Kalala


Unos días antes de comenzar el colegio, mamá fue a hablar con la profesora. Mientras Imprimirellas trataban sus asuntos en el pasillo, a mí me dejaron curiosear en la que iba a ser mi clase durante todo el año. De un vistazo ya me di cuenta de que no era ni tan grande ni tan bonita como la del año pasado; muchos menos juguetes, más libros y menos colores. En la pared, en vez de láminas con dibujos alguien había colgado un mapa y algunas tablas llenas de números. Eso si, las mesas eran bastante más grandes y no os podéis hacer una idea de lo que me costó sentarme en la silla; y aún mucho peor fue bajarse de ella. A medida que la conversación de mamá con la profe se alargaba, mi aburrimiento crecía, así que me decidí ir a curiosear en el cesto de los juguetes un poco más en detalle. Unos coches, un tren, alguna pelota, una cuerda, dos saltadores y un par de muñecas era casi todo lo que allí había. 

Una de las muñecas lucía unas trenzas de lana roja y un precioso vestido de flores muyMuneca_de_trenzas_1 parecido a mi favorito, uno que me había regalado la abuela y que mamá sólo me dejaba ponerme cuando íbamos a visitarla. Ese era sin duda el mejor juguete del cajón, así que la cogí en brazos y me senté en el cómodo suelo almohadillado para jugar un rato.
Nada más tocarle ese pelo rojo ella empezó a hablar:
– Para empezar me presentaré –dijo- mi nombre es Kalala, ya sé que, como todos los años, cada niño me llama como quiera pero ese es mi nombre y quiero que lo sepas. Lo digo con la esperanza de que al menos tú, que tienes cara de espabilada, lo utilices cuando juguemos. Y tu niña ¿cómo te llamas?
Mi boca estaba tan abierta como la de papá la última vez que mamá llegó de la peluquería con un peinado nuevo, y mi expresión seguro que era tan rara como la que papá había puesto en ese momento. Yo no tengo un pelo de tonta y sé perfectamente que las muñecas hablan, pero sólo cuando tú quieres, y esa pelirroja atrevida se había puesto a hablar sin previo aviso y con toda la naturalidad del mundo. Suerte que, cuando eres niño, todo te parece normal y enseguida te haces a las circunstancias. Así que, primero y por educación, respondí a su pregunta con un simple “mi nombre es Ana” y después lógicamente, le pregunté lo que todos vosotros hubieseis preguntado en mi lugar.
– ¿Quién te ha enseñado a hablar sola?
Kalala me miró sorprendida y me dio una respuesta tan contundente que no dio lugar a replica alguna:
– Mírame, voy a cumplir 6 años, ¿de verdad esperabas que no supiese hablar? Que los mayores comentan esos errores tan tontos lo puedo entender, bueno, más bien estamos acostumbradas, pero tú debes de tener mi edad y tienes cara de chica lista, así que no me vengas con tonterías y aprovechemos el último día de vacaciones para charlar, sabes que a partir de mañana ya no podremos hacerlo, nos traería problemas a las dos.
Nos pusimos a hablar y a hablar y se nos pasó el tiempo volando. Ella me contó divertidas niñahistorias de los niños y niñas que habían pasado por esa clase el tiempo que llevaba allí, lo mucho que habían jugado juntos, lo divertida que era la profe, lo entretenidas e interesantes que eran las cosas que nos ayudaría a aprender, lo rápido que se pasaba el recreo para los niños y lo aburrido que era para ella el verano, a pesar de lo bien que se llevaban allí todos los juguetes.
Mientras, yo comencé a peinar sus preciosas trenzas un poco deshechas, le puse una chaqueta por si refrescaba, le conté estupendas aventuras de aquel verano y le até un zapato.
El juego y la charla terminaron cuando mamá y a la seño aparecieron por la puerta, muy sonrientes y algo apuradas. No hubo ni tiempo para despedidas pero supe que daba igual. Al día siguiente, al llegar a clase, lo primero que haría sería ir a saludar a mi nueva amiga, de la que por cierto, sería la única niña de la clase que sabría su nombre: Kalala. ¡Qué bien sonaba!
Esa misma noche, en la cama, pensé en la suerte que había tenido de haber hecho una nueva amiga, aun antes de comenzar las clases. Saber que ella me esperaría en el cole todos los días me hizo sentir más tranquila. Con unas enormes ganas de volver a verla me quedé dormida un poco destapada. Pero no os preocupéis, nunca me coge el frío, papá siempre me arropa antes de acostarse.

José Seoane Martínez

 De: http://www.guiadelnino.com/

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