Nochebuena – Amado Nervo


Pastores y pastoras,
abierto está el edén.
¿No oís voces sonoras?
Jesús nació en Belén.

La luz del cielo baja,
el Cristo nació ya,
y en un nido de paja
cual pajarillo está.

El niño está friolento.
¡Oh noble buey,
arropa con tu aliento
al Niño Rey!

Los cantos y los vuelos
invaden la extensión,
y están de fiesta cielos
y tierra… y corazón.

Resuenan voces puras
que cantan en tropel:
Hosanna en las alturas
al Justo de Israel!

¡Pastores, en bandada
venid, venid,
a ver la anunciada
Flor de David!…

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Nochebuena – Amado Nervo


Pastores y pastoras,
abierto está el edén.
¿No oís voces sonoras?
Jesús nació en Belén.
La luz del cielo baja,
el Cristo nació ya,
y en un nido de pajapastores
cual pajarillo está.
El niño está friolento.
¡Oh noble buey,
arropa con tu aliento
al Niño Rey!
Los cantos y los vuelos
invaden la extensión,
y están de fiesta cielos
y tierra… y corazón.
Resuenan voces puras
que cantan en tropel:
Hosanna en las alturas
al Justo de Israel!
¡Pastores, en bandada
venid, venid,
a ver la anunciada
Flor de David!…

Recuerdos de una mañana de Navidad – Felice Leonardo Buscaglia


No lo creí. Los ángeles tenían cosas más importantes que hacer con su tiempo que niño1observar si yo era un niño bueno o malo. Aun con mi limitada sabiduría de un niño de siete años, había decidido que, en el mejor de los casos, el Ángel sólo podía vigilar a dos o tres muchachos a la vez… y ¿por qué habría de ser yo uno de éstos? Las ventajas, ciertamente, estaban a mi favor. Y, sin embargo, mamá, que sabía todo, me había repetido una y otra vez que el Ángel de la Navidad sabía, veía y evaluaba todas nuestras acciones y que no podíamos compararlo con cualquier cosa que pudiéramos entender nosotros, los ignorantes seres humanos. De todos modos, no estaba muy seguro de creer en el Ángel de la Navidad.

Todos mis amigos del barrio me dijeron que Santa Claus era el que llegaba la víspera de la Navidad y que nunca supieron de un ángel que llevara regalos. Mamá vivió en América durante muchos años y bendecía a su nueva tierra como su hogar permanente, pero siempre fue tan italiana como la polenta y, para ella, siempre sería un ángel. «¿Quién es este Santa Claus?», solía decir. «Y, ¿qué tiene que ver con la Navidad?».sc

Además, debo reconocer que nuestro ángel italiano me impresionaba mucho. Santa Claus siempre era más generoso e imaginativo. Les llevaba a mis amigos bicicletas, rompecabezas, bastones de caramelo y guantes de béisbol. Los ángeles italianos siempre llevaban manzanas, naranjas, nueces surtidas, pasas un pequeño pastel y unos pequeños dulces redondos de ‘orosuz’ que llamábamos bottone di prete (botones de sacerdote) porque se parecían a los botones que veíamos en la sotana del padrecito. Además, el Ángel siempre ponía en nuestras medias algunas castañas importadas, tan duras como las piedras. Debo admitir que nunca supe qué hacer con las castañas.

angel-de-la-navidadFinalmente se las dábamos a mamá para que las hirviera hasta que se sometieran y luego las pelábamos y las comíamos de postre después de la cena de Navidad. Parecía un regalo poco apropiado para un niño de seis o siete años. A menudo pensé que el Ángel de la Navidad no era muy inteligente.

Cuando cuestioné a mamá acerca de esto, ella solía contestar que no me correspondía a mí, «que todavía era un muchachito imberbe», poner en tela de juicio a un ángel, especialmente al Ángel de la Navidad.

