Platero y yo – Juan Ramón Jiménez


jrj zcJuan Ramón Jiménez nace en Huelva en un pueblecito llamado Moguer, el 23 de diciembre de 1881.  Tras años de vida en Madrid, regresa a Moguer anhelando su infancia, pero al regresar, se encuentra con un pueblo muy deteriorado peor de lo que esperaba, entonces se le ocurre escribir “Platero y yo”.

En 1956 le dieron el Premio Nobel, el mismo año en el que muere su mujer, Zenobia Camprubí (el amor de su vida). Dos años después en 1958, muere el poeta.

Juan Ramón Jiménez, en “Platero y yo”,  cuenta la historia de su relación con un burro llamado Platero. Él  y el animal son inseparables, entre ellos existe un vínculo muy fuerte, son grandes amigos. Juan Ramón le cuenta al burro sus sentimientos, a veces con palabras alegres y otras con palabras tristes, y le narra toda clase de noticias. Los platero y Juan Ramónvecinos del pueblo ven todo muy raro incluso los niños lo llaman loco porque es hombre solitario, al que solo se ve en compañía de su burro. El mismo Juan Ramón lo sabe, y es consciente de que su apariencia es algo extraña, va vestido de negro, con sombrero, y montado sobre Platero, La mayor parte del tiempo, lo pasa junto a su amigo paseando y leyendo por el campo porque ambos prefieren el silencio y la paz de la naturaleza.

Pero en vacaciones llegan los sobrinos de Juan Ramón, y todos juntos salen al campo y lo pasan tan bien que, cuando termina el verano y los niños se van, tanto él como Platero Platero 04los echan de menos.

También, algunas veces, ayudan a las personas que los necesitan cuando se encuentran a alguien mientras pasean, Platero, que es muy fuerte, echa una mano a quien haga falta.

Una mañana, Juan Ramón no oye la llamada de su burro y preocupado, va al establo; lo encuentra echado en su cama de paja, enfermo. Enseguida llega el médico, el doctor Darbón, y le dice que no hay nada que hacer, parece ser que Platero ha comido algo que le ha hecho daño, tiene la barriga hinchada, y al poco muere.

Juan Ramón se ha quedado solo, su burrito ya no está con él, lo entierra y recuerda los buenos momentos que han vividos juntos.

Pinchando sobre la fotografía, podéis leer un resumen de la obra y estoy convencida de que nos animaréis a  leerla después entera.

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Quien no te conozca que te compre – Juan Valera


No nos atrevemos a asegurarlo, pero nos parece y querernos suponer que el tío Cándido fue natural y vecino de la ciudad de Carmona.

Tal vez el cura que le bautizó no le dio el nombre de Cándido en la pila, sino que después todos cuantos le conocían y trataban le llamaron Cándido porque lo era en extremo. En todos los cuatro reinos de Andalucía no era posible hallar sujeto más inocente y sencillote.

El tío Cándido tenía además muy buena pasta.

Era generoso, caritativo y afable con todo el mundo. Como había heredado de su padre una haza, algunas aranzadas de olivar y una casita en el pueblo, y como no tenía hijos, aunque estaba casado, vivía con cierto desahogo.

Con la buena vida que se daba se había puesto muy lucio y muy gordo.

Solía ir a ver su olivar, caballero en un hermosísimo burro que poseía; pero el tío Cándido era muy bueno, pesaba mucho, no quería fatigar demasiado al burro y gustaba de hacer ejercicio para no engordar más. Así es que había tomado la costumbre de hacer a pie parte del camino, llevando el burro detrás asido del cabestro.

Ciertos estudiantes sopistas le vieron pasar un día en aquella disposición, o sea a pie, cuando iba ya de vuelta para su pueblo.

Iba el tío Cándido tan distraído que no reparó en los estudiantes.

Uno de ellos, que le conocía de vista y de nombre y sabía sus cualidades, informó de ellas a sus compañeros y los excitó a que hiciesen al tío Cándido una burla.

El más travieso de los estudiantes imaginó entonces que la mejor y la más provechosa sería la de hurtarle el borrico. Aprobaron y hasta aplaudieron los otros, y puestos todos de acuerdo, se llegaron dos en gran silencio, aprovechándose de la profunda distracción del tío Cándido, y desprendieron el cabestro de la jáquima. Uno de los estudiantes se llevó el burro, y el otro estudiante, que se distinguía por su notable desvergüenza y frescura, siguió al tío Cándido con el cabestro asido en la mano.

