El príncipe Leonardo – J. Llarch (I)


En una noche oscura y tormentosa, el príncipe Leonardo volvía al galope de las tierras lejanas de “las lomas verdes”.   VIEJA_~1Ninguna luz anunciaba presencia humana, cuando de pronto surgió en la negrura un caserón.

Llamó a la puerta el príncipe y a poco se abrió aquella  morada, apareciendo una ventera, a la que explicó:

- Quiero cena para mí y establo para mi caballo.

La ventera así lo hizo. Mas durante la cena advirtió que el príncipe no soltaba de su mano izquierda un pequeño cofre de marfil. Llevada de maliciosa curiosidad, le preguntó qué guardaba en él.

- ¿Son joyas, tal vez?

- Es posible que así sea, dijo el príncipe. Y entonces la ventera le llenó la copa de vino exquisito.

Apenas el príncipe lo hubo probado, ella se echó a reír y luego dijo:

- ¡Mirad, mirad! ¡Tenéis cola como los caballos … una cola roja, como de fuego!

Levantóse el príncipe y vio con horror que, en efecto, llevaba cola.

- Todo el mundo me conoce por la hostelera Luceta, pero nadie sabe que tengo un pacto con un genio malo. Dadme, pues, posadera el cofre, o de lo contrario, transformaré vuestra cabeza en pelota de trapo.

El príncipe se negó resueltamente a ello, y entonces la posadera le arrojó una miga de pan al rostro, convirtiendo su cabeza en pelota.

- Si me entregáis la arquilla os transformaré de nuevo en persona.

Tardó el príncipe en contestar, en busca de solución, y viendo en una mesa un frasco de cristal dijo:

- Nada puedo hacer contra vos. Estoy dispuesto a cederos el collar de esmeraldas que hay en la arquita, a cambio de una demostración de vuestro poder.

- ¿Cuál?, inquirió la posadera

- Convertíos en una mujer tan pequeña que quepa en este frasco.

- Esto es muy fácil para mí. Y lanzando un silbido se convirtió en una mujer muy pequeñita, que de un salto se metió en el frasco. Una vez dentro, Leonardo se abalanzó sobre él y lo tapó, sujetándolo por el exterior. Tomó una vela y derritiéndola cubrió la ranura circular con una capa de cera diciendo:

-¡ Y ahora sal, si puedes! No saldrás si no devuelves mi figura natural!

- Jamás lo haré. ¡Jamás, jamás!

Leonardo adoptó entonces una solución: envolver el frasco con un pedazo de tela. Tomó el cofrecito y, sacando el caballo del establo, montó en él y se dirigió hacia una montaña, en cuya cima se hallaba una casita, habitada por un sabio. A requerimiento del príncipe, éste le dijo:

- Para vencer los poderes malignos, debes entregarte a la meditación, Leonardo. En cuanto a la posadera, la encerrarás en una cámara secreta del viejo torreón de las piedras negras. Enciérrala bien, pues si Luceta pudiera escapar correrías un gran peligro. Para evitarlo, aprisiónate voluntariamente en una habitación que tenga un cerrojo de siete vueltas. La puerta debe ser recia, y en ella pintarás una cruz. Estarás allí hasta Nochebuena, prucurando que aquel que posea la llave del cerrojo cumpla con tus órdenes.

- Pero ¿dónde hallaré tal cerradura?caballero

- Irás al mercado del pueblo cercano. Allí está un niño cerrajero llamado Colombito. Es el único que puede ayudarte.

- Cumpliré vuestras instrucciones. Y subiendo al caballo emprendió el camino hacia la feria. Allí buscó al niño  y al encontrarlo le dijo:

- Necesito una cerradura de siete vueltas a la que ninguna fuerza humana, ni ingenio maléfico sean capaces de abrir, pero debes construirla en mi torreón. Una vez terminada, te pagaré cuanto desees, por mucho que sea.

Se movieron las orejas del niño al oir tal promesa y recogió las herramientas para seguir al extraño cliente. Su asombro no tuvo limites cuando al hallarse en las afueras vio cómo de las asentaderas de aquel muchacho con cabeza de trapo, salía una cola de caballo, resplandeciente como el fuego.

En tanto penetraron en un pinar. Tras un pino surgió un torreón de negras piedras. Y Leonardo dijo entristecido al niño:

- Pasa, Colombito, y no te dejes intimidar por lo que veas.

Como el niño no era cobarde y aquellas palabras le parecían sinceras, obedeció, andando por un largo pasillo hasta que Leonardo abrió una puerta y se encontraron en una estancia iluminada por seis grandes velones.

Al fondo del muro frontero había otra puerta con una cruz pintada en oro. Aquella era la puerta en que debía ser colocada la cerradura. El príncipe colocó el índice en una piedra del muro, girando al momento un trecho de la pared, y quedó al descubierto una cerradura disimulada.

- Pasa. Pronto comprenderás el por qué te pido tanto.canstock3781212

Entraron y Colombito vio algo asombroso: una gran jaula de barrotes de hierro, y en su interior, sobre una mesilla, un frasco de cristal con una mujer dentro. El príncipe le explicó lo sucedido y Colombito exclamó:

- Contad conmigo.

- Pues atiende a mi recomendación. Una vez entre en mi encierro, girarás siente veces la llave en la cerradura. Luego, galoparás en mi caballo hasta el palacio de la princesa Blancarrosa, situado en el país de los Siete Lagos. No abandones la llave del cerrojo hasta ponerla en manos de la princesa, pues debo permanecer encerrado hasta Nochebuena. Cuando den las doce, caerá roto el cerrojo y vencidos los poderes maléficos. Entonces podré presentarme antes Blancarrosa, con la que me casaré.

El muchacho prometió no olvidar ninguna de aquellas instrucciones. Y el príncipe penetró en su prisión, llevando consigo el cofrecito de las esmeraldas. Cerró Colombito la puerta, giró la llave siete veces y dijo:

- Confiad en mí.

Luego salió montado en el brioso corcel y se alejó del lugar.

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