En esta época navideña en particular, mi comportamiento de niño de siete años era todo menos ejemplar. Mis hermanos y hermanas, todos mayores que yo, por lo visto nunca causaban problemas. En cambio yo siempre estaba en medio de todos los problemas. A la hora de la comida aborrecía todo. Me obligaban a probar un poco di tutto (de todo) y cada comida se convertía en un reto… Felice, como me llamaba la familia, contra el mundo de los adultos. Yo era el que nunca me acordaba de cerrar la puerta del gallinero, el que prefería leer a sacar la basura y el que, sobre todo, reclamaba todo lo que mamá y papá hacían, sentían u ordenaban. En pocas palabras, era un niño malcriado.

Cuando menos un mes antes de la Navidad, mamá me advertía: «Te estás portando muy mal, Felice. Los ángeles de la Navidad no llevan regalo a los niños malcriados. Les llevan un palo de durazno para pegarte en las piernas. De modo que – me amenazaba – más vale que cambies tu comportamiento. Yo no puedo portarme bien por ti. Sólo tu puedes optar por ser un buen niño».sucio

«¿Qué me importa? – contestaba yo – . De todos modos el ángel nunca me trae lo que quiero. «Y durante las siguientes semanas hacía muy poco para ‘mejorar mi comportamiento’.

Como sucede en la mayoría de los hogares, la Nochebuena era mágica. A pesar de que éramos muy pobres, siempre teníamos comida especial para la cena. Después de cenar nos sentábamos alrededor de la vieja estufa de leña que era el centro de nuestras vidas durante los largos meses de invierno y platicábamos y reíamos y escuchábamos cuentos. Pasábamos mucho tiempo planeando la fiesta del día siguiente, para la cual nos habíamos estado preparando toda la semana. Como éramos una familia católica, todos íbamos a confesarnos y después nos dedicábamos a decorar el árbol. La noche terminaba con una pequeña copa del maravilloso zabaglione de mamá. ¡No importaba que tuviera un poco de vino; la Navidad sólo llegaba una vez al año!.

Estoy seguro de que sucede con todos los niños, pero no era casi imposible dormir en la Nochebuena. Mi mente divagaba. No pensaba en las golosinas, sino que me preocupaba seriamente la posibilidad de que el Ángel de la Navidad no llegara a mi casa o que se le acabaran los regalos. Me emocionaba mucho la posibilidad de que Santa Claus olvidara que éramos italianos y de cualquier modo nos visitara sin darse cuenta de que el Ángel ya me había visitado. ¡Así recibiría el doble de todo!

¿Por qué sucede que en la mañana de Navidad, por poco que se duerma la noche anterior, nunca resulta difícil despertar y levantarnos? Así ocurrió esa mañana en particular. Fue cuestión de minutos, después de escuchar los primeros movimientos, para que todos nos levantáramos y saliéramos disparados hacia la cocina y el tendedero donde estaban colgadas nuestras medias y debajo de éstas se encontraban nuestros brillantes zapatos recién lustrados.

Calcetin-de-Navidad-12Todo estaba tal como lo habíamos dejado la noche anterior. Excepto que las medias y los zapatos estaban llenos hasta el tope con los generosos regaleos del Ángel de la Navidad… es decir, todos excepto los míos. Mis zapatos, muy brillantes, estaban vacíos. Mis medias colgaban sueltas en el tendedero y también estaban vacías, pero de una de ellas salía una larga rama seca de durazno.

Alcancé a ver las miradas de horror en los rostros de mi hermano y mis hermanas. Todos nos detuvimos paralizados. Todos los ojos se dirigieron hacia mamá y papá y luego regresaron a mí.

– Ah, lo sabía – dijo mamá -. Al Ángel de la Navidad no se le va nada. El Ángel sólo nos deja lo que merecemos.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mis hermanas trataron de abrazarme para consolarme, pero las rechacé con furia.

– Ni quería esos regalos tan tontos – exclamé -. Odio a ese estúpido Ángel. Ya no hay ningún Ángel de la Navidad.