Cuando desaparecieron con el burro los otros estudiantes, el que se había quedado asido al cabestro tiró de él con suavidad. Volvió el tío Cándido la cara y se quedó pasmado al ver que en lugar de llevar el burro llevaba del diestro a un estudiante.

Este dio un profundo suspiro, y exclamó:

– Alabado sea el Todopoderoso.

– Por siempre bendito y alabado, -dijo el tío Cándido.

Y el estudiante prosiguió:

– Perdóneme usted, tío Cándido, el enorme perjuicio que sin querer le causo. Yo era un estudiante pendenciero, jugador, aficionado a mujeres y muy desaplicado. No adelantaba nada. Cada día estudiaba menos. Enojadísimo mi padre me maldijo, diciéndome: eres un asno y debieras convertirte en asno.

Dicho y hecho. No bien mi padre pronunció la tremenda maldición, me puse en cuatro pies sin poderlo remediar y sentí que me salía rabo y que se me alargaban las orejas. Cuatro años he vivido con forma condición asnales, hasta que mi padre, arrepentido de su dureza, ha intercedido con Dios por mí, y en este mismo momento, gracias sean dadas a su Divina Majestad, acabo de recobrar mi figura y condición de hombre.

Mucho se maravilló el tío Cándido de aquella historia, pero se compadeció del estudiante, le perdonó el daño causado y le dijo que se fuese a escape a presentarse a su padre y a reconciliarse con él.

No se hizo de rogar el estudiante, y se largó más que deprisa, despidiéndose del tío Cándido con lágrimas en los ojos y tratando de besarle la mano por la merced que le había hecho.

Contentísimo el tío Cándido de su obra de caridad se volvió a su casa sin burro, pero no quiso decir lo que le había sucedido porque el estudiante le rogó que guardase el secreto, afirmando que si se divulgaba que él había sido burro lo volvería a ser o seguiría diciendo la gente que lo era, lo cual le perjudicaría mucho, y tal vez impediría que llegase a tomar la borla de Doctor, como era su propósito.

Pasó algún tiempo y vino el de la feria de Mairena.

El tío Cándido fue a la feria con el intento de comprar otro burro.

Se acercó a él un gitano, le dijo que tenía un burro que vender y le llevó para que le viera.

Qué asombro no sería el del tío Cándido cuando reconoció en el burro que quería venderle el gitano al mismísimo que había sido suyo y que se había convertido en estudiante. Entonces dijo el tío Cándido para sí:

– Sin duda que este desventurado, en vez de aplicarse, ha vuelto a sus pasadas travesuras, su padre le ha echado de nuevo la maldición y cátale allí burro por segunda vez.

Luego, acercándose al burro y hablándole muy quedito a la oreja, pronunció estas palabras, que han quedado como refrán:

– Quien no te conozca que te compre.

 

 

 

Funiculí, funiculá


funicul ar

Un funicular (del latín funicŭlus, «cuerda»), es un medio de transporte usado en grandes pendientes, cuenta con dos cabinas enlazadas por un cable sobre una vía de ferrocarril, a modo de ascensor, de tal forma que mientras uno sube, el otro baja.

Esta es una famosa canción napolitana compuesta en 1880 por Luigi Denza con letra del periodista Peppino Turco. Conmemora la apertura del primer funicular del Monte Vesubio y se cantó por primera vez en el Hotel Quisisana, Hotel de Castellammare di Stabia. Tuvo gran éxito, de esa manera Turco y Denza la presentaron en el Festival de Piedigrotta en ese mismo año. Eduardo Oxenford, un cantautor inglés y traductor de libretos, publicó una versión que se popularizó en países de habla inglesa.

Seis años después de la composición de Funiculì, funiculà, el compositor alemán Richard Strauss escuchó la canción, durante una gira por Italia. Pensó que se trataba de un tema folclórico y lo incorporó a su sinfonía Aus Italien. Denza presentó una demanda contra él, ganó el pleito y, a partir de entonces, cobró un canon cada vez que el Aus Italien se ejecutaba en público.

