Aunque Christoph Willibald von Gluck cuenta con una fama muy limitada, hay que tener en cuenta que estamos ante una de las
figuras claves en la historia de la ópera. Orfeo y Eurídice son representados en todas partes del mundo.
Nació en un pequeño pueblo alemán cerca de la frontera con el Imperio Austro-Húngaro en 1714, era hijo de un inspector forestal, tuvo una infancia difícil, apenas un adolescente, debido a su carácter inquieto, se fugó de casa, ganándose el pan como músico ambulante. Posteriormente se reconcilió con su padre y estudió en la universidad de Praga.
Durante muchos años compuso óperas italianas de corte bastante tradicional, conocía muy bien este género ya que había estudiado música en Milán. Sin embargo, la importancia de Gluck se debe a que propugnó la primera gran reforma de la ópera (la segunda correspondería a Ricardo Wagner un siglo después).
Con su reforma Gluck pretendía que la ópera fuera capaz, sin despistar al espectador, de transmitir la nobleza de drama clásico por encima de los aspectos superficiales, es decir, buscaba equiparar la ópera a la tragedia griega. Es definitiva, lo que compositor pretendía era realizar la transición musical del arte barroco al neoclásico.
La primera “ópera reformada” fue Orfeo y Euridice.
A pesar de que Gluck fue muy popular y recibió grandes honores en su tiempo, muchísimos más que Mozart, pasó al olvido durante el siglo XIX y fue durante el pasado siglo XX cuando se produjo una revitalización de su obra, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial.
Otra de las conocidas melodías de Gluck es esta primera parte de Paris y Elena:












