La ardilla y el caballo – T. Iriarte


Mirando estaba una ardilla
a un generoso alazán
que, dócil a espuela y rienda,
se adiestraba en galopar.
Viéndole hacer movimientos
tan veloces y a compás,
de aquesta suerte le dijo,
con muy poca cortedad:
– «¿Señor mío,ardilla
de ese brío,
ligereza
y destreza
no me espanto,
que otro tanto
suelo hacer, y acaso más.
Yo soy viva,
soy activa,
me meneo,
me paseo,
yo trabajo,
subo y bajo,
no me estoy quieta jamás».

 El paso detiene entonces
el buen potro y, muy formal,
en los términos siguientes
respuesta a la ardilla da:
«Tantas idas
y venidas,
tantas vueltascaballo
y revueltas
(quiero, amiga,
que me diga),
¿son de alguna utilidad?
Yo me afano,
mas no en vano.
Sé mi oficio,
y en servicio
de mi dueño
tengo empeño
de lucir mi habilidad».

 Conque algunos escritores
ardillas también serán,
si en obras frívolas gastan
todo el calor natural.

Algunos emplean en obras frívolas tanto afán como otros en las importantes

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El ratón y el gato – T. Iriarte


Tuvo Esopo famosas ocurrencias.
¡Qué invención tan sencilla! ¡Qué sentencias!
He de poner, pues que la tengo a mano,
una fábula suya en castellano.
«Cierto -dijo un ratón en su agujero-:
no hay prenda más amable y estupenda
que la fidelidad; por eso quieroel gato y el raton
tan de veras al perro perdiguero».
Un gato replicó: «Pues esa prenda
yo la tengo también…» Aquí se asusta
mi buen ratón, se esconde,
y torciendo el hocico le responde:
«¿Cómo? ¿La tienes tú?… Ya no me gusta».
La alabanza que muchos creen justa,
injusta les parece
si ven que su contrario la merece
.
«¿Qué tal, señor lector? La fabulilla
puede ser que le agrade y que le instruya».
«Es una maravilla;
dijo Esopo una cosa como suya».
«Pues mire usted: Esopo no la ha escrito;
salió de mi cabeza». «¿Conque es tuya?»
«Sí, señor erudito;
ya que antes tan feliz le parecía,
critíquemela ahora porque es mía».

Los dos loros y la cotorra – Tomás de Iriarte


De Santo Domingo trajo
dos loros una señora.
La isla es mitad francesa,
y la otra mitad española.
Así cada animalito
hablaba distinto idioma.
Pusiéronlos al balcón,
y aquello era Babilonia;
de francés y castellano
hicieron tal pepitoria.loros
Que al cabo ya no sabían
hablar ni una lengua ni otra.
el francés del español
tomó voces, aunque pocas;
el español al francés
casi se las tomó todas.
Manda el ama separarlos,
y el francés luego reforma
las palabras que aprendió
de lengua que no es de moda.
El español, al contrario,
no olvida la jerigonza,
y aun discurre que con ellas
ilustra su lengua propia.
Llegó a pedir en francés
los garbanzos de la olla,
y desde el balcón de enfrente
una erudita cotorra
la carcajada soltó,
haciendo del loro mofa.
el respondió solamente,
como por tacha afrentosa:
vos no sois una purista;
y ella dijo: a mucha honra.
¡Vaya, que los loros son
lo mismo que las personas!

Moraleja:
Los que corrompen su idioma no tienen otro desquite que llamar “puristas” a los que le hablan con propiedad, como si el serlo fuera tacha.