La Cenicienta – Prokofiev

Basado en el cuento popular de Charles Perrault.Originalmente llamado “Cendrillon ou la petite pantoufle de verre” (Cenicienta o la pequeña zapatilla de cristal).
El ballet fue estrenado en el año 1945. Se divide en tres actos con música de Sergei Prokofiev. El argumento atrajo a Marius Petipa, cuando faltaban sólo siete años para concluir el siglo XIX.

La obra, titulada como el cuento, tuvo la inhabitual coreografía de tres importantes figuras: el propio Petipa, Lev Ivánov y el maestro de baile italiano Enrico Cecchetti. Fue estrenado en el Teatro Mariinski de San Petersburgo.

Acto I.  En casa de Cenicienta

Khudyshka y Kubyshka, hermanastras de Cenicienta, reciben las invitaciones para el baile de disfraces organizado en el castillo. Ambas se burlan de Cenicienta, que no ha sido invitada, por ser considerada la sirvienta de la casa.

Las hermanas bordan un chal para usar esa noche, mientras Cenicienta permanece en la cocina. Como de costumbre, las hermanastras cocontenido24871mienzan a discutir, y rompen el chal en dos. Se van, dejando sola a Cenicienta, que se dispone a limpiar la habitación. Al ver los trozos del chal, comienza a bailar, pero pronto recuerda que ella no está invitada a la fiesta. Su tristeza le trae el recuerdo de su madre: de ella conserva un par de zapatos y un avellano que le pidió plantar antes de morir y que, desde entonces, cuida con amor.

Llega su padre y trata de consolarla, pero cuando la madrastra regresa de comprar lujosas ropas para el baile, ataca a su marido e insulta a Cenicienta en un acceso de ira. La joven queda sola, obligada a los quehaceres de la casa. Aparece una mendiga, pidiendo comida y limosna. Cenicienta la invita a entrar y le ofrece un delicioso caldo. Al verle los pies desnudos y lastimados, con bondad y humildad, los lava y los cubre con los zapatos que le dejara su madre.

Empiezan los preparativos para la gran fiesta: llegan el maestro de corte y un músico, para instruir a las damas en las danzas cortesanas. Cuando todo está listo, parten dejando sola a Cenicienta. La joven comienza a bailar y a hacer reverencias, imaginándose junto al príncipe, pero pronto vuelve a sentarse, desanimada.

De pronto, aparece nuevamente la mendiga y, transformándose en un Hada, le promete a Cenicienta hacer realidad sus  deseos. En agradecimiento a su bondad, le obsequia a la muchacha un par de zapatos de cristal y convoca a las hadas de la primavera, el verano, el otoño y el invierno, con sus séquitos de flores, mariposas, luciérnagas, libélulas, saltamontes, quienes le traen vestimentas y adornos para el baile. Antes de partir hacia el castillo, el Hada madrina le advierte que debe regresar antes de las doce de la noche, y la conduce al gran reloj. De él salen seis enanitos guardianes, quienes le indicarán con su fanfarria el momento de abandonar el castillo.

Acto II. El baile de disfraces.

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Los invitados llegan al castillo y bailan danzas de corte. Llegan los cuatro amigos del príncipe acompañados de dos damas y, poco después, ingresan la madrastra,  sus hijas y el padre de Cenicienta. Khudyshka y Kubyshka se comportan groseramente. Cuando el príncipe hace su entrada, todas las damas intentan atraer su atención. El maestro de corte anuncia la llegada de Cenicienta, que aparece acompañada por las Hadas, sus pajes y los demás seres fantásticos. El Príncipe no puede apartar su mirada de ella y le pide que baile con él.
Los invitados se preguntan por la identidad de la hermosa muchacha qua ha despertado tanto interés en el príncipe. Un lacayo le alcanza a la joven tres naranjas, frutas altamente apreciadas en el reino, consideradas como el regalo más delicado que se le puede hacer a una doncella. Ella las acepta, pero las entrega, generosa, a sus hermanastras, que no la han reconocido. Como de costumbre, las jóvenes discuten para quedarse con la mejor y más colorida. Cenicienta y el príncipe se declaran su amor. La fiesta continúa. Cuando las doce campanadas anuncian la medianoche, el Hada, nuevamente vestida de mendiga, busca a Cenicienta. Aterrorizada, la joven huye del castillo, seguida por los enanitos y las demás figuras que conformaban su séquito. El príncipe corre tras ella, pero sólo encuentra el zapato de cristal que la joven perdió en su huida.

Acto III

- Escena I

El príncipe desea encontrar a la dueña del zapato, y convoca a los zapateros del reino. Los zapateros su muestran perplejos: no pueden descifrar quién lo fabricó ni a quién pertenece. El príncipe decide entonces partir él mismo en busca de la joven.

- Escena II

El Príncipe visita su reino. Allí, distintas muchachas intentan seducirlo, pero sin éxito: a ninguna de ellas le calza el mágico zapato de cristal. Decepcionado, el príncipe regresa al castillo.

- Escena III

En su hogar, Cenicienta piensa que todo ha sido un sueño. Sólo el zapato que escondió en su delantal le recuerda lo ocurrido la noche anterior. Entonces, aparecen sus hermanastras, contando historias pretenciosas sobre el baile, que desembocan, como siempre, en una pelea. El príncipe recorre la aldea buscando a la joven desconocida. Llega a la casa de Cenicienta, donde él y sus amigos son recibidos con grandes honores. Las hermanastras tratan infructuosamente de calzar sus enormes pies en el pequeño zapato y la madrastra, enloquecida, se muestra dispuesta a cortar los pies de sus hijas para que el príncipe tome a una de ellas por esposa.

Cenicienta se acerca para ayudar a sus hermanastras pero, sorprendida por la presencia de su amado, deja caer el zapato que guardaba en su delantal. El príncipe insiste en que la joven se pruebe el zapato, y descubre que le calza perfectamente. Confirmando que ella es la hermosa joven que conoció en el baile, decide tomarla por esposa. Las hermanastras le ofrecen sus reverencias a Cenicienta, que las acaricia con afecto y les perdona sus maltratos anteriores.

- Escena IV

Aparece el Hada Madrina y la escena se transforma. La casa se convierte en un maravilloso y mágico jardín. Dos amigos del príncipe se han enamorado de Khudyshka y Kubyshka. Las hadas, sus pajes, luciérnagas, libélulas, mariposas y saltamontes acompañan a Cenicienta. El Hada madrina y las criaturas mágicas desean buena suerte y felicidad eterna a los enamorados, que ascienden por una escalera a su nueva morada, llenos de gozo.

El lago de los cisnes – Tchaikowsky

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El lago de los cisnes es sin duda el ballet más popular de la historia.

