¿Por qué hablan los loros?


Los loros, como otras aves, tienen siringe, una membrana situada entre la tráquea y los bronquios  que les permite, con ayuda de dos cámaras, realizar dos sonidos simultáneamente. Además, tienen una lengua larga, que es la que les permite emitir voces. A través de pequeños movimientos, pueden dar forma al aire y diferenciar sonidos, de una forma muy similar a la del hombre.

Estas aves son seres sociales que se imitan unas a otras de forma que, si en un ambiente salvaje, los loros aprenden a comunicarse con sus pares imitando los sonidos que escuchan, cuando están en cautiverio, reproducen los sonidos emitidos por sus dueños. Por eso hablan, en el sentido humano de la palabra aunque también imitan a perros, gatos y a cualquier otro animal doméstico, e incluso recrearán los sonidos del timbre de la calle o del teléfono.

Se cree que, en un entorno doméstico, estas aves pueden usar la habilidad de repetir sonidos humanos como una acción de estímulo-respuesta, es decir, estos animales perciben un refuerzo positivo que obtienen mediente comida o atención.

Los loros son animales muy inteligentes y basta con que dediques tiempo a observarlos para darte cuenta de ello. De todos modos, entiendan o no lo que dicen, en un par de años pueden aprender entre 200 y 250 palabras que son capaces de utilizar en los momentos apropiados.

Parte de: https://misanimales.com/

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Solución a la adivinanza nº 84


Un loro

 

Mi loro


¡Qué bien vestido que está

EL LORO SABIO

de verde entero mi loro;
con su plátano y su choclo
qué buen banquete se da!
Por la mañana le digo:
¡Saca la pata, lorito;
di tu discurso, amiguito!
y él se viene, poco a poco,
acercándose de lado,
todo ojos, desconfiado;
todo verde, todo loro.

De: Javier Sologuren

El loro pelado


Desde temprano los loros del monte, bulliciosos, iban a comer choclos. Tenían a un loro loro_pelado_by_dokdibujoscentinela en el árbol más alto. Abrían los choclos y los picoteaban. Por eso, los peones los cazaban.

Un día, un peón hirió a uno. Ya en casa, sus hijos lo curaron y criaron, llamándole Pedrito. Vivía suelto, se burlaba de las gallinas y, a la hora del té, subía a la mesa a comer pan remojado en leche, pues era su delicia. Aprendió a hablar rápidamente. Una tarde, después de varios días de lluvias, se puso a volar feliz hasta llegar al río Paraná; donde, de pronto, vio brillar – a través de las ramas- dos luces verdes, como bichos de luz. Curioso, se acercó hasta identificar al tigre:

-¡Hola, amigo! -dijo el loro-. ¿Quieres rico pan con leche?

Creyó que el loro se burlaba; pero como tenía hambre, el tigre le dijo:

– “¡Bueno! ¡Pero acércate más, que soy sordo!”. Mentía: quería comérselo.

El loro se acercó y el tigre lanzó un zarpazo con las uñas. No lo mató, pero le arrancó las plumas y la cola. Gritó de dolor y voló, pero tropezando y cayéndose. Por fin, llegó a casa y se miró en el espejo. Era un feísimo loro pelado. Voló, entonces, hasta el hueco de un eucalipto y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza. En casa, todos lo extrañaban. Lo llamaban y no respondía. Creyeron, entonces, que había muerto y se echaron a llorar. Pero él seguía en su escondite, pues las plumas tardaban en crecer. Hasta que un día, todos -a la hora del té- lo vieron entrar, balanceándose como si nada. Rieron y lloraron, alabando la belleza de sus plumas sin saber que eran nuevas. Luego, Pedrito le contó todo a su amo. Y este, muy molesto, le dijo:loro

– “Necesitaba una piel de tigre para la estufa, y qué mejor si la obtengo gratis”.

Cogió su escopeta y emprendieron la caza. Pedrito debía entretenerlo para que él pudiera cazarlo.

– ¡Rico té con leche! -dijo Pedrito al llegar a la morada del tigre. y el tigre, enojadísimo, al reconocer al loro pelado, repitió:

– ¡Acércate más! ¡Soy sordo! -le mintió nuevamente. – ¡Pan con leche! ¡Está junto al árbol! -dijo Pedrito acercándose.

-¿A quién le hablas? -rugió, dando un gran salto que el lorito evitó a tiempo. Su amo apretó el gatillo y el tigre cayó muerto.

Ya en casa, la familia se enteró y lo felicitó por su hazaña. Y fueron muy felices. A Pedrito le gustaba acercarse a la piel del tigre; y lo invitaba, diciéndole:

– “¡Rica, papa! ¿Quieres té con leche?”. Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.


De: Horacio Quiroga