Cierto mercader de Isfahan, al llegar en una caravana a un oasis, ya entrada la noche, encontró a un grupo de bandidos que golpeaban y robaban a un desconocido.![]()
Después de que hubo dispersado a los rufianes hacia el desierto, el mercader se volvió para auxiliar al desafortunado desconocido hasta el caravansari ( en oriente es la posada que se destina a la gente que viaja en una caravana), pagó por su cama y su comida e insistió en acompañarlo hasta que se recuperara.
La noche siguiente, el desconocido -alabado sea el Gran Unico- estaba suficientemente recuperado como para poder sentarse con el mercader junto a una fogata afuera de la tienda.
Más arriba de las palmeras verde oscuro, las estrellas brillaban y resplandecían en la azul medianoche del cielo. El humo de la fogata se elevaba serpenteando suavemente en la fresca brisa formando y volviendo a formar una interminable procesión de cambiantes configuraciones.
Después de un largo silencio, durante el cual ambos miraban con fijeza el fuego, el extranjero tocó al mercader en la manga y dijo:
- Amigo mío, no sabías nada acerca de mí, sin embargo no vacilaste en ir a rescatarme sin esperar recompensa, lo cual es una señal auténtica de tener un gran corazón. Ahora yo deseo darte un obsequio a cambio. Tú no sabías que soy un mago y puedo darte cualquier cosa que desees.
El mercader contestó:
- He vivido una vida muy buena y felíz con mi familia. He tenido éxito en mi oficio y en este momento no podría desear nada más que estar sentado aquí, en este hermoso y apacible lugar, mirando el fuego, el humo que se arremolina y las estrellas.
El mago afirmó con la cabeza.
- Muy bien. Te haré un regalo con esos mismos elementos para que lo puedas conservar por siempre.![]()
El mago tomó una pequeña lengua de fuego, la luz de dos estrellas distantes, una madeja del rizado humo gris, las amasó y les dió forma en el hueco de sus manos, que se movían con habilidad hasta que surgió de adentro un dulce maullido y un exquisito ronroneo y apareció el más maravilloso gatito que nunca antes se hubiera visto. Tenía pelaje gris humo, espeso y corto, ojos brillantes como estrellas, y la punta de su lengua parecía de fuego. Jugaba y ronroneaba y ondulaba la cola como el humo ascendente.
El mago pidió al mercader:
- Lleva a esta hermosa criatura a tu casa; será un amigo para tu familia y un bello objeto en tu hogar por el resto de tus días.
Y esta es la extraña y maravillosa historia de cómo el gato persa llegó a este mundo.
Y … hablando de Persia:
Albert William Ketelbey compuso “En un mercado persa” en 1920. En esta obra el autor pretendía describir como su propio nombre indica, un mercado persa de la época. A este tipo de composiciones se les llama programáticas ya que pretenden reflejar detalladamente una realidad concreta.
Si cerráis los ojos podréis ver fácilmente una caravana de mercaderes que se aproxima poco a poco; hay mucha actividad en el mercado (mercaderes vendiendo, mendigos pidiendo limosna…), podréis ver a una hermosa princesa visitando el mercado; los juglares bailando y entreteniendo a la gente; los encantadores de serpiente actuando; llega el Califa, anunciado por trompetas, que atraviesa el mercado, sigue desarrollándose una gran actividad, la princesa se prepara para partir, los mercaderes recogen sus puestos, la caravana se marcha de nuevo …


















mayo 9, 2009 a las 4:06 pm
feeo
julio 20, 2009 a las 12:03 am
[...] hemos hablado de A W. Ketelbey y conocéis su obra “En un mercado persa”. Esta pieza se llama “En la misteriosa tierra de Egipto”, ¿Crees que podría ser el país [...]
marzo 15, 2010 a las 10:58 am
[...] El gato persa [...]