La obra transcurre entre el amor y la magia, enlazando en sus cuadros la eterna lucha del bien y del mal. La protagonizan el príncipe Sigfrido, enamorado de Odette, joven convertida en cisne por el hechizo del malvado Von Rothbart y Odile el cisne negro e  hija del brujo.

El jardín del castillo del príncipe Sigfrido – Primer acto

Sigfrido cumple 20 años, y el joven príncipe está celebrando la ocasión en el jardín de su palacio. Jóvenes de los estados de alrededor han venido a rendirle tributo. Cuando todos empiezan a divertirse en la fiesta, el buen humor es interrumpido por la entrada de la Reina y sus damas de honor. Ella observa a sus amigos con considerable desdén.bufon Sigfrido se altera cuando su madre le señala que debe escoger pronto una esposa.
Su indicación, en el fondo, es una orden, y Sigfrido la rechaza obstinadamente. Mañana por la noche, su cumpleaños se celebrará formalmente con un baile en la corte, y allí, entre las más hermosas damas de la comarca, debe escoger a su futura esposa. Sigfrido ve que toda discusión es imposible y parece que se somete a su voluntad.
El Bufón, intenta restaurar el espíritu de la feliz ocasión. La noche comienza a caer. El Bufón, su amigo, sabe que Sigfrido debe distraerse en lo que queda de la velada. Oye el sonido de alas agitadas por encima, mira hacia arriba y ve en el cielo hermosos cisnes salvajes en pleno vuelo. El Bufón sugiere que el príncipe forme una partida de caza y vaya en busca de los cisnes. Sigfrido accede.

La orilla del lago – Segundo acto

La partida de caza comienza. A una pequeña distancia de ellos, se están deslizando plácidamente los cisnes. Conduciendo al grupo de cisnes hay una hermosa ave.odette_The_Swan_Princess_by_Haracacash
El príncipe camina a lo largo de la orilla del lago hacia los cisnes; cuando está a punto de seguirlos ve algo en la distancia que le hace vacilar. Se para cerca de la orilla, luego se retira rápidamente a través del claro para esconderse. Ha visto algo tan extraño y extraordinario que debe observarlo detenidamente en secreto.
Apenas se ha escondido, entra en el claro la más hermosa mujer que nunca ha visto. No puede creer lo que ven sus ojos, puesto que la joven parece ser a la vez cisne y mujer. Su hermosa cara está enmarcada por plumas de cisne, que se unen a su pelo. Su vestido, puro y blanco está embellecido con suaves plumas de cisne, y en su cabeza descansa la corona de la Reina de los Cisnes. La joven piensa que está sola y aterrorizada, todo su cuerpo tiembla, sus brazos se aprietan contra su pecho en una actitud, casi desvalida, de autoprotección; retrocede ante el príncipe, moviéndose frenéticamente, hasta el punto de caer desesperadamente al suelo. El príncipe, ya enamorado, le ruega que no se marche volando y ante su miedo el príncipe le indica que nunca le disparará, que la protegerá. Ella es Odette. El príncipe la saluda y dice que la honrará, pero le pregunta:

- ¿A qué se debe que seas la Reina de los Cisnes?

- El lago, – le explica – fue hecho con las lágrimas de mi madre. Mi madre lloraba porque un hechicero malvado, Von Rotbart, me convirtió en la Reina Cisne. Y seguiré siendo cisne, excepto entre la media noche y el amanecer, a no ser quemagosonidosweb2yj8 un hombre me ame, se case conmigo, y me sea fiel.

Sigfrido apoya las manos en su corazón y le dice que la ama, que se casará con ella y que nunca amará a otra, y promete su fidelidad. Ahora, indignado por el destino de su amor, quiere saber dónde se esconde Von Rotbart. Justo en este momento, el mago aparece a la orilla del lago. Su cara parecida a la de un búho es una odiosa máscara, tiende sus garras haciendo señas para que Odette vuelva a él. Von Rotbart señala amenazadoramente a Sigfrido. Odette se mueve entre ellos, suplicando piedad a Von Rotbart.

El príncipe le dice que debe ir la próxima noche al baile de palacio. Acaba de cumplir la mayoría de edad y debe casarse, y en el baile debe escoger a su novia. Odette le replica que no puede ir al baile hasta que no se case hasta que Von Rotbart no deje de tener poder sobre ella de otro modo el hechicero la descubriría y su amor peligraría.
Cuando los amantes han dejado el claro, las huestes de Odette, todos los cisnes que, como ella misma, asumen forma humana sólo en las horas entre la medianoche y el amanecer, entran bailando desde la orilla del lago.

El gran salón del castillo del príncipe Sigfrido – Tercer acto

El baile está a punto de comenzar.Embajadores de tierras extranjeras, ataviados con sus brillantes trajes nativos, han llegado a rendir tributo al príncipe en su cumpleaños. Se anuncia  la llegada de cinco hermosas muchachas, invitadas por la Reina como posibles novias para su hijo.
Sigfrido, piensa sólo en el claro a la orilla del lago y en su encuentro con Odette. Su madre le inquiere a que baile con sus invitadas.2054
Baila de forma automática e indiferente y se sume en una profunda melancolía. Un heraldo se apresura a informar a la Reina de que una extraña pareja ha llegado. No sabe quiénes son, pero manifiesta que la mujer posee una extraordinaria belleza.
Un caballero alto y con barba entra con su hija. Cuando el caballero se presenta a si mismo y a su hija Odile, a la Reina. Sigfrido, perturbado casi hasta perder el control mira fijamente a la hermosa joven. Está vestida de sobrio negro, pero es la viva imagen de su querida Odette. Se trata de Von Rotbart, que se ha transformado a si mismo y a su fingida hija para engañarlo y rompa la promesa hecha a Odette de que nunca amará a otra.
La Reina tiene ahora esperanzas de que su hijo se case con una dama de rango, como Odile aparenta ser, e invita a Von Rorbart a sentarse a su lado en el estrado.

Odile ha logrado enamorar a Sigfrido y éste piensa que no es otra que Odette. Mientras bailan los dos jóvenes Odette se deja ver en la distancia y hace señales a Sigfrido de que si continúa en esa actitud puede ser fatal para ella. Luego, Sigfrido se aproxima a Von Rotbart y pide la mano de Odile y éste da inmediatamente su consentimiento. En ese momento hay un estrépito de trueno. La sala de baile se oscurece. Rápidos destellos de luz muestran a los asustados cortesanos abandonando el salón de baile, a la princesa madre aturdida, y a Von Rotbart y Odile de pie ante el príncipe en triunfo final de autorrevelación. Sigfrido no puede soportar sus risas odiosas y crueles, y se vuelve para ver en la distancia la patética figura de Odette. Buscándole desesperadamente, con su cuerpo agitado por los sollozos. Cae al suelo atormentado por su falta.