Esta versión de Richard Strauss es la que oímos aquí, cantada por Luciano Pavarotti:

 

Por si queréis cantarla vosotros también,  (está en dialecto napolitano, algo diferente al italiano):

Aissera, Nanninè, me ne sagliette, tu saje addo’? (Tu saje addo’?)
Addo’ ‘stu core ‘ngrato cchiu’ dispietto, farme nun po’! (Farme nun po’!)
Addo’ lo fuoco coce, ma si fuie, te lassa sta! (Te lassa sta!)
E nun te corre appriesso, nun te struie, sulo a guarda’! (Sulo a guarda’!)
Jammo, jammo, ‘ncoppa jammo ja’,
jammo, jammo, ‘ncoppa jammo ja’.
Funiculí – funiculá, funiculí – funiculá,
‘ncoppa jammo ja’, funiculí – funiculá.
Nèh jammo: da la terra a la montagna,
no passo nc’è…
No passo nc’è…
Se vede Francia, Pròceta, la Spagna…
e io veco a te!
E io veco a te…
Tiráte co li ffune, ditto ‘nfatto,
‘ncielo se va…
‘Ncielo se va…
Se va comm’a lo viento e, a ll’intrasatto,
gué saglie sá’…
Gué saglie sá’…
Jammo, jammo,
‘ncoppa jammo ja’…
Jammo, jammo,
‘ncoppa jammo ja’…
Funiculí – funiculá,
funiculí – funiculá…
‘Ncoppa jammo ja’,
funiculí – funiculá….
Se n’ ‘e’ sagliuta, oi’ ne’, se n’ ‘e’ sagliuta, la capa già! (La capa già!)
E’ gghiuta, po’ e’ turnata, po’ e’ venuta, sta sempe cca’!(Sta sempe cca’!)
La capa vota, vota, attuorno, attuorno, attuorno a te! (Attuorno a te!)
Sto core canta sempe nu taluorno,sposammo,oi’ ne’!(Sposammo,oi’ ne’!)
Jammo, jammo, ‘ncoppa jammo ja’,
jammo, jammo, ‘ncoppa jammo ja’.
Funiculí – funiculá, funiculí – funiculá,
‘ncoppa jammo ja’, funiculí – funiculá

 

En español seria:

Ayer por la tarde, mi amor, fuí,
¿sabes adónde?
¡Adonde este ingrato corazón no puede pesarme más!
¡Adonde el fuego quema, pero si huyes
te permite ir!
¡Y no te sigue, no te quema, para que veas el cielo!…
Vamos, vamos de la mano, vamos para allá,
¡funiculì, funiculà!
¡Vamos desde el suelo a la montaña, mi amor! ¡Sin caminar!
Tú puedes ver Francia, España y Procida…
¡y yo puedo verte!
Tirado por una soga, no antes de decir que hacer,
vamos a los cielos ..
Vamos rápido como el viento, ¡subamos!, ¡subamos!
Vamos juntos, vamos para allá,
¡funiculì, funiculà!
¡Hemos subido, mi amor, ya hemos subido a la cima!
Ha ido, regresó y, a continuación, vuelve…
¡Está todavía aquí!
¡La vacía, vacía cumbre, alrededor, alrededor,
alrededor tuyo!
Este corazón todavía canta
y no es petulante
¡Vamos a casarnos, mi amor!
Vamos juntos, vamos para allá,
¡funiculì, funiculà!

El asno perdido


Lucas, labrador de un pueblo, se fue por la mañana a la feria, el día de San Miguel. Después de mucho mirar y remirar, compró seis burros y, muy contento, se puso en marcha para regresar a su casa.burros

Hizo la primera parte del camino a pie. Luego se sintió cansado y se montó en uno de los burros.

Al poco rato, se le ocurrió contar a los borricos que llevaba; y, ¡oh sorpresa!, no veía delante de sí más que cinco. Volvió a contar por segunda vez, y … los mismo: no salían en la cuenta más que cinco burros.

– ¡Qué disgusto! El pobre labrador miraba a todas partes. Contaba sus burros una y otra vez. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. ¡Caracoles, pues no hay más que cinco!.

Andando, andando, llegó a su casa medio desesperado. Sin apearse del burro, llamó a su mujer y le dijo:

– No me lo explico, mujer. En la feria compré seis burros. No he perdido ninguno y, por más que cuento no veo más que cinco.

– ¡Pobre tonto!, tranquilízate. Tú no cuentas más que cinco y yo veo ahora mismo siete!.

La ratita presumida – Charles Perrault


En un bonito pueblo había una casita que tenía fama por ser la más limpia y reluciente. En ella, vivía una simpática ratita que era muy, pero que muy presumida.
Un día, mientras barría la puerta de su casa, la Ratita vio algo en el suelo:ratita[1]

-¡Qué suerte, si es una moneda de oro! Me compraré una cinta de seda para hacerme un lazo. Entonces se fue a la mercería del pueblo y se compró el lazo más bonito.

