Los tres monos sabios


La leyenda de los 3 monos sabios tiene su curioso origen en la mitología china, y es aquí donde se explica una historia protagonizada por tres llamativos personajes: Kikazaru, el mono que no oye , Iwazaru, el mono que no habla y Mizaru, el mono que no ve.

Estas tres singulares criaturas fueron enviadas por los dioses como observadores y como mensajeros. Debían tomar testimonio de los actos y las malas acciones de la humanidad para más tarde, ponerlas en conocimiento de las propias deidades. Ahora bien, estos mensajeros divinos actuaron según un conjuro mágico por el que les eran otorgadas dos virtudes y un defecto, siendo representados por el siguiente orden:

  • Kikazaru, el mono sordo, es quien observaba a todo el que cometía malas acciones. Más tarde, se las comunicaba al mono ciego mediante la voz.
  • Por su parte, Mizaru, el mono ciego, es quien trasmite los mensajes del mono sordo al mono que es mudo, a Iwazaru.
  • Iwazaru, por tanto es quien recibía los mensajes del mono ciego y quien a su vez velaba por el cumplimiento de la pena impuesta por los dioses hacia los humanos, puesto que era él quien decidía el castigo que estos debían recibir.

Lo que se desprende de esta historia es ante todo la necesidad de mantenernos siempre limpios de espíritu, evitando escuchar aquello que nos obligue a actuar de mala manera, a evitar hablar sin tener fundamento y a no ver las malas acciones como algo natural.

Anuncio publicitario

Los seis ciegos y el elefante


 

Una parábola india para tiempos revueltos: Los 6 ciegos y el ...

En la Antigüedad, vivían seis hombres ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era el más sabio. Exponían sus saberes y luego decidían entre todos quién era el más convincente.

Un día, discutiendo acerca de la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo. Como ninguno de ellos había tocado nunca uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar, y así salir de dudas.

Puestos en fila, con las manos en los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda que se adentraba en la selva. Pronto se dieron cuenta que estaban al lado de un gran elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema.
El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron tropezar y caer de bruces  contra  el costado del animal:

– “El elefante  –exclamó– es como una pared de barro secada al sol”.

El segundo avanzó con más precaución. Con las manos extendidas fue a dar con los colmillos:

– “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”.

Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la resiguió de arriba a abajo, notando su forma y movimiento.

– “Escuchad, este elefante es como una larga serpiente”.

Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y la resiguió con las manos. No tuvo dudas,

– “Es igual a una vieja cuerda” exclamo.

El quinto de los sabios se encontró con la oreja y dijo:

– “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano”.

El sexto sabio que era el más viejo, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas:

– “¡Escuchad! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.

Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Sentados de nuevo bajo la palmera que les ofrecía sombra retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera y creían que los demás estaban equivocados.

Moraleja

Para valorar las opiniones de los demás, hay que escuchar.

Cuento hindú