La orilla del lago – Cuarto actothe_swan_princess_profilelarge

Las doncellas cisne se han agrupado a la orilla del lago. Cuando aparece llorando, intentan consolarla. Le recuerdan que  Sigfrido es solo un humano, que podría no haber conocido el hechizo, y podría no haber sospechado del plan de Von Rotbart. Sigfrido entra corriendo en el claro y busca frenéticamente a Odette entre los cisnes. Le toma entre sus brazos, pidiéndole que le perdone y jurándole su amor infinito. Odette le perdona pero le dice que no sirve para nada, pues su perdón se corresponde con su muerte. Cuando aparece Von Rotbart, Sigfrido le desafía, y tras la lucha Von Rotbart es vencido por la fuerza del amor del príncipe a Odette.

Los cisnes salvajes (I) – Andersen

Lejos de nuestras tierras, allá adonde van las golondrinas cuando el invierno llega a nosotros, vivía un rey que tenía once hijos y una hija llamada Elisa. Los once castillodisneymagickingdom hermanos eran príncipes; llevaban una estrella en el pecho y sable al cinto para ir a la escuela; escribían con pizarrín de diamante sobre pizarras de oro, y aprendían de memoria con la misma facilidad con que leían; en seguida se notaba que eran príncipes. Elisa, la hermana, se sentaba en un escabel de reluciente cristal, y tenía un libro de estampas que había costado lo que valía la mitad del reino.

¡Qué bien lo pasaban aquellos niños! Lástima que aquella felicidad no pudiese durar siempre.

Su padre, Rey de todo el país, casó con una reina perversa, que odiaba a los pobres niños. Ya al primer día pudieron ellos darse cuenta. Fue el caso, que había gran gala en todo el palacio, y los pequeños jugaron a «visitas»; pero en vez de recibir pasteles y manzanas asadas como se suele en tales ocasiones, la nueva Reina no les dio más que arena en una taza de té, diciéndoles que imaginaran que era otra cosa.

Hacía mucho tiempo que le había ya dicho al Rey tantas cosas malas de los príncipes, que éste acabó por desentenderse de ellos.p71600871

A la semana siguiente mandó a Elisa al campo, a vivir con unos labradores.

- ¡A volar por el mundo y apañaros por vuestra cuenta! -exclamó un día la perversa mujer-; ¡a volar como grandes aves sin voz!-.

Pero no pudo llegar al extremo de maldad que habría querido; los niños se transformaron en once hermosísimos cisnes salvajes. Con un extraño grito emprendieron el vuelo por las ventanas de palacio, y, cruzando el parque, desaparecieron en el bosque.

Era aún de madrugada cuando pasaron por el lugar donde su hermana Elisa yacía dormida en el cuarto de los campesinos; y aunque describieron varios círculos sobre el tejado, estiraron los largos cuellos y estuvieron aleteando vigorosamente, nadie los oyó ni los vio. Hubieron de proseguir, remontándose basta las nubes, por esos mundos de Dios, y se dirigieron hacia un gran bosque tenebroso que se extendía hasta la misma orilla del mar.

La pobre Elisita seguía en el cuarto de los labradores jugando con una hoja verde, único juguete que poseía. Abriendo en ella un agujero, miró el sol a su través y parecióle como si viera los ojos límpidos de sus hermanos; y cada vez que los rayos del sol le daban en la cara, creía sentir el calor de sus besos.

Pasaban los días, monótonos e iguales. Cuando el viento soplaba por entre los grandes setos de rosales plantados delante de la casa, susurraba a las rosas:

4ztcymp1- ¿Qué puede haber más hermoso que vosotras? –.

Pero las rosas meneaban la cabeza y respondían:

- Elisa es más hermosa –.

Cuando estaba en la vieja de la casa, sentada los domingos en el umbral, leía su devocionario, el viento le volvía las hojas, y preguntaba al libro:

- ¿Quién puede ser más piadoso que tú? -

Elisa es más piadosa -replicaba el devocionario; y lo que decían las rosas y el libro era la pura verdad. Porque aquel libro no podía mentir.

Habían convenido en que la niña regresaría a palacio cuando cumpliese los quince años; pero al ver la Reina lo hermosa que era, sintió rencor y odio, y la habría transformado en cisne, como a sus hermanos; sin embargo, no se atrevió a hacerlo en seguida, porque el Rey quería ver a su 0783 hija.

Por la mañana, muy temprano, fue la Reina al cuarto de baile, que era todo él de mármol y estaba adornado con espléndidos almohadones y cortinajes, y, cogiendo tres sapos, los besó y dijo al primero:

- Súbete sobre la cabeza de Elisa cuando esté en el baño, para que se vuelva estúpida como tú. Ponte sobre su frente -dijo al segundo-, para que se vuelva como tú de fea, y su padre no la reconozca -. Y al tercero: – Siéntate sobre su corazón e infúndele malos sentimientos, para que sufra -. Echó luego los sapos al agua clara, que inmediatamente se tiñó de verde, y, llamando a Elisa, la desnudó, mandándole entrar en el baño; y al hacerlo, uno de los sapos se le puso en la cabeza, el otro en la frente y el tercero en el pecho, sin que la niña pareciera notario; y en cuanto se incorporó, tres rojas flores de adormidera aparecieron flotando en el agua.

Aquellos animales ponzoñosos habían sido besados por la bruja, pero se transformaron en rosas encarnadas por el solo hecho de haber estado sobre la cabeza y sobre el corazón de la princesa, que era, demasiado buena e inocente para que los hechizos tuviesen acción sobre ella.

Al verlo la malvada Reina, frotóla con jugo de nuez, de modo que su cuerpo adquirió un tinte pardo negruzco; untóle luego la cara con una pomada apestosa y le desgreñó el cabello. Era imposible reconocer a la hermosa Elisa. Así que su padre se asustó al verla, y dijo que no era su hija. Nadie la reconoció, excepto el perro mastín y las golondrinas; pero eran pobres animales cuya opinión no contaba.

La pobre Elisa rompió a llorar, pensando en sus once hermanos ausentes. Salió, angustiada, de palacio, y durante todo el día estuvo vagando por campos y eriales, adentrándose en el bosque inmenso. No sabía adónde dirigirse, pero se sentía acongojada y anhelante por encontrar a sus hermanos, que a buen seguro andarían también vagando por el amplio mundo. Entonces se hizo el propósito de buscarlos.