-Tra, lará, larita, limpio mi casita, tra, lará, larita, limpio mi casita! cantaba la Ratita, mientras salía a la puerta para que todos la vieran.

– Buenos días, Ratita dijo el señor Burro. Todos los días paso por aquí, pero nunca me había fijado en lo guapa que eres.

– Gracias, señor Burro dijo la Ratita poniendo voz muy coqueta.

– Dime, Ratita, ¿te quieres casar conmigo?

– Tal vez – respondió la ratita -. Pero ¿cómo harás por las noches?

-¡Hiooo, hiooo! bufó el burro soltando su mejor rebuzno.

Y la Ratita contestó:

-¡Contigo no me puedo casar, porque con ese ruido me despertarás!

perro1 Se fue el Burro bastante disgustado, cuando, al pasar, dijo el señor Perro:

-¿Cómo es que hasta hoy no me había dado cuenta de que eres tan requetebonita?. Dime, Ratita ¿te quieres casar conmigo?

– Tal vez, pero antes dime: ¿cómo harás por las noches?

-¡Guauuu, guauuu.

-¡Contigo no me puedo casar, porque con ese ruido me despertarás!

Mientras, un Ratoncito que vivía cerca de su casa y que estaba enamorado de ella veía lo que pasaba. Se acercó y dijo:

-¡Buenos días, vecina!

-¡Ah!, eres tú! dijo sin hacerle caso.

-Todos los días estás preciosa, Pero hoy más. cat_4

-Muy amable, pero no puedo hablar contigo porque estoy muy ocupada.

Después de un rato pasó el señor Gato y dijo:

-Buenos días, Ratita, ¿sabes que eres la joven más bonita? ¿Te quieres casar conmigo?

-Tal vez dijo la Ratita-, pero ¿cómo harás por las noches?

-¡Miauuu, miauuu! contestó con un dulce maullido.

-¡Contigo me quiero casar, pues con ese maullido me acariciarás!

El día antes de la boda, el señor Gato invitó a la Ratita a comer unas cuantas golosinas al campo, pero mientras preparaba el fuego la Ratita miró en la cesta para sacar la comida, y…

Ratones-enamorados-¡Qué raro!, sólo hay un tenedor, un cuchillo y una servilleta; pero ¿dónde está la comida?

– ¡La comida eres tú! dijo el Gato, y enseñó sus colmillos.

  Cuando iba a comerse a la Ratita, apareció el Ratoncito, que, como no se fiaba del Gato, los había seguido hasta allí. Entonces, cogió un palo de la fogata y se lo puso en la cola para que saliera corriendo.

-Ratita, Ratita, eres la más bonita – le dijo el Ratoncito muy nervioso. ¿Te quieres casar conmigo?

– Tal vez, pero ¿cómo harás por las noches?

– Por las noches dijo él-, dormir y callar.

– Entonces, contigo me quiero casar.

Poco después se casaron y fueron muy pero que muy felices.

14. Final


Para flautín, clarinete, armónica de cristal, xilófono, 2 pianos, 2 violines, viola, violonchelo y contrabajo.

La música es muy alegre y tiene un tema que aparece más de una vez.
Esta pieza es la única que no tiene nombre de animal pero es como un resumen de toda la obra, así que aparecen varios animales en ella… El inicio es como la introducción y más adelante regresan los asnos salvajes, las gallinas, los canguros y los burros. Si prestas atención podrás buscar estos animales en la música.

El burro flautista – Iriarte


Esta fabulilla,

salga bien o mal,

me ha ocurrido ahora

por casualidad. el burro flautista

Cerca de unos prados

que hay en mi lugar,

pasaba un borrico

por casualidad.

Una flauta en ellos

halló, que un zagal

se dejó olvidada

por casualidad.

Acercóse a olerla

el dicho animal,

y dio un resoplido

por casualidad.

En la flauta el aire

se hubo de colar,

y sonó la flauta

por casualidad.

«¡Oh! -dijo el borrico-,

¡qué bien sé tocar!

¡Y dirán que es mala

la música asnal!»

Sin reglas del arte,

borriquitos hay

que una vez aciertan

por casualidad.

Sin reglas del arte, el que en algo acierta, acierta por casualidad