Me dejé caer en los brazos de mamá. Ella era una mujer voluminosa y su regazo me había salvado de la desesperación y de la soledad en muchas ocasiones. Noté que ella también lloraba mientras me consolaba. También papá. Los sollozos de mis hermanas y los lloriqueos de mi hermano llenaron el silencio de la mañana.

Después de un rato, mi madre dijo, como si estuviera hablando con ella misma:

– Felice no es malo. Sólo se porta mal de vez en cuando. El Ángel de la Navidad lo sabe. Felice sería un niño bueno si hubiera querido, pero este año prefirió ser malo. No le quedó alternativa al Ángel. Tal vez el próximo año decida portarse mejor. Pero, por el momento, todos debemos ser felices de nuevo.mama

De inmediato todos vaciaron el contenido de sus zapatos y medias en mi regazo.

– Ten – me dijeron -, toma esto.

En poco tiempo otra vez la casa estaba llena de alegría, sonrisas y conversación. Recibí más de lo que cabía en mis zapatos y medias.

Mamá y papá habían ido a misa temprano, como de costumbre. Juntaron las castañas y empezaron a hervirlas durante muchas horas en una maravillosa agua llena de especias y había otra olla hirviendo entre las salsa. Los más delicados olores surgieron del horno como mágicas pociones. Todo estaba preparado para nuestra milagrosa cena de Navidad.

Nos alistamos para ir a la iglesia. Como era su costumbre, mamá nos revisó, uno por uno; ajustaba un cuello aquí, jalaba el cabello por allá, una caricia suave para cada uno… Yo fui el último. Mamá fijó sus enormes ojos castaños en los míos.

– Felice – me dijo -, ¿entiendes por qué el Ángel de la Navidad no pudo dejarte regalos?
– Sí – respondí.
– El Ángel nos recuerda que siempre tendremos lo que merecemos. No podemos evadirlo. Algunas veces resulta difícil entenderlo y nos duele y lloramos. Pero nos enseña lo que está bien hecho y lo que está mal y, así, cada año seremos mejores.

No estoy muy seguro de haber entendido en aquellos momentos lo que mamá quiso decirme. Sólo estaba seguro de que yo era amado; que me habían perdonado por cualquier cosa que hubiese hecho y que siempre me darían otra oportunidad.

Jamás he olvidado aquella Navidad tan lejana. Desde entonces, la vida no siempre ha sido justa ni tampoco me ha ofrecido lo que creí merecer, ni se me ha recompensado por portarme bien. A lo largo de los años he llegado a comprender que he sido egoísta, malcriado, imprudente y quizá, en ocasiones, hasta cruel… pero nunca olvidé que cuando hay perdón, cuando las cosas se comparten, cuando se da otra oportunidad y amor sin límite, el Ángel de la Navidad siempre está presente y siempre es Navidad.

La leyenda de la Flor de Pascua


poinsetia1

La Nochebuena en México era costumbre que los fieles llevaran regalos a el Niño Jesús durante la Misa del Gallo.

Un chico llamado Pablo estaba muy triste al no poder darle un obsequio al Niño Dios, era demasiado pobre y no tenía nada que ofrecerle, por eso se entristeció y estuvo llorando en un rincón de la Iglesia arrodillado. Lloro amargamente. Las lágrimas le resbalaban por el rostro y caían al suelo de la iglesia.

De repente, enfrente de él, una preciosa planta empezó a crecer. Sus hojas eran de un rojo encendido, estaban dispuestas en forma de estrella en el mismo centro, un manojito de menudas flores amarillas la inundaban de luz.
Pablo supo que eso que acababa de suceder fue un regalo que Dios que le había enviado para que se lo ofreciera a su Hijo recién nacido y,  felíz como nunca, depositó aquella estrella preciosa a los pies del Pesebre.
Así cuentan que pasó y que desde aquella noche la Poinsetia se vuelve roja en navidad.