Llevaba poco rato en el bosque, cuando se hizo de noche; la doncella había perdido el camino. Tendióse sobre el blando musgo, y, rezadas sus oraciones vespertinas, reclinó la cabeza sobre un tronco de árbol. Reinaba un silencio absoluto, el aire estaba tibio, y en la hierba y el musgo que la rodeaban lucían las verdes lucecitas de centenares de luciérnagas, cuando tocaba con la mano una de las ramas, los insectos luminosos caían al suelo como estrellas fugaces.

Toda la noche estuvo soñando en sus hermanos. De nuevo los veía de niños, jugando, escribiendo en la pizarra de oro con pizarrín de diamante y contemplando el maravilloso libro de estampas que había costado medio reino; pero no escribían en el tablero, como antes, ceros y rasgos, sino las osadísimas gestas que habían realizado y todas las cosas que habían visto y vivido; y en el libro todo cobraba vida, los pájaros cantaban, y las personas salían de las páginas y hablaban con Elisa y sus hermanos; pero cuando volvía la hoja saltaban de nuevo al interior, para que no se produjesen confusiones en el texto.

Cuando despertó, el sol estaba ya alto sobre el horizonte. Elisa no podía verlo, pues los altos árboles formaban un techo de espesas ramas; pero los rayos jugueteaban allá fuera como un ondeante velo de oro. El campo esparcía sus aromas, y las avecillas venían a posarse casi en sus hombros; oía el chapoteo del agua, pues fluían en aquellos alrededores muchas y caudalosas fuentes, que iban a desaguar en un lago de límpido fondo arenoso. Había, si, matorrales muy espesos, pero en un punto los ciervos habían hecho una ancha abertura, y por ella bajó Elisa al agua. Era ésta tan cristalina, que, de no haber agitado el viento las ramas y matas, la muchacha habría podido pensar que estaban pintadas en el suelo; tal era la claridad con que se reflejaba cada hoja, tanto las bañadas por el sol como las que se hallaban en la sombra.

Al ver su propio rostro tuvo un gran sobresalto, tan negro y feo era; pero en cuanto se hubo frotado los ojos y la frente con la mano mojada, volvió a brillar su blanquísima piel. Se desnudó y metióse en el agua pura; en el mundo entero no se habría encontrado una princesa tan hermosa como ella.

Vestida ya de nuevo y trenzado el largo cabello, se dirigió a la fuente borboteante, bebió del hueco de la mano y prosiguió su marcha por el bosque, a la ventura, sin saber adónde. Pensaba en sus hermanos y en Dios misericordioso, que seguramente no la abandonaría: El hacía crecer las manzanas silvestres para alimentar a los hambrientos; y la guió hasta uno de aquellos árboles, cuyas ramas se doblaban bajo el peso del fruto. Comió de él, y, después de colocar apoyos para las ramas, adentróse en la parte más oscura de la selva. P7160088

La noche siguiente fue muy oscura; ni una diminuta luciérnaga brillaba en el musgo. Ella se echó, triste, a dormir, y entonces tuvo la impresión de que se apartaban las ramas extendidas encima de su cabeza y que Dios Nuestro Señor la miraba con ojos bondadosos, mientras unos angelitos le rodeaban y asomaban por entre sus brazos. Al despertarse por la mañana, no sabía si había soñado o si todo aquello había sido realidad.

Anduvo unos pasos y se encontró con una vieja que llevaba bayas en una cesta. La mujer le dio unas cuantas, y Elisa le preguntó si por casualidad había visto a los once príncipes cabalgando por el bosque.

- No -respondió la vieja-, pero ayer vi once cisnes, con coronas de oro en la cabeza, que iban río abajo.

Acompañó a Elisa un trecho, hasta una ladera a cuyo pie serpenteaba un riachuelo. Los árboles de sus orillas extendían sus largas y frondosas ramas al encuentro unas de otras, y allí donde no se alcanzaban por su crecimiento natural, las raíces salían al exterior y formaban un entretejido por encima del agua. Elisa dijo adiós a la vieja y siguió por la margen del río, hasta el punto en que éste se vertía en el gran mar abierto.

Frente a la doncella se extendía el soberbio océano, pero en él no se divisaba ni una vela, ni un bote. ¿Cómo seguir adelante? Consideró las innúmeras piedrecitas de la playa, redondeadas y pulimentadas por el agua. Cristal, hierro, piedra, todo lo acumulado allí había sido moldeado por el agua, a pesar de ser ésta mucho más blanda que su mano. «La ola se mueve incesantemente y así alisa las cosas duras; pues yo seré tan incansable como ella. Gracias por vuestra lección, olas claras y saltarinas; algún día, me lo dice el corazón, me llevaréis al lado de mis hermanos queridos».

Entre las algas arrojadas por el mar a la playa yacían once blancas plumas de cisne, que la niña recogió, haciendo un haz con ellas. Estaban cuajadas de gotitas de agua, rocío o lágrimas, ¿quién sabe?. Se hallaba sola en la orilla, pero no sentía la soledad, pues el mar cambiaba constantemente; en unas horas se transformaba más veces que los lagos en todo un año. Si avanzaba una gran nube negra, el mar parecía decir: «¡Ved, qué tenebroso puedo ponerme!». Luego soplaba viento, y las olas volvían al exterior su parte blanca. Pero si las nubes eran de color rojo y los vientos dormían, el mar podía compararse con un pétalo de rosa; era ya verde, ya blanco, aunque por mucha calma que en él reinara, en la orilla siempre se percibía un leve movimiento; el agua se levantaba débilmente, como el pecho de un niño dormido.

image054 A la hora del ocaso, Elisa vio que se acercaban volando once cisnes salvajes coronados de oro; iban alineados, uno tras otro, formando una larga cinta blanca. Elisa remontó la ladera y se escondió detrás de un matorral; los cisnes se posaron muy cerca de ella, agitando las grandes alas blancas.

No bien el sol hubo desaparecido bajo el horizonte, desprendióse el plumaje de las aves y aparecieron once apuestos príncipes: los hermanos de Elisa. Lanzó ella un agudo grito, pues aunque sus hermanos habían cambiado mucho, la muchacha comprendió que eran ellos; algo en su interior le dijo que no podían ser otros. Se arrojó en sus brazos, llamándolos por sus nombres, y los mozos se sintieron indeciblemente felices al ver y reconocer a su hermana, tan mayor ya y tan hermosa. Reían y lloraban a la vez, y pronto se contaron mutuamente el cruel proceder de su madrastra.

