La canción del armadillo


Había una vez un armadillo que amaba la música más que a nada en el mundo. Cada vez que llovía, el armadillo iba al estanque a oír cantar a las ranas. Sus ojitos se humedecían y se acercaba, arrastrando su caparazón, hasta el charco, donde ellas daban su concierto.

 – ¡Oh!,  ¡Oh, cómo me gustaría poder cantar!, pensó el armadillo.

 Aunque él no las entendía, las ranas cantaban mientras jugaban:

 – ¡No seas ridículo!, ¡Los armadillos no pueden cantar!.

 Y el pobre, humilde y resignándose se marchaba.

 Un día una familia de grillos se mudó a una nueva casa cerca del armadillo, y se sorprendió al escuchar los chirridos y cantar tan alegremente como las ranas. Nuestro amigo se deslizaba junto a su casa y escuchaba y escuchaba todo el día y toda la noche sus sonidos musicales.

 – ¡Oh!,  ¡Oh, cómo me gustaría poder cantar!, pensó el armadillo.

 – ¡No seas ridículo!, ¡Los armadillos no pueden cantar!, cantaban los grillos en sus tonos dulces.

 Sin embargo, el armadillo no entendía su idioma, y ​​por eso sólo suspiró con nostalgia y escuchó sus hermosas voces riéndose de él.

 Hasta que un día llegó un hombre camino que lleva una jaula con canarios. Ellos cantaban y revoloteaban entonando canciones que eran más bellas aún que las de los grillos y las ranas.

 El armadillo estaba en trance. Siguió al hombre de la jaula por el camino tan rápido como sus pequeñas patitas le permitían, escuchando el canto de los canarios.

 – ¡Oh!,  ¡Oh, cómo me gustaría poder cantar!, pensó el armadillo.

 En el interior de la jaula, los canarios gorjeaban y se rieron.

 – ¡No seas ridículo!, ¡Los armadillos no pueden cantar!, cantaban los canarios.

 El pobre armadillo cansado, no podían mantenerse el ritmo del hombre de la jaula, y finalmente cayó agotado a la puerta de la casa del gran hechicero que vivía en la zona.  Al darse cuenta de dónde estaba, el armadillo decidió a pedir un deseo al mago.

 Tímidamente, el armadillo se acercó y le dijo:

 – Señor hechicero , lo que más deseo es aprender a cantar como las ranas, los grillos y canarios.

 El mago sonrió al oír las palabras de nuestro amigo, pero al darse cuenta de que el animalito iba en serio, se inclinó hasta él, lo miró a los ojos, y le dijo:

 – Lo siento, armadillo, puedo hacer poco por tí, porque no querrás pagar el precio que tiene el que tú puedas cantar: significaría tu muerte.

 – ¿Quieres decir que si me muero voy a ser capaz de cantar?, preguntó el armadillo con asombro.

 – Sí, así es, contestó el hechicero.

 – ¡Entonces quiero morir ahora mismo!, ¡haría cualquier cosa por ser capaz de cantar!, dijo el armadillo.

 El hechicero intentó convencerlo de todas las formas posibles de que cambiara de opinión, no quería quedarse con su vida a cambio de que cantara.

 Pero la criatura insistió, que el mago finalmente mató al armadillo, hizo un maravilloso instrumento musical de su concha, y se lo dio al mejor músico de la ciudad para que tocara música con él.

 A veces, el músico tocaba su instrumento en el estanque de las ranas, en la casa de los grillos o visitaba al hombre que tenía a los canarios y todos decían lo mismo:

 – ¡El armadillo ha aprendido a cantar!.

 Y así fue. El armadillo había aprendido a cantar por fin, y su voz era la mejor en la tierra. Pero al igual que los mejores  músicos del mundo , el armadillo sacrificó la vida por su arte.

 Leyenda Boliviana

 De: http://americanfolklore.net/

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