De: http://leyendascortas.com.mx

El príncipe Leonardo – J. Llarch (1ª parte)


En una noche oscura y tormentosa, el príncipe Leonardo volvía al galope de las tierras lejanas de “las lomas verdes”.   VIEJA_~1Ninguna luz anunciaba presencia humana, cuando de pronto surgió en la negrura un caserón.

Llamó a la puerta el príncipe y a poco se abrió aquella  morada, apareciendo una ventera, a la que explicó:

– Quiero cena para mí y establo para mi caballo.

La ventera así lo hizo. Mas durante la cena advirtió que el príncipe no soltaba de su mano izquierda un pequeño cofre de marfil. Llevada de maliciosa curiosidad, le preguntó qué guardaba en él.

– ¿Son joyas, tal vez?

– Es posible que así sea, dijo el príncipe. Y entonces la ventera le llenó la copa de vino exquisito.

Apenas el príncipe lo hubo probado, ella se echó a reír y luego dijo:

– ¡Mirad, mirad! ¡Tenéis cola como los caballos … una cola roja, como de fuego!

Levantóse el príncipe y vio con horror que, en efecto, llevaba cola.

– Todo el mundo me conoce por la hostelera Luceta, pero nadie sabe que tengo un pacto con un genio malo. Dadme, pues, posadera el cofre, o de lo contrario, transformaré vuestra cabeza en pelota de trapo.

El príncipe se negó resueltamente a ello, y entonces la posadera le arrojó una miga de pan al rostro, convirtiendo su cabeza en pelota.

– Si me entregáis la arquilla os transformaré de nuevo en persona.

Tardó el príncipe en contestar, en busca de solución, y viendo en una mesa un frasco de cristal dijo:

– Nada puedo hacer contra vos. Estoy dispuesto a cederos el collar de esmeraldas que hay en la arquita, a cambio de una demostración de vuestro poder.

– ¿Cuál?, inquirió la posadera

– Convertíos en una mujer tan pequeña que quepa en este frasco.

– Esto es muy fácil para mí. Y lanzando un silbido se convirtió en una mujer muy pequeñita, que de un salto se metió en el frasco. Una vez dentro, Leonardo se abalanzó sobre él y lo tapó, sujetándolo por el exterior. Tomó una vela y derritiéndola cubrió la ranura circular con una capa de cera diciendo:

-¡ Y ahora sal, si puedes! No saldrás si no devuelves mi figura natural!

– Jamás lo haré. ¡Jamás, jamás!

Leonardo adoptó entonces una solución: envolver el frasco con un pedazo de tela. Tomó el cofrecito y, sacando el caballo del establo, montó en él y se dirigió hacia una montaña, en cuya cima se hallaba una casita, habitada por un sabio. A requerimiento del príncipe, éste le dijo:

– Para vencer los poderes malignos, debes entregarte a la meditación, Leonardo. En cuanto a la posadera, la encerrarás en una cámara secreta del viejo torreón de las piedras negras. Enciérrala bien, pues si Luceta pudiera escapar correrías un gran peligro. Para evitarlo, aprisiónate voluntariamente en una habitación que tenga un cerrojo de siete vueltas. La puerta debe ser recia, y en ella pintarás una cruz. Estarás allí hasta Nochebuena, prucurando que aquel que posea la llave del cerrojo cumpla con tus órdenes.

– Pero ¿dónde hallaré tal cerradura?caballero

– Irás al mercado del pueblo cercano. Allí está un niño cerrajero llamado Colombito. Es el único que puede ayudarte.

– Cumpliré vuestras instrucciones. Y subiendo al caballo emprendió el camino hacia la feria. Allí buscó al niño  y al encontrarlo le dijo:

– Necesito una cerradura de siete vueltas a la que ninguna fuerza humana, ni ingenio maléfico sean capaces de abrir, pero debes construirla en mi torreón. Una vez terminada, te pagaré cuanto desees, por mucho que sea.

Se movieron las orejas del niño al oir tal promesa y recogió las herramientas para seguir al extraño cliente. Su asombro no tuvo limites cuando al hallarse en las afueras vio cómo de las asentaderas de aquel muchacho con cabeza de trapo, salía una cola de caballo, resplandeciente como el fuego.