- Nosotros – dijo el hermano mayor- volamos convertidos en cisnes salvajes mientras el sol está en el cielo; pero en cuanto se ha puesto, recobramos nuestra figura humana; por eso debemos cuidar siempre de tener un punto de apoyo para los pies a la hora del anochecer, pues entonces si volásemos hacia las nubes, nos precipitaríamos al abismo al recuperar nuestra condición de hombres. No habitamos aquí; allende el océano hay una tierra tan hermosa como ésta, pero el camino es muy largo, a través de todo el mar, y sin islas donde pernoctar; sólo un arrecife solitario emerge de las aguas, justo para descansar en él pegados unos a otros; y si el mar está muy movido, sus olas saltan por encima de nosotros; pero, con todo, damos gracias a Dios de que la roca esté allí. En ella pasamos la noche en figura humana; si no la CISNE SALVAJE hubiera, nunca podríamos visitar nuestra amada tierra natal, pues la travesía nos lleva dos de los días más largos del año. Una sola vez al año podemos volver a la patria, donde nos está permitido permanecer por espacio de once días, volando por encima del bosque, desde el cual vemos el palacio en que nacimos y que es morada de nuestro padre, y el alto campanario de la iglesia donde está enterrada nuestra madre. Estando allí, nos parece como si árboles y matorrales fuesen familiares nuestros; los caballos salvajes corren por la estepa, como los vimos en nuestra infancia; los carboneros cantan las viejas canciones a cuyo ritmo bailábamos de pequeños; es nuestra patria, que nos atrae y en la que te hemos encontrado, hermanita querida. Tenemos aún dos días para quedarnos aquí, pero luego deberemos cruzar el mar en busca de una tierra espléndida, pero que no es la nuestra. ¿Cómo llevarte con nosotros? no poseemos ningún barco, ni un mísero bote, nada en absoluto que pueda flotar.

- ¿Cómo podría yo redimiros? -preguntó la muchacha.

thewildswan Estuvieron hablando casi toda la noche, y durmieron bien pocas horas.

Elisa despertó con el aleteo de los cisnes que pasaban volando sobre su cabeza. Sus hermanos, transformados de nuevo, volaban en grandes círculos, y, se alejaron; pero uno de ellos, el menor de todos, se había quedado en tierra; reclinó la cabeza en su regazo y ella le acarició las blancas alas, y así pasaron juntos todo el día. Al anochecer regresaron los otros, y cuando el sol se puso recobraron todos su figura natural.

- Mañana nos marcharemos de aquí para no volver hasta dentro de un año; pero no podemos dejarte de este modo. ¿Te sientes con valor para venir con nosotros? Mi brazo es lo bastante robusto para llevarte a través del bosque, y, ¿no tendremos entre todos la fuerza suficiente para transportarte volando por encima del mar?

- ¡Sí, llevadme con vosotros! -dijo Elisa.

Emplearon toda la noche tejiendo una grande y resistente red con juncos y flexible corteza de sauce. Tendióse en ella Elisa, y cuando salió el sol y los hermanos se hubieron transformado en cisnes salvajes, cogiendo la red con los picos, echaron a volar con su hermanita, que aún dormía en ella, y se remontaron hasta las nubes. Al ver que los rayos del sol le daban de lleno en la cara, uno de los cisnes se situó volando sobre su cabeza, para hacerle sombra con sus anchas alas extendidas.

Os presento ahora una obra de un autor que conocéis ya muchísimo: Tchaikovski, es el “Lago de los cisnes”, más adelante  contaré la historia pero, para ir abriendo boca, tenéis este fragmento:

El patito feo – Andersen (para la diversidad)

Era una hermosa tarde a fines del verano. Mamá pata había hecho su nido en la orilla del arroyo.uglyduckling

-Estos patitos tardan mucho en romper el cascarón -dijo, dando un suspiro.

Mamá pata estaba sola empollando sus huevos. Los demás patos se hallaban demasiado ocupados nadando y no venían a conversar con ella. Por fin, los patitos empezaron a golpear el cascarón con el pico hasta que lograron romperlo y pudieron salir. Uno a uno, se aventuraron a dar sus primeros pasos por el nido. Después de unos cuantos tropezones, se sacudieron y observaron. Los patitos estaban maravillados.

- ¡Qué grande es el mundo! -decían, y en efecto así parecía después de haber estado metidos en un huevo.

- El mundo es mucho más grande -explicó mamá pata-. ¿Ya salieron todos? ¡Ay, no! Todavía falta aquel huevo grande.

Una vieja pata se acercó a mirar.

- Ese debe ser un huevo de pavo -dijo-. A mí me ocurrió eso mismo una vez. ¡No te imaginas mi preocupación! El chiquillo no se acercaba al agua por más que yo trataba de obligarlo. Mi consejo es que dejes ese huevo quieto y no le prestes atención -concluyó la vieja pata.

“No importa”, pensó mamá pata. “Voy a empollarlo un rato más”.

Al poco tiempo, mamá pata escuchó un “toc, toc”. Era el nuevo bebé que sacaba la cabeza del cascarón.

- “Éste no es un pavo”, pensó mamá pata al verlo caminar. “Pero es tan grande y feo… Bueno, haré lo mejor que pueda”.

Al día siguiente, mamá pata los llevó a todos a nadar. El primer patito se lanzó al agua. ¡Plash! Luego, uno a uno se fueron zambullendo en el estanque, incluido el patito feo, y segundos después, todos se deslizaban suavemente en el agua.
Luego, mamá pata llevó a la familia al corral de las aves.

- Háganle la venia a la gran pata mayor -dijo mamá pata-. La cinta que lleva alrededor de la pata le confiere distinción y honorabilidad.

Los patitos hicieron la venia con gran respeto. Luego, el pavo se acercó a mirarlos.

-¡Nunca había visto un patito tan grande y feo! -graznó.

EL%20PATITO%20FEO Ahí comenzaron los problemas del patito feo. Todos lo trataban mal porque no era como los demás. Los otros patitos lo g golpeaban y las gallinas lo picoteaban. El pobre patito feo se sentía muy triste. A medida que pasaba el tiempo, las cosas empeoraban. Nadie lo quería porque era diferente. Llegó un día en que el patito feo ya no aguantó más y huyó del corral. Corrió tan rápido como se lo permitían sus patas, hasta que se internó en el bosque. Como no sabía dónde estaba, decidió seguir corriendo sin parar. Por fin, llegó hasta un gran pantano en donde vivían unos patos salvajes. Allí se quedó, escondido bajo un matorral. Se sentía agotado y muy solo. A la mañana siguiente, los patos salvajes se acercaron a mirar al recién llegado.

- Hola -dijeron-. ¿Quién eres?

- Soy un pato de granja -respondió el patito feo, notando que los patos salvajes tenían un aspecto muy diferente a los patos del corral.

- ¿Un pato? -exclamaron-. ¡Jamás habíamos visto un pato tan torpe como tú! Pero puedes quedarte aquí, si quieres. Hay espacio para todos.

