Los tres quejosos – Juan Eugenio Hartzenbusch


¡Qué mal (gritó la mona)
que estoy sin rabo!los tres quejosos
¡Qué mal estoy sin astas!
Repuso el asno.
Y dijo el topo:
Más debo yo quejarme,
que estoy sin ojos.
No reniegues, Camilo,
de tu fortuna;
que otros podrán dolerse
más de la suya.

Moraleja

Si se repara,
nadie en el mundo tiene
dicha colmada.

La flor Nomeolvides – Juan Eugenio Hartzenbusch


Por la orilla de un torrente
Dos esposos paseaban
El día que se juraron
Cariño eterno en las aras. sk4
En silencio pudibundo,
La amorosa desposada
El dulce desasosiego
Del pecho disimulaba.
Una flor azul celeste
Vio flotar sobre las aguas,
Y con un tierno suspiro
Dijo entre sí estas palabras:
«¡Flor infeliz! de una vida
Que ser no pudiera larga,
Bien temprano te despojan
Esas olas inhumanas.»
No pronunció en voz tan débil
Esta exclamación aciaga,
Que no la oyera el que vive
Anhelante de agradarla;
Y sin tomar más consejo
Que aquél que su amor le daba,
Tras la mata que fluctúa
En el torrente se lanza.
Pero ¡ay! que las recias olas
Al triste mancebo arrastran,
Y en un momento le llevan
Muy lejos de su adorada,
Que de susto y de congoja
Vacila al mover las plantas.
Ya en la desigual pelea
Fuerzas al náufrago faltan,
Cuando cerca de la margen
En un remanso se para, nomeolvides
Donde la flor se detiene
Y parece que le aguarda.
Hace un esfuerzo y la coge,
Y arrójasela a su amada;
Y ella, creyéndole salvo,
Los tiernos brazos le alarga.
¡En vano! que el agua quieta.
Profunda sima ocultaba,
Que tira a su centro al joven
Cual si cadenas le echara;
Y al hundirse en el abismo
Que rugiendo se lo traga,
El desdichado exclamó:
«Querida esposa del alma:
Para siempre de tu lado
El destino me separa;
No me olvides; ten memoria
Del que tanto te adoraba.»

Este trágico suceso,
Divulgado por la fama,
Dar hizo a la florecilla,
Origen de la desgracia,
El nombre de Nomeolvides,
Y Nomeolvides se llama.

El diamante y el cristal – Juan Eugenio Hartzenbusch


Cierto lapidario

perdió en un camino

un diamante tosco

y un cristal pulido.

A su camarada

el diamante dijo:

Yo salir espero

pronto de este sitio.

Piedra soy al cabo

de valor crecido:

quien me encuentre,

llena de oro su bolsillo.

El cristal picado

respondiole: Amigo,

mucho es lo que vales;

pero no te envidio.

Tú y un vil guijarro

parecéis lo mismo:

¿Quién, pues, ha de verte,

si te falta el brillo?

Unos pasajeros

acercarse miro:

vamos a ver de ambos

quién es preferido.

El cristal lanzaba

resplandores vivos,

y esto a los viajantes

reparar les hizo.

Bájanse a cogerle,

le alzan con cariño,

y entre tanto pisan

al diamante rico.

Y sin ser de nadie

desde entonces visto,

se quedó en el polvo

para siempre hundido.

 

Méritos ahora

húndese de fijo,

si les falta un poco

de charlatanismo.