En tanto penetraron en un pinar. Tras un pino surgió un torreón de negras piedras. Y Leonardo dijo entristecido al niño:

– Pasa, Colombito, y no te dejes intimidar por lo que veas.

Como el niño no era cobarde y aquellas palabras le parecían sinceras, obedeció, andando por un largo pasillo hasta que Leonardo abrió una puerta y se encontraron en una estancia iluminada por seis grandes velones.

Al fondo del muro frontero había otra puerta con una cruz pintada en oro. Aquella era la puerta en que debía ser colocada la cerradura. El príncipe colocó el índice en una piedra del muro, girando al momento un trecho de la pared, y quedó al descubierto una cerradura disimulada.

– Pasa. Pronto comprenderás el por qué te pido tanto.canstock3781212

Entraron y Colombito vio algo asombroso: una gran jaula de barrotes de hierro, y en su interior, sobre una mesilla, un frasco de cristal con una mujer dentro. El príncipe le explicó lo sucedido y Colombito exclamó:

– Contad conmigo.

– Pues atiende a mi recomendación. Una vez entre en mi encierro, girarás siente veces la llave en la cerradura. Luego, galoparás en mi caballo hasta el palacio de la princesa Blancarrosa, situado en el país de los Siete Lagos. No abandones la llave del cerrojo hasta ponerla en manos de la princesa, pues debo permanecer encerrado hasta Nochebuena. Cuando den las doce, caerá roto el cerrojo y vencidos los poderes maléficos. Entonces podré presentarme antes Blancarrosa, con la que me casaré.

El muchacho prometió no olvidar ninguna de aquellas instrucciones. Y el príncipe penetró en su prisión, llevando consigo el cofrecito de las esmeraldas. Cerró Colombito la puerta, giró la llave siete veces y dijo:

– Confiad en mí.

Luego salió montado en el brioso corcel y se alejó del lugar.

(SIGUE)

El árbol de Navidad


Una de las imágenes que antes se vienen a la mente cuando se piensa en estas fechas es el tradicional árbol de Navidad, una costumbre cada vez más arraigada y  2130447754_0b66e6884f que ha ido sustituyendo a otras, como la de montar el Nacimiento. A pesar de que la decoración del abeto de Pascua es una tradición de raíces germanas, lo cierto es que quien ha exportado esta forma de adorno ha sido la cultura norteamericana.

Actualmente, en la mayoría de las casas se coloca un abeto decorado con bolas, espumillón y luces. Hay que señalar que en muchos hogares se ha implantado el árbol artificial, ya que el mayor problema de esta tradición consiste en qué hacer con él después de las fiestas, problema que durante años ha provocado que gran cantidad de árboles se hayan terminado secando y muriendo.

Numerosos estudios han situado las raíces del árbol de Navidad en la época de los romanos, pero lo cierto, aunque parezca mentira, es que hay que remontarse a épocas muy anteriores. Así, eran los antiguos egipcios quienes celebraban los fines de año con una ceremonia en la que era común llevar una penca de palma de doce hojas, una por cada mes del año. Con todas ellas se realizaba una pirámide y se quemaba en honor a los dioses.

No obstante, el árbol de Navidad, tal y como hoy lo conocemos, tiene su nacimiento en Alemania. Se cuentan varias leyendas sobre sus principios:267889_ABETO

La primera nos cuenta que en la primera mitad del siglo VIII un roble que los paganos creían sagrado cayó sobre un abeto, pero éste quedó milagrosamente intacto, por lo que fue proclamado el árbol del Niño Jesús. Su forma triangular se explicó como representativa de la Santísima Trinidad, con el Dios Padre en la cúspide.

Esta leyenda es tan antigua como el propio cultivo del abeto. Cuenta que en el siglo VIII, un monje inglés, llamado Wilfrido, taló en Nochebuena, un roble que era utilizado en las festividades paganas para ofrecer vidas en sacrificio. En ese mismo lugar brotó “milagrosamente” un abeto. Por eso su especie se tomó como emblema del cristianismo.