El patito feo estaba feliz de poder quedarse en el pantano, lejos de los crueles animales de la granja. El clima empezó a enfriar y las hojas de los árboles comenzaron a ponerse rojas y amarillas. Había llegado el otoño. Un día, el patito feo estaba buscando algo de comer entre los juncos, cuando dos jóvenes gansos se posaron junto a él.532399000_b1b1edaba1_o

- ¡Hola, amigo! -saludaron-. ¿Quieres venir con nosotros? Vamos a otro pantano, donde hay otros gansos como nosotros.

Diciendo esto, alzaron el vuelo. Al patito feo le gustó la idea. Sin embargo, no había alcanzado a moverse cuando escuchó unos disparos. Aterrado, vio que los gansos caían al pantano. Un perro enorme corría a sacarlos. Se oían disparos de escopeta por todas partes. Otro perro llegó saltando por entre los juncos y por poco le pasa por encima al patito feo. El perro lo miró un instante y luego se fue.

- ¡Qué suerte! -exclamó el patito feo, jadeante-. Soy tan feo que ni siquiera los perros me quieren.

El patito feo pasó todo el día escondido entre los juncos. Finalmente, cuando el sol se ocultó, los perros se fueron y ya no hubo más disparos. Entonces, salió del agua y corrió por el bosque. Ya era de noche y el viento soplaba con fuerza. De repente, el patito feo se encontró frente a una casa que parecía abandonada. Una tenue luz se vislumbraba a través de la desbaratada puerta.

- “Debo resguardarme de este viento”, pensó el patito feo.

Entonces se metió por una rendija de la puerta y buscó un rincón para pasar la noche. En la casa vivía una anciana con un gato y una gallina.

- ¿Y quién es éste? -preguntó la anciana al día siguiente, al ver al patito feo. Él le explicó todo lo que había sucedido.

- Si ronroneas y pones huevos, te puedes quedar -dijo la anciana.

patito feoPor supuesto, el pobre patito feo no podía hacer ninguna de estas dos cosas. Se quedó triste y pensativo en un rincón, recordando cuán feliz había sido en el pantano. Al fin, el patito feo le dijo a la gallina:

- Quiero conocer el mundo.

-¡Estás loco! -comentó la gallina-. Pero no te voy a detener.

El patito feo logró llegar a un gran estanque. Allí pasaba los días nadando bajo el sol. En cierta ocasión, pasaron volando unas aves de cuello muy largo. Era la primera vez que el patito feo veía aves tan hermosas.

- “Me encantaría ser su amigo”, pensó.

Los vientos helados del invierno comenzaron a soplar. En poco tiempo, el agua del estanque empezó a congelarse. Era imposible soportar tanto frío.

Por fortuna, un campesino que pasaba por allí salvó al patito de morir congelado y se lo llevó a su casa, que estaba calientita. Lamentablemente, los hijos del campesino no lo dejaban en paz. Se la pasaban correteándolo por todas partes. En la primera oportunidad que tuvo, el patito feo se escapó.

De alguna manera, el patito feo logró sobrevivir en el invierno. Una buena mañana, extendió las alas para sentir mejor el calor del sol. Casi sin darse cuenta, empezó a volar y llegó hasta un jardín con un gran estanque en medio. Tres hermosas aves blancas flotaban con elegancia en el agua. Eran cisnes, pero él no lo sabía.

- “Voy a hablarles” se dijo. “Quizás me rechacen por ser tan feo, pero prefiero eso a que me picoteen las gallinas”.

Se deslizó lentamente hacia donde estaban los cisnes e inclinó la cabeza. ¡Sorprendido, vio en el agua el reflejo de otro cisne hermoso!

- ¡Mira, hay otro cisne! -dijeron unos niños que observaban el estanque desde la orilla-. ¡Es el más lindo de todos!

Al patito feo, que no era un pato sino un cisne, se le llenó el corazón de inmensa felicidad. ¡Al fin había encontrado su hogar!

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La música que os pongo a continuación es de nuestro gran amigo Tchaikovski, de su obra “El lago de los cisnes”, el vals:

Es el primero de los tres ballets que escribió nuestro compositor ruso. Uno de los mejores lugres para disfrutar de esta música es en el escenario natural de la Isleta Menor del Viejo bosque de Chapultepec (México)

La cajita de yesca – Andersen

Por la carretera marchaba un soldado marcando el paso. ¡Un, dos, un, dos! Llevaba la mochila al hombro y un sable al costado, pues venía de la guerra, y ahora iba a su pueblo. Mas he aquí que se encontró en el camino con una vieja bruja. ¡Uf!, ¡qué espantajo!, con aquel labio inferior que le colgaba hasta el pecho.

- “¡Buenas tardes, soldado!” le dijo. “¡Hermoso sable llevas, y qué mochila tan grande! Eres un soldado hecho y derecho. Voy a enseñarte la manera de tener todoBruja%20del%20Oeste%20copia%20para%20dream el dinero que desees.”

- “¡Gracias, vieja bruja!” respondió el soldado.

- “¿Ves aquel árbol tan corpulento?” prosiguió la vieja, señalando uno que crecía a poca distancia. “Por dentro está completamente hueco. Pues bien, tienes que trepar a la copa y verás un agujero; te deslizarás por él hasta que llegues muy abajo del tronco. Te ataré una cuerda alrededor de la cintura para volverte a subir cuando llames.”

- “¿Y qué voy a hacer dentro del árbol?” preguntó el soldado.

- “¡Sacar dinero!” exclamó la bruja. “Mira; cuando estés al pie del tronco te encontrarás en un gran corredor muy claro, pues lo alumbran más de cien lámparas. Verás tres puertas; podrás abrirlas, ya que tienen la llave en la cerradura. Al entrar en la primera habitación encontrarás en el centro una gran caja, con un perro sentado encima de ella. El animal tiene ojos tan grandes como tazas de café; pero no te apures. Te daré mi delantal azul; lo extiendes en el suelo, coges rápidamente al perro, lo depositas sobre el delantal y te embolsas todo el dinero que quieras; son monedas de cobre. Si prefieres plata, deberás entrar en el otro aposento; en él hay un perro con ojos tan grandes como ruedas de molino; pero esto no debe preocuparse. Lo pones sobre el delantal y coges dinero de la caja. Ahora bien, si te interesa más el oro, puedes también obtenerlo, tanto como quieras; para ello debes entrar en el tercer aposento. Mas el perro que hay en él tiene los ojos tan grandes como la Torre Redonda. ¡A esto llamo yo un perro de verdad! Pero nada de asustarte. Lo colocas sobre mi delantal, y no te hará ningún daño, y podrás sacar de la caja todo el oro que te venga en gana.”

yesquero – “¡No está mal!” exclamó el soldado. “Pero, ¿qué habré de darte, vieja bruja? Pues supongo que algo querrás para ti.”

