró a los ojos, y le dijo:

 – Lo siento, armadillo, puedo hacer poco por tí, porque no querrás pagar el precio que tiene el que tú puedas cantar: significaría tu muerte.

 – ¿Quieres decir que si me muero voy a ser capaz de cantar?, preguntó el armadillo con asombro.

 – Sí, así es, contestó el hechicero.

 – ¡Entonces quiero morir ahora mismo!, ¡haría cualquier cosa por ser capaz de cantar!, dijo el armadillo.

 El hechicero intentó convencerlo de todas las formas posibles de que cambiara de opinión, no quería quedarse con su vida a cambio de que cantara.

 Pero la criatura insistió, que el mago finalmente mató al armadillo, hizo un maravilloso instrumento musical de su concha, y se lo dio al mejor músico de la ciudad para que tocara música con él.

 A veces, el músico tocaba su instrumento en el estanque de las ranas, en la casa de los grillos o visitaba al hombre que tenía a los canarios y todos decían lo mismo:

 – ¡El armadillo ha aprendido a cantar!.

 Y así fue. El armadillo había aprendido a cantar por fin, y su voz era la mejor en la tierra. Pero al igual que los mejores  músicos del mundo , el armadillo sacrificó la vida por su arte.

 Leyenda Boliviana

 De: http://americanfolklore.net/

El sapo verde – Carmen Gil


Ese sapo verde
se esconde y se pierde;sapo verde
así no lo besa
ninguna princesa.

Porque con un beso
él se hará princeso
o príncipe guapo;
¡y quiere ser sapo!

No quiere reinado,
ni trono dorado,
ni enorme castillo,
ni manto amarillo.

Tampoco lacayos
ni tres mil vasallos.
Quiere ver la luna
desde la laguna.

Una madrugada
lo encantó alguna hada;
y así se ha quedado:
sapo y encantado.

Disfruta de todo:
se mete en el lodo
saltándose, solo,
todo el protocolo.pretty-green-frog

Y le importa un pito
si no está bonito
cazar un insecto;
¡que nadie es perfecto!

¿Su regio dosel?
No se acuerda de él.
¿Su sábana roja?
Prefiere una hoja.

¿Su yelmo y su escudo?
Le gusta ir desnudo.
¿La princesa Eliana?
Él ama a una rana.

A una rana verde
que salta y se pierde
y mira la luna
desde la laguna.