También se conoce otra que dice que el árbol de Navidad fue descubierto por Parsifal, un caballero de la mesa redonda del rey Arturo. Mientras el caballero buscaba el Santo Grial o Cáliz de la última cena de Jesús, vio un árbol lleno de luces brillantes, que se movían como estrellas. El escritor alemán Goethe, en su libro Werther, también hizo mención a un frondoso arbusto lleno de navidad08 caramelos y figuras religiosas.

Otra leyenda nos cuenta que un monje inglés, San Bonifacio, que organizó la iglesia francesa, encontró en uno de sus viajes, un grupo de paganos alrededor a un gran pino en el momento en que iban a sacrificar un niño en honor al dios Thor. Para evitar el sacrificio y salvar al chico, San Bonifacio derribó el árbol con un poderoso y potente golpe de puño. El santo le dijo a los paganos que ese pino era el árbol de la vida y de la vida eterna de Cristo.

Otra leyenda cuenta que Martín Lutero, fundador de la fe Protestante, mientras caminaba por un bosque en la víspera de Navidad, se quedó deslumbrado por la belleza de millones de estrellas que brillaban a través de las ramas de los árboles. Se quedó tan impresionado con lo que vio, que decidió cortar un pequeño árbol y llevarlo a la casa de su familia. Y para recrear la misma belleza que contempló en el bosque, colgó luces de colores en las ramas del árbol.

Existen muchas historias que justifican la existencia del árbol de Navidad. Y la mayoría proviene de los países nórdicos, más fríos, donde es muy común ver a las personas utilizando adornos con luces, guirnaldas, adornos, etc. El moderno árbol proviene de Alemania, y sus primeras referencias datan de finales del siglo XVI, cuando un árbol fue decorado para ambientar el frío de la Navidad, costumbre que se difundió rápidamente por todo el mundo. Hasta el siglo XIX no llegaría a Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Puerto Rico, China y Japón. La tradición del abeto decorado salió de Inglaterra a Estados Unidos, en los tiempos de la colonización. Se atribuye a August Imgard, un hombre de Ohio, la instalación del primer árbol navideño, en 1847. A partir de eso, la cultura norteamericana ha sido abanderada en materia de decoración de Navidad. En España, ha tardado en arraigar y no ha sido hasta bolas20navidad1mediados del siglo XX cuando se ha popularizado.

La simbología de la decoración   

La colocación en el hogar de un pequeño pino o abeto es uno de los actos más significativos de la Navidad en nuestros días. Sin embargo, no es suficiente su presencia, sino que es necesario llenarlo de adornos, entre los que se encuentran las esferas de cristal, las figuras diversas que se cuelgan o el popular espumillón. No obstante, si se quiere decorar de forma perfecta es necesario incluir iluminación, que le proporciona un aspecto más espléndido y navideño.

También se pueden citar una serie de elementos que forman parte de una simbología cristiana, como la estrella que se 123247377849760eb2157a7coloca en la copa del árbol, que representa el astro que siguieron los tres Reyes Magos y que les guió hasta Belén. Este elemento puede ser sustituido por un angelito, que podría venir a interpretar la paz que se vive en estas fechas, o el Arcángel, que comunicó a la Virgen su estado de   buena esperanza.

El resto de los motivos también tienen su significado o constituyen la evolución de otros elementos simbólicos. De hecho, antes de colocarse luces eléctricas, la iluminación provenía de velas que simbolizaban purificación y la idea de que Cristo es la luz que guía al mundo. Por su parte, las herraduras son otro objeto habitual y constituyen un antiguo amuleto de buena suerte. Tampoco se pueden olvidar las manzanas y bolas de colores, como una forma de atraer la abundancia para la época venidera y que aparecieron en Bohemia en el siglo XVIII, o las campanillas, que son muestra de la alegría de estas fechas.