- “No,” contestó la mujer, “ni un céntimo. Para mí sacarás un viejo yesquero, que mi abuela se olvidó ahí dentro, cuando estuvo en el árbol la última vez.”

- “Bueno, pues átame ya la cuerda a la cintura,” convino el soldado.

- “Ahí tienes,” respondió la bruja, “y toma también mi delantal azul.”

Subióse el soldado a la copa del árbol, se deslizó por el agujero y, tal como le dijera la bruja, se encontró muy pronto en el espacioso corredor en el que ardían las lámparas.
Y abrió la primera puerta. ¡Uf! Allí estaba el perro de ojos como tazas de café, mirándolo fijamente.

- “¡Buen muchacho!” dijo el soldado, cogiendo al animal y depositándolo sobre el delantal de la bruja. Llenóse luego los bolsillos de monedas de cobre, cerró lasoldado yesca caja, volvió a colocar al perro encima y pasó a la habitación siguiente. En efecto, allí estaba el perro de ojos como ruedas de molino.

- “Mejor harías no mirándome así,” le dijo. “Te va a doler la vista.” Y sentó al perro sobre el delantal. Al ver en la caja tanta plata, tiró todas las monedas de cobre que llevaba encima y se llenó los bolsillos y la mochila de las del blanco metal. Pasó entonces al tercer aposento. Aquello presentaba mal cariz; el perro tenía, en efecto, los ojos tan grandes como la Torre Redonda, y los movía como sí fuesen ruedas de molino.

- “¡Buenas noches!” dijo el soldado llevándose la mano a la gorra, pues perro como aquel no lo había visto en su vida. Una vez lo hubo observado bien, pensó: “Bueno, ya está visto,” cogió al perro, lo puso en el suelo y abrió la caja. ¡Señor, y qué montones de oro! Habría como para comprar la ciudad de Copenhague entera, con todos los cerditos de mazapán de las pastelerías y todos los soldaditos de plomo, látigos y caballos de madera de balancín del mundo entero. ¡Allí sí que había oro, palabra! Tiró todas las monedas de plata que llevaba encima, las reemplazó por otras de oro, y se llenó los bolsillos, la mochila, la gorra y las botas de tal modo que apenas podía moverse. ¡No era poco rico, ahora! Volvió a poner al perro sobre la caja, cerró la puerta y, por el hueco del tronco, gritó: “¡Súbeme ya, vieja bruja!”

- “¿Tienes el yesquero?” preguntó la mujer.

- “¡Caramba!” exclamó el soldado, “¡pues lo había olvidado!” Y fue a buscar la bolsita, con la yesca y el pedernal dentro. La vieja lo sacó del árbol, y nuestro hombre se encontró de nuevo en el camino, con los bolsillos, las botas, la mochila y la gorra repletos de oro.

- “¿Para qué quieres el yesquero?” preguntó el soldado.

- “¡Eso no te importa!” replicó la bruja. “Ya tienes tu dinero; ahora dame la bolsita.”

- “¿Conque sí, eh?” exclamó el mozo. “¡Me dices enseguida para qué quieres el yesquero, o desenvaino el sable y te corto la cabeza!”

- “¡No!” insistió la mujer.

Y el soldado le cercenó la cabeza y dejó en el suelo el cadáver de la bruja. Puso todo el dinero en su delantal, colgóselo de la espalda como un hato, guardó también el yesquero y se encaminó directamente a la ciudad.

Era una población magnífica, y nuestro hombre entró en la mejor de sus posadas y pidió la mejor habitación y sus platos preferidos, pues ya era rico con tanto dinero.

Al criado que recibió orden de limpiarle las botas ocurriósele que eran muy viejas para tan rico caballero; pero es que no se había comprado aún unas nuevas. Al día siguiente adquirió unas botas como Dios manda y vestidos elegantes. Y ahí tenéis al soldado convertido en un gran señor. Le contaron todas las magnificencias que contenía la ciudad, y le hablaron del Rey y de lo preciosa que era la princesa, su hija.cache_884488012

- “¿Dónde se puede ver?” preguntó el soldado.

- “No hay medio de verla,” le respondieron. “Vive en un gran palacio de cobre, rodeado de muchas murallas y torres. Nadie, excepto el Rey, puede entrar y salir, pues existe la profecía de que la princesa se casará con un simple soldado, y el Monarca no quiere pasar por ello.”

- “Me gustaría verla,” pensó el soldado; pero no había modo de obtener una autorización.

El hombre llevaba una gran vida: iba al teatro, paseaba en coche por el parque y daba mucho dinero a los pobres, lo cual decía mucho en su favor. Se acordaba muy bien de lo duro que es no tener una perra gorda. Ahora era rico, vestía hermosos trajes e hizo muchos amigos, que lo consideraban como persona excelente, un auténtico caballero, lo cual gustaba al soldado. Pero como cada día gastaba dinero y nunca ingresaba un céntimo, al final le quedaron sólo dos ochavos. Tuvo que abandonar las lujosas habitaciones a que se había acostumbrado y alojarse en la buhardilla, en un cuartucho sórdido bajo el tejado, limpiarse él mismo las botas y coserlas con una aguja saquera. Y sus amigos dejaron de visitarlo; ¡había que subir tantas escaleras!

Un día, ya oscurecido, se encontró con que no podía comprarse ni una vela, y entonces se acordó de un cacho de yesca que había en la bolsita sacada del árbol de la bruja. Buscó la bolsa y sacó el trocito de yesca; y he aquí que al percutirla con el pedernal y saltar las chispas, se abrió súbitamente la puerta y se presentó el perro de ojos como tazas de café que había encontrado en el árbol, diciendo:

-  “¿Qué manda mi señor?”

- “¿Qué significa esto?” inquirió el soldado. “¡Vaya yesquero gracioso, si con él puedo obtener lo que quiera! Tráeme un poco de dinero,” ordenó al perro; éste sefoto_int_beagle retiró, y estuvo de vuelta en un santiamén con un gran bolso de dinero en la boca.

Entonces se enteró el soldado de la maravillosa virtud de su yesquero. Si golpeaba una vez, comparecía el perro de la caja de las monedas de cobre; si dos veces, se presentaba el de la plata, y si tres, acudía el del oro. Nuestro soldado volvió a sus lujosas habitaciones del primer piso, vistióse de nuevo con ricas prendas, y sus amigos volvieron a ponerlo por las nubes.
Un día le vino un pensamiento:

- “¡Es bien extraño que no haya modo de ver a la princesa!. Debe de ser muy hermosa, pero ¿de qué le sirve, si se ha de pasar la vida en el palacio de cobre rodeado de murallas y torres? ¿No habría modo de verla? ¿Dónde está el yesquero?” y, al encender la yesca, se presentó el perro de ojos grandes como tazas de café.

