- Pero, ¿qué sucede … ?
Daliel no quería responder, tumbado en el suelo boca abajo.![]()
Baltasar le hizo levantarse e intentó llevarle a la tienda de sus padres. Entonces el llanto de Daliel aumentó y el negrito no quiso, de ningún modo, acercarse a la tienda.
Baltasar fue él solo a la tienda de Daliel y la vio vacía.
- No están ahí tus padres, le dijo al chiquillo. Estarán ya con los rebaños. Voy a buscarlos.
Y se dirigió donde solían pastar las cabras y camellos. Tampoco estaban allí.
Entonces Daliel, rojo de vergüenza, se decidió a hablar.
Le explicó que sus padres habían huido lejos, robando todos los rebaños de cabras y camellos de los reyes. Que él había querido impedirlo y le ´habían abandonado. Ahora estaba seguro de que, en cuanto el rey Joram se enterase del robo, perseguiría a sus padres hasta matarlos.
La cólera de Joram, cuando se enteró de lo sucedido, fue espantosa. Llamó a sus guerreros y, montando en sus camellos, se lanzaron a la carrera por el desierto. Delante de todos iba uno de los más listos servidores de Joram, capaz de distinguir las huellas en la arena. Así, iban siguiendo el rastro que dejaban los camellos y los caballos robados.
Baltasar, al ver salir al rey, le pidió permiso para acompañarle. En un ágil camello blanco, cabalgaba, tembloroso, el pobre príncipe, pidiendo a Dios que ablandase el corazón de su padre y no matase a los padres de su amigo.
Pasó un día y no pudieron dar con los fugitivos. Siguieron caminando durante la noche. Casi al amanecer se oyeron balidos a lo lejos.
- Ahí están, murmuró Joram.
- Padre – suplicó su hijo-, te ruego que los perdones. Castígalos, pero no les quites la vida.
El rey no quiso mirarle siquiera y azuzó al camello, mientras empuñaba su cimitarra. Baltasar corrió tras él.![]()
Comenzó a distinguirse entre unas rocas peladas una hoguera. En torno a ella estaban los rebaños acostados, y junto al fuego, los dos ladrones.
- ¡Padre, no le mates!, volvió a repetir Baltasar.
Joram se apeó del camello, desenvainó la espada y se dirigió hacia ellos.
Al oír el ruido, los dos se levantaron y, dando un grito, se pusieron de rodillas.
Joram siguió avanzando, y detrás, Baltasar, suplicándole:
- ¡No los mates, padre; perdónalos! …
El rey se volvió y dijo:
- Son ladrones y, además, son negros. Los negros son esclavos … – y levantó su espada sobre ellos.
Entonces, el príncipe miró un momento al cielo, luego se arrojó a los pies de su padre y gritó:
- ¡Padre, antes de matarlos, mírame! …
El rey Joram bajó la vista y vio cómo la piel de su hijo se iba oscureciendo cada vez más, hasta quedar negra y brillante como el ébano. Entonces se le cayó la espada de la mano, y el rey Joram perdió su ferocidad y rompió a llorar.
Dios quiso enseñar a Joram que, el ser negro o blanco, sólo depende del color de la piel ye que él debía perdonar al prójimo, aunque fuera negro.
Una noche, cuando ya era rey, estaba Baltasar mirando a las estrellas a la puerta de su tienda, cuando vio una de ellas muy brillante. Le pareció que le llamaba.
Ya sabes lo que pasó: Baltasar fue siguiendo a la estrella y pudo ver a Dios, que había venido a la tierra para salvar a todos los hombres: a los negros, a los blancos y a los amarillos.

