- “Ya sé que estamos a altas horas de la noche,” dijo el soldado, “pero me gustaría mucho ver a la princesa, aunque fuera sólo un momento.”

El perro se retiró enseguida, y antes de que el soldado tuviera tiempo de pensarlo, volvió a entrar con la doncella, la cual venía sentada en su espalda, dormida, y era tan hermosa, que a la legua se veía que se trataba de una princesa. El soldado no pudo resistir y la besó; por algo era un soldado hecho y derecho.

Marchóse entonces el perro con la doncella; pero cuando, a la mañana, acudieron el Rey y la Reina, su hija les contó que había tenido un extraño sueño, de un perro y un soldado. Ella iba montada en un perro, y el soldado la había besado.

- “¡Pues vaya historia!” exclamó la Reina.

Y dispusieron que a la noche siguiente una vieja dama de honor se quedase de guardia junto a la cama de la princesa, para cerciorarse de si se trataba o no de un LaddieForLassiePageWEB sueño.
Al soldado le entraron unos deseos locos de volver a ver a la hija del Rey, y por la noche llamó al perro, el cual acudió a toda prisa a su habitación con la muchacha a cuestas; pero la vieja dama corrió tanto como él, y al observar que su ama desaparecía en una casa, pensó: “Ahora ya sé dónde está,” y con un pedazo de tiza trazó una gran cruz en la puerta. Regresó luego a palacio y se acostó; mas el perro, al darse cuenta de la cruz marcada en la puerta, trazó otras iguales en todas las demás de la ciudad. Fue una gran idea, pues la dama no podría distinguir la puerta, ya que todas tenían una cruz.
Al amanecer, el Rey, la Reina, la dama de honor y todos los oficiales salieron para descubrir dónde había estado la princesa.

- “¡Es aquí!” exclamó el Rey al ver la primera puerta con una cruz dibujada.

- “¡No, es allí, cariño!” dijo la Reina, viendo una segunda puerta con el mismo dibujo.

- “¡Pero si las hay en todas partes!” observaron los demás, pues dondequiera que mirasen veían cruces en las puertas. Entonces comprendieron que era inútil seguir buscando.
Pero la Reina era una dama muy ladina, cuya ciencia no se agotaba en saber pasear en coche. Tomando sus grandes tijeras de oro, cortó una tela de seda y confeccionó una linda bolsita. La llenó luego de sémola de alforfón y la ató a la espalda de la princesa, abriendo un agujerito en ella, con objeto de que durante el camino se fuese saliendo la sémola.
Por la noche se presentó de nuevo el perro, montó a la princesa en su lomo y la condujo a la ventana del soldado, trepando por la pared hasta su habitación.
A la mañana siguiente el Rey y la Reina descubrieron el lugar donde habla sido llevada su hija, y, mandando prender al soldado, lo encerraron en la cárcel.
Sí señor, a la cárcel fue a parar. ¡Qué oscura y fea era la celda! ¡Y si todo parara en eso!

- “Mañana serás ahorcado,” le dijeron.

La perspectiva no era muy alegre, que digamos; para colmo, se había dejado el yesquero en casa. Por la mañana pudo ver, por la estrecha reja de la prisión, cómo toda la gente llegaba presurosa de la ciudad para asistir a la ejecución; oyó los tambores y presenció el desfile de las tropas. Todo el mundo corría; entre la multitud iba un aprendiz de zapatero, en mandil y zapatillas, galopando con tanta prisa, que una de las babuchas le salió disparada y fue a dar contra la pared ensaintb12 que estaba la reja por donde miraba el soldado.

- “¡Hola, zapatero, no corras tanto!” le gritó éste, “no harán nada sin mí. Pero si quieres ir a mi casa y traerme mí yesquero, te daré cuatro perras gordas. ¡Pero tienes que ir ligero!” El aprendiz, contento ante la perspectiva de ganarse unas perras, echó a correr hacia la posada y no tardó en estar de vuelta con la bolsita, que entregó al soldado. ¡Y ahora viene lo bueno!
En las afueras de la ciudad habían levantado una horca, y a su alrededor formaba la tropa y se apiñaba la multitud: millares de personas. El Rey y la Reina ocupaban un trono magnífico, frente al tribunal y al consejo en pleno.
El soldado estaba ya en lo alto de la escalera, pero cuando quisieron ajustarle la cuerda al cuello, rogó que, antes de cumplirse el castigo, se le permitiera, pobre pecador, satisfacer un inocente deseo: fumarse una pipa, la última que disfrutaría en este mundo.
El Rey no quiso negarle tan modesta petición, y el soldado, sacando la yesca y el pedernal, los golpeó una, dos, tres veces. Inmediatamente se presentaron los tres perros: el de los ojos como tazas de café, el que los tenía como ruedas de molino, y el de los del tamaño de la Torre Redonda.

- “Ayudadme a impedir que me ahorquen,” dijo el soldado. Y los canes se arrojaron sobre los jueces y sobre todo el consejo, cogiendo a los unos por las piernas y a los otros por la nariz y lanzándolos al aire, tan alto, que al caer se hicieron todos pedazos.

- “¡A mí no, a mí no!” gritaba el Rey; pero el mayor de los perros arremetió contra él y la Reina, y los arrojó adonde estaban los demás. Al verlo, los soldados se asustaron, y todo el pueblo gritó:

-   “¡Buen soldado, serás nuestro Rey y te casarás con la bella princesa!”

Y a continuación sentaron al soldado en la carroza real, los tres canes abrieron la marcha, danzando y gritando “¡hurra!”, mientras los muchachos silbaban con los dedos, y las tropas presentaban armas. La princesa salió del palacio de cobre y fue Reina. ¡Y bien que le supo! La boda duró ocho días, y los perros, sentados junto a la mesa, asistieron a ella con sus ojazos bien abiertos.

Y …. aquí tenéis al soldado ya como príncipe bailando con la princesa junto con más invitados a la boda. ¿El vals? se titula “El bello Danubio Azul” compuesto por Strauss.

Este es el más famoso de los 400 valses compuestos por Johan Strauss. Franz von Gernerth escribió:

¡Danubio azul! A través de valles y praderas corren tus ondas muellemente. Nuestra Viena te saluda. Tu cinta plateada enlaza playas y playas, y los corazones felices cantan a lo largo de tus hermosas orillas“.

Las connotaciones sentimentales vienesas, lo han convertido en el segundo himno nacional austriaco, y es uno de los “bises” indiscutibles del Concierto de Año Nuevo de Viena, del cual está tomado este vídeo.

¡PRECIOSO! ¿eh?

Obtenido de “http://es.wikipedia.org/wiki/El_